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miércoles, febrero 27, 2013

Una luz extraña.

Los geds, una raza alienígena enzarzada en una guerra territorial con los humanos, hacen frente a la excepción en los fundamentos de su comprensión de la vida inteligente en el Universo; lo que han acabado llamando la Paradoja Central, a saber: hasta su primer contacto con humanos, era un hecho universal que ningún tipo de inteligencia que practicara la violencia intraespecie llegase a desarrollar la capacidad del viaje interestelar sin que el devenir de su historia desembocara en la autodestrucción o la regresión tecnológica. La evidencia empírica se repite con cada nuevo contacto durante sus periplos espaciales… salvo con los humanos.

En el contexto de un experimento psicológico, en un planeta donde los humanos han olvidado su ciencia, las dos naturalezas —humana y ged— se confrontan, se estudian, interaccionan.

Estos son los ingredientes que Nancy Kress pone a cocinar en Una luz extraña para desgajar la polifacética conducta humana. Es una narración envolvente, que te atrapa desde el primer momento —durante las primeras páginas te sientes realmente abandonado en la sabana, a las afueras de una ciudad extraña—, y se acaba convirtiendo en una de esas obras de ciencia ficción que te apetece recomendar porque representa un ejemplo del equilibrio entre forma y contenido.

Los ojos humanos, negros como el espacio, estaban llenos de una luz como la de las estrellas. 


Retrospectivamente, uno llega a pensar que los personajes en la novela se presentan de una manera ingenua, intencionadamente ingenua. Pero bajo ese aspecto se esconde una variedad de personalidades atrapadas por una estructura social muy rígida, basada en el antagonismo de dos facciones, que responden de manera muy distinta a su drama personal. Lo que se quiere resaltar desde el principio es la tremenda capacidad de adaptación de las personas, para crear —por ejemplo— un entramado social viable en un entorno totalmente nuevo, que se ha volcado de golpe, aislado, atemporal. Se juega con el olvido del origen, la reconstrucción del pasado en términos míticos, la ocultación de una realidad bajo repertorios simbólicos y códigos morales. Se presenta la adopción de ciertas prácticas culturales como adaptación a ese nuevo entorno, desde un enfoque materialista que se supera a sí mismo con la posibilidad del cambio como resultado de acciones individuales, de una remodelación ética de de la cultura que por supuesto pasa por episodios traumáticos. Y todo ello presentado bajo el ojo crítico —y ajeno— de unos seres alienígenas, lo que da la oportunidad de plantear el dilema de la otredad —también entre los propios grupos humanos— y reflexionar sobre la dinámica del contacto.

La sensación que al final te deja la novela es de densidad conceptual. Algo que para nada se experimenta mientras se lee, donde los acontecimientos se precipitan con fluidez y uno se diluye sin problemas en el día a día de los personajes. Pero sus interacciones transmiten mucho de lo que comenté en el párrafo anterior (¡sin nombrar en ningún momento toda esa retahíla de conceptos!, todo eso lo añado yo…) y dejan la sensación de que se escapa mucho más. Queda la densidad. Y ahí precisamente creo que reside la verdadera magia de esta novela, en el conseguir dejar ese poso sin nombrarlo en ningún momento, desde la historicidad de los personajes, entretenimiento garantizado y, por supuesto, un escenario del que decir prometedor se queda bastante corto.

domingo, diciembre 16, 2012

Om, La montaña roja.

Siguiendo con el viaje por la Ciencia Ficción española, hoy me gustaría sacar a la palestra una novela que inexplicablemente no parece muy conocida. Se trata de Om, La montaña roja, de Felipe Colorado. El resultado de la fusión de dos pasiones, que en el fondo resultan ser la misma: la exploración espacial y el montañismo. ¿Cómo sería poder trepar por una pared de hielo en Europa —la prometedora luna de Júpiter, por supuesto­—  o explorar los secretos de los gigantes de Tharsis? Por extraño que parezca, la combinación de Marte y escalada resulta deliciosa.

Cuando llegue el momento no necesitaremos hablar para comunicarnos, tú pensarás y yo actuaré según tus deseos, yo decidiré y tú materializarás mis decisiones, seremos más que un equipo, seremos un solo ser, pondremos nuestras vidas en manos de los otros sin dudas ni temores.

Corre el año 2160. Europa y varios asteroides constituyen la vanguardia de colonias humanas en el Sistema Solar. Dos expediciones se proponen el reto de hacer cumbre en la mayor montaña conocida: el Olympus Mons de Marte, un volcán que se yergue veintiún kilómetros sobre el datum del planeta que lo alberga.

Si tuviera que definir esta novela, premio Desnivel de Literatura en 2009, con una sola palabra, sería inteligente. Tenemos ante nosotros una narrativa extremadamente inteligente. Lo que digo no es baladí, la trama se desarrolla en todos los frentes, asaltándote de improviso en medio de un diálogo entre personajes, insinuándose con acciones. Siempre sorprendiendo. Aunque podamos identificar algún esteriotipo del éxito, los personajes tienen un carisma arrollador y una profundidad digna de desentrañar en detalle. Se trata de una historia de intriga y acción, de superación, de introspección, de maravilla. Una encrucijada de dramas personales que logran complementarse frente a la meta de lo imposible, que se tejen para componer una extraordinaria rapsodia en rojo, aderezada con un pequeño toque de política.

Me deshago en elogios, absolutamente recomendable.     

lunes, julio 09, 2012

El legado de Prometeo.

Quiero retomar aquí la sana costumbre de hablar de autores hispanos de ciencia ficción. Hoy le toca el turno a Miguel Santander  y su novela El legado de Prometeo, que acaba de ver la luz de la mano de Iniciativa Mercurio.

La sonda más rápida y más lejana, orgullosa portadora de un olvidado mensaje de la humanidad, cedió su testigo cuando la Éxodo la sobrepasó en el más absoluto silencio, tres meses después de su partida.

El legado de Prometeo. Miguel Santander.
Una vez escrita, una novela sólo puede crecer de una manera: a través de las lecturas; y El legado de Prometeo tiene muchas lecturas. El libro es, en esencia, un ejercicio soberbio de imaginación en el que la mera especulación confabula con un cóctel multidisciplinar para ofrecer un panorama verosímil del futuro del mundo. En él se entretejen el drama social orquestado por un neoliberalismo extremo y la innovación tecnológica, presentada como última esperanza para salir de un callejón sin salida. Estamos a finales del siglo XXI y una humanidad hostigada por los efectos del cambio climático sufre la mayor crisis energética de la Historia. Los combustibles fósiles se agotaron, la opción nuclear no logró consolidarse y el relevo que prometía la fusión fría no llegó a cristalizarse. Es en este contexto en el que Némesis aparece en un horizonte no muy diferente del que oteaban los grumetes de la Era de los Descubrimientos. Medio millar de personas se embarcan en un viaje de cuarenta y cinco años hacia lo desconocido, con el propósito de devolver el fuego a una civilización condenada o, dicho de una manera quizá menos retórica pero mucho más increíble, extraer energía de un agujero negro.

Me gustaría resaltar, ante todo, el extremo cuidado que el autor pone en el aspecto técnico de la novela en términos científicos. Detrás de cada detalle, de cada insinuación tecnológica, se entrevé la preocupación por la rigurosidad y un minucioso trabajo de documentación. Hay licencias exigidas por la trama, por supuesto, pero Miguel Santander –astrofísico de profesión- se encarga de señalarlas él mismo en una nota al final de la obra. Los enterados del mundillo, pues, tenderemos a situar El legado de Prometeo en el anaquel dedicado a la ciencia ficción hard. Pero deberíamos dejar claro que se trata de una lectura abierta al profano, donde las descripciones no obstaculizan en ningún momento la fluidez argumental. La novela está escrita en un estilo sencillo y se presta a la avidez de los más ansiosos, que pasarán páginas sin darse cuenta mientras los acontecimientos se precipitan y los personajes cobran forma y reclaman opinión a medida que se queman los capítulos. Porque la novela no sólo habla de agujeros negros o de física, y no desmerece en ningún momento la dimensión humana. Más aún, los aficionados al género quedarán encantados con el sinfín de rasgos característicos que se tocan, que en ocasiones abren la puerta a gratas reminiscencias. Así pues, la Éxodo les recordará irremediablemente a la estación espacial que aparece girando bajo el influjo mágico de El Danubio Azul en la magistral 2001, una Odisea en el Espacio, por no hablar del azoramiento con el que recibirán a la Inteligencia Artificial de la nave; pero también les evocará a otro Clarke, al de los ascensores espaciales; y a Kim Stanley Robinson, y el viaje de sus Primeros Cien a Marte y los avatares políticos de las trasnacionales. No podrán evitar saltar por un instante al lugar donde otra tripulación se enfrenta a los peligros del vacío en el interior de El Río de las Estrellas; ni a un decadente Imperio Galáctico donde cierto matemático intenta salvaguardar el orden a lo largo de los siglos con una teoría delirante que modeliza la dinámica de grupos sociales. Revivirán Pórtico lejanamente, y les traerá sin duda a un primer plano imágenes de la mejor ciencia ficción ecologista, de aquellos refugiados de Paolo Bacigalupi; y puede que hasta  alguna conexión más sutil con otros autores como Greg Bear, por aquello de cierta diosa del tiempo. Son en todo caso puentes transversales y subjetivos, guiños más o menos implícitos, y no estoy seguro si todos conscientes; pero quiero hacer constar que lo reflejo como aspecto positivo y como expresión de la riqueza de referencias en la trama. Aunque aquí se presente bajo el prisma de otros títulos, El Legado de Prometeo tiene mucho que ofrecer por sí mismo y se muestra a la altura de todos ellos. Dentro del libro hay mucho más que invito a descubrir, incluida una estupenda intervención de William Shakespeare.  


Miguel Santander lleva el blog Tras el horizonte de sucesos y a veces presenta su libro en forma de charlas de divulgación científica, en las que arriesga su integridad física sobre una silla de oficina ilustrando cómo gira lo que no podemos ver,  que recomiendo a todos los que tengan la ocasión de asistir.

domingo, marzo 11, 2012

Una versión semiótica de Milan Kundera.

A estas alturas no es ningún secreto que Milan Kundera forma parte de mi lista de autores favoritos. La interpretación que ofrecen sus novelas ayuda a identificar el momento que estás viviendo; actúan, por decirlo de alguna forma, como un pozo al que asomarse y mirar en qué te has convertido.


Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad del retorno. Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno.

La broma. Milan Kundera.


Escribía en otra ocasión que Milan Kundera es un escritor emocional, que no un escritor de emociones. Hablaba del juego de la óptica, de la incapacidad de evocar el presente o de recordar una versión purista del pasado. Del carácter retrospectivo de las emociones, articuladas siempre con la visión que, a modo de ficción, hemos ido confeccionando de nuestras experiencias; de la propia vida. Su primera novela, La broma, gira precisamente en torno a este dilema: la concepción teleológica de nuestra vida. Es el devenir mismo de acontecimientos el que fragmenta nuestro destino, como una red de variables que convergen en nódulos a los que atribuimos una importancia crucial. Estas confluencias se expresan en momentos que grabamos a fuego como referencia y erigimos en mitos, clavos ardiendo a los que agarrarnos que cuidamos de manera regular, reforzándolos y conmemorándolos con una suerte de liturgia interiorista con la que pretendemos amueblar nuestra cabeza y dar sentido a nuestros actos.

Lo que se nos descubre en la novela es que hay en esta práctica común una instrumentalización de la realidad, una tiranía hacia nuestros semejantes al adscribirles el papel de musa, villano, amigo o buen samaritano. Al estereotiparlos negamos su diacronía: los congelamos en el tiempo. Ejercemos un despotismo natural, degradándolos a meras piezas en nuestro mecanismo perfecto.

Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.

La broma. Milan Kundera.


Y por eso, cuando volvemos a verlos, tenemos que lidiar con el pavor de sentarnos frente a un desconocido.

domingo, febrero 12, 2012

¿Y por qué la ciencia ficción?

Cedo sin más la palabra a Fernando Ángel Moreno:

¿Y por qué la ciencia ficción?
Emplearé dos anécdotas para responder a esta pregunta.
Algunas de las palabras más hermosas que se han expresado fueron pronunciadas por un físico. En cierta ocasión, Carl Sagan explicando el origen del Universo metió las manos en los bolsillos –presentaba la serie de televisión Cosmos- y con una sonrisa nos dijo:

"Estamos hechos de polvo de estrellas."

Podría haberlo explicado refiriéndose a los elementos que se crean en las estrellas con las reacciones nucleares o a que toda la materia de los planetas proviene de explosiones de supernovas…
Pero no, no quiso explicarlo así: "Toda la materia del Universo tiene el mismo origen".
Por el contrario, dijo: "Estamos hechos de polvo de estrellas".
¡Pero habría significado exactamente lo mismo!
¿O no?
La segunda anécdota se basa en una de esas tontas bromas de adolescentes y de aquellas absurdas discusiones de “ciencias” contra “letras”.
En una ocasión le comenté a mi buen amigo Mario Castro, hoy todo un doctor en física teórica y profesor universitario, un tonto y viejo chiste contra la gente de su entorno: "¿Sabías, Mario, que para un científico las cataratas Victoria, el océano Atlántico, el rocío de la mañana sobre la hoja y una lágrima son lo mismo: H2O?" Y él, muy feliz por brindarle tan magnífica oportunidad para fastidiarme, respondió:
-Cierto. ¿No es maravilloso?
Aunque no lo parezca, ninguna de las dos anécdotas trata sobre la ciencia. Tratan sobre la manera de mirar la realidad, sobre esa manera que llevó –según cuenta la leyenda- a exclamar a Galileo: "Y, sin embargo, mira tú, se mueve". Es la idea que, nos guste o no, por muy relativistas que nos pongamos, por mucho que hablemos de la falsedad de nuestras percepciones, por mucho que alucinemos con los textos de Feyerabend o Lyotard en contra del pensamiento o del método científicos, lo cierto es que si nos arrojamos desde un rascacielos nos espachurramos contra el suelo. Podemos hablar de opiniones, de interpretaciones, de “las muchas realidades”, pero no volamos por nosotros mismos. Es decir, la realidad queda por encima de nuestras apetencias, de nuestras emociones, de nuestros sueños y, ante todo, de nuestra necesidad de darle sentido a la existencia.
Hay una realidad, aunque cada uno la entendamos como nos venga en gana (o como le venga en gana a nuestro subconsciente, vaya).
También comentaba Feynman que la física moderna –podemos aplicarlo a la realidad- es difícil de entender porque nos empeñamos en reducir la realidad a términos de lógica humana y que, para bien o para mal, la realidad no tiene nada que ver con eso: hay que aprender a aceptarla como es, por muy caprichosa y malcriada que nos parezca.
En fin… Existe toda una literatura, un género repleto de muchos subgéneros pequeñitos, enormes, raros, espectaculares, íntimos, de todo tipo; una experiencia estética que basa su funcionamiento –y el efecto que crea- en esta manera de observar la realidad.
Esa literatura es la literatura de ciencia ficción.
Las dos anécdotas que he compartido aquí me han servido durante años para entender el mundo de la ciencia, es cierto, tan parecido al de la literatura, pero me sirven ahora ante todo para entender cómo lo científico (esa manera de mirar), lo literario y lo humano son tres facetas de una misma idea en esta extraña ciencia ficción.
Y me han servido para entender, ¿quién lo iba a decir?, la singularidad de lo poético.

Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción. Poética y retórica de lo prospectivo. Fernando Ángel Moreno.

miércoles, diciembre 28, 2011

Recordando la muerte de mi compañero.

Volver a casa siempre levanta temores. Descubro detalles en los que no reparaba. Me fijo en la D invertida junto al marco, extraño la vieja puerta. Al entrar siempre me llama la atención el extremo cuidado que trasluce la disposición de los muebles, la decoración; siempre el orgullo de algo nuevo, la ilusión de algo por cambiar, el melancólico algo por conservar. A la vista se presenta como una suerte de densidad y cariño que hace que todas las habitaciones aparenten pequeñas, acogedoras, de apacible murmurar. Camino despacio, por el pasillo, esperando aspirar el olor de lo desconocido que nunca está ahí. Los estantes llaman, instan a tocar figuras, a manosear los libros en los entrepaños; la mirada colgada en los retratos atenta a cada uno de los movimientos. Los cajones, ni abrirlos; salvo que busque una de aquellas melodías lejanas que trastocan mi ánimo el resto del día.

Ayer mismo di de palabra con un viejo joyero, a modo de caja de Pandora –hay miseria en el recuerdo-. Al sacarlo a la luz liberamos un puñado de monedas, billetes de la República, algunos belarminos, un reloj de pulsera, varios tiques de la FEVE a Moreda de 1979 que mi madre afirma haber recogido en los bolsillos de sus abrigos, dos fotos de carné, un pin del partido, un par de llaves de maleta. Bajo su fondo acartonado, se ocultaban tres cuadernos. Alojan la impecable letra de mi abuelo. Están dos de ellos ocupados por problemas: “reglas de tres simples” reza el título del primero, “problemas de geometría” advierte el segundo en su exterior. El tercero es un poco más grande, guarda algunos poemas; la fuerza de otra época que emana el manuscrito. De algunos indica su autor, otros simplemente los firma.

Mi abuelo era minero y no llegué a conocerlo, pero puedo imaginar –equivocándome, es muy probable- el significado que le daba al primer poema que aparece en el cuaderno, cuyo origen no he podido determinar (encantado de que algún entendido me resuelva la duda): Recordando la muerte de mi compañero. Tras el último verso, simplemente dejó: Los Tableros, día 24 de septiembre de 1949. Marcelino Cobos.


RECORDANDO LA MUERTE DE MI COMPAÑERO

¡Qué triste destino,
qué triste es la vida
para el pobre mozo
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!

A la tenue luz
de una lamparilla,

de sudor y polvo
su cuerpo le brilla,
que el corte esta duro
y hay que darlo a pica.

Pero hay un momento
que el rostro se anima
y en su negra cara
se ve una sonrisa
que inunda su cuerpo
de franca alegría.

-¿Por qué así sonríe?
-No lo acertarías.

El pobre minero
se acuerda en la mina
de aquella morena
que tanto quería,
y dice entre dientes
hablando a la mina:
“Mina, no me mates;
respeta mi vida,
ni en mi cara marques
tus negras heridas,
que, luego, pintado,
ya no me querría
ni besar siquiera
mi cara teñida.”

Trabaja afanoso,
trabaja deprisa
pensando que faltan
ya muy pocos días
para ver de nuevo
su mina querida.

Ya no le parece
tan dura la vida,
ya no le parece
tan negra la mina;
lleno de ilusiones,
canta mientras pica.

Mas de pronto nota
que mal se respira,
se extingue la llama
de su lamparilla…
le duelen las sienes…
su pecho se agita.

Corre como un loco
buscando salida
y ve con espanto
que tiene abstraída
la única calle
que tiene a la vida.

Una quiebra horrible
que ruge y se agita
deja al pobre mozo
encerrado en vida
¡entre las paredes
de la oscura mina!

Su cara le arde,
sus piernas vacilan,
ya murió la llama
de su lamparilla,
ya le falta el aire…
¡se le va la vida!

Y entonces se acuerda
de aquella niñita
que tanto mimaba,
que tanto quería…
de su buena madre,
de cosas divinas.

Sin tregua trabajan
las palas y picas
para pasar pronto
la quiebra maldita
que dejó encerrado
al buen mozo en vida.

Dos días tardaron
por fin en hallarle
y en una camilla
sacaron cadáver
al mozo optimista
de dos día antes.

Ya en la bocamina
vieron al mirarle
de alegre sonrisa
cubierto el semblante.
¡Qué dulce –pensaron-
su último instante!

Y es que el pobre mozo
terminó su vida
pensando en la novia,
pensando en la niña,
que tanto mimaba,
que tanto quería.

Esta triste historia
de mi pensamiento
es la historia triste
de todos los muertos
que caen en la mina
en todo momento.

Son héroes anónimos…,
pronto les olvidan
amigos y novia
sus jefes de mina.

Tan solo la madre
llora noche y día
pensando en el hijo
que perdió su vida
sin nadie endulzarle
su triste agonía.

Por ellos os pido
una honda plegaria
y decir: “¡Presentes!”,
que son camaradas
que también murieron
por bien de la Patria.

¡Qué triste el destino,
qué triste es la vida
del pobre minero
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!...

domingo, noviembre 06, 2011

Lágrimas de luz.

La humanidad vive su Tercera Edad Media entre las estrellas. La Corporación ostenta el control económico y político en un sinfín de mundos, habla en nombre de todos los seres humanos del Universo y encarna la idea de progreso. Por su causa batallan millares de soldados que arrasan sin piedad cualquier forma de vida que encuentren, integrando nuevos planetas a la cadena de producción. Los poetas se suman a la tripulación de las naves de la cruzada para componer los cantares de gesta que divulgarán las hazañas de los guerreros a lo largo y ancho de sistemas enteros. Los ciudadanos malviven en sus mundos arrobados entre todo tipo de drogas e incentivos sexuales. Versos de exaltación y mentira inundan la atmósfera almizcleña de los prostíbulos mientras todo atisbo de rebelión es aplastado.

La cortina de humo donde se difuminan los sueños es un estómago lleno, una mente desentrenada y un cuerpo apetecible con el que copular hasta el cansancio. Así de simple. Nosotros tenemos pan y juegos, y la Corporación a cambio nos tiene a nosotros. Perfecto, planificado y diabólico.

Lágrimas de luz. Rafael Marín.

Rafael Marín nos ofrece en Lágrimas de luz, una novela del año 1984, un futuro tan desolador como radical. Aunque a mi juicio lo más significativo es, sin duda, el hecho de que, lejos de resultar irreconocible, contiene innumerables elementos familiares. La Corporación ofrece todas las características que, de una manera u otra, asociamos a un sistema autoritario, como el expansionismo, una cabeza visible, el empleo sistemático de la fuerza, el control de la información o la persecución política. El contacto cultural se afronta belicosamente, brindando oportunidad únicamente al conflicto y mantenido por una ideología materialista subyacente, que aboga por un control centralizado de los recursos conseguido a través de una descomunal cadena de producción.

Pero lo que para mí es el punto fuerte de la novela es su tratamiento de las emociones humanas. A lo largo de todo el texto se pone de manifiesto una naturaleza contradictoria. Bajo la estructura impersonal de un régimen implacable observamos personas debatiéndose entre sus deberes y sus ideas, soldados que ahogan su culpabilidad en lupanares, campesinos que acuden a espectáculos teatrales para ver parodiados en otros sus inconfesables pensamientos, hombres y mujeres que aborrecen la soledad y sacian su hambre con burbujas de aire. La narración nos zarandea entre los aspectos más brutales de la realidad que presenta y una sensiblería que roza los límites de la lírica. El protagonista es un romántico (de los de verdad, no de los del ramo de flores y la caja de bombones) empedernido que va descubriendo la peor cara de la existencia en una terapia de choque ininterrumpida.

La novela se completa con dos relatos cortos ambientados en el mismo universo, donde se revelan los devenires de algunos secundarios: A tumba abierta y Ébano y acero; en ellos el autor explota esta polarización de su narrativa hasta el extremo.

Como siempre, no pierdo ocasión para realzar las ventajas de leer autores hispanos: de alguna forma se nota que no es una traducción. Lo más sensacional es que Marín tenía veintidós años cuando escribió la obra. Es absolutamente recomendable.

viernes, julio 08, 2011

La huida de la Eisenstein.

La Herejía de Horus es probablemente el mayor filón de todo el trasfondo de Warhammer 40k. El Emperador de la humanidad logra poner fin a la oscura Era de los Conflictos encabezando una cruzada que unificará todos los mundos de la galaxia bajo una misma bandera. Culturas humanas y alienígenas, religiones, cultos de toda índole, mutantes y psíquicos, habrán de sucumbir para garantizar la imposición de la Verdad secular que promueve el Imperio. Sus paladines serán las legiones astartes, formadas por guerreros genéticamente modificados con el ADN de sus propios hijos. Su predilecto, el primarca Horus, recibe el honor de ser nombrado Señor de la Guerra y ponerse al frente de la Gran Cruzada cuando el Emperador se retira a su palacio de Terra a investigar los impenetrables misterios del inmaterium. Pero las semillas de la sedición afloran entre los elegidos, alimentadas por los nuevos poderes que van entrando en escena y recuerdan tanto a la hechicería que rechazan los iteradores en un sinfín de planetas. Legiones enteras levantarán las armas contra sus propios hermanos desencadenando una guerra civil entre las estrellas de proporciones colosales.

Si el único rasgo que estos astartes tienen en común con nosotros, los meros mortales, es su lealtad mutua, uno se atrevería a preguntar, ¿si la perdieran, en qué se convertirían?

Cuando me enteré de que iban a escribir una larga saga de novelas cubriendo los fragmentarios episodios de la Herejía no pude evitar echarme a temblar, pero la verdad es que el primer volumen me dejó una sensación prometedora: no describirían una mera secuencia de mamporrazos entre personajes planos, ni una serie de batallas penosamente engarzadas en un argumento terrible. Aunque a mi parecer la calidad del segundo volumen decae respecto al primero, he de reconocer que aborda un momento muy delicado de la trama; relatar la conversión de Horus de manera que satisfaga todas las expectativas es algo impracticable. Sin embargo, fue el tercer volumen el que dio un golpe demoledor a todas las promesas e hizo que abandonara la saga hace ya más de tres años.

James Swallow ha logrado interesarme de nuevo con su cuarta entrega de la saga, recuperando parte del ímpetu inicial. La huida de la Eisenstein relata algunos de los hechos que se narran en el tercer volumen, vividos desde la perspectiva del capitán Nathaniel Garro de la Guardia de la Muerte. Obligado a permanecer confinado en una fragata, contempla desde una órbita superior de Istvaan III el bombardeo vírico sobre sus hermanos de batalla en el planeta y emprende una huida desesperada en un intento de advertir a Terra de la traición que acaba de presenciar de primera mano.

En ciertos aspectos sois como los jóvenes alocados que ansían encontrar su lugar, una fraternidad, pero también os enfrentáis unos a otros en rivalidades estúpidas. Al igual que todos los humanos, os esforzáis por escapar de la sombra de vuestro padre, pero también deseáis que se sienta orgulloso de vosotros. A veces me pregunto qué os pasaría, muchachos valientes y nobles, si no tuvierais guerras que librar.

Pero eso, como todos sabemos, no llegará a ocurrir: en la lúgubre oscuridad de un futuro lejano sólo hay guerra.

lunes, marzo 07, 2011

Así que usted verá, o se enlata o lee sin parar.


Los libros tienen, pues, algo de lata de sardinas. Un fin de semana me introduje en una novela de Le Carré y al salir de ella el lunes siguiente era otra vez viernes, aunque no se lo crea. Sostenga usted un libro entre las manos y déjese traspasar por su misterio, aun sin leerlo, y ya verá. Lo malo es que cuando uno sale de la lata o del libro entra en el tiempo y en dos días se queda peor que un berberecho a la intemperie. Así que usted verá, o se enlata o lee sin parar. Yo le aconsejo lo segundo. Proporciona los mismos efectos rejuvenecedores y no da claustrofobia.

Enlatarse o morir. Juan José Millás.

martes, febrero 22, 2011

Distopía rusa (II).

Qué mejor manera de retomar el blog después del parón de los exámenes que una nueva aproximación a Marte. En esta ocasión haremos el viaje de la mano de Alexander Bogdánov y su novela Estrella Roja, publicada en 1908. Lo que tenemos entre manos es un producto ligado a la ideología socialista imperante tras la supresión de la Revolución rusa de 1905 y que, sin embargo, queda lejos de convertirse en una mera octavilla política. Esta obra ostenta el título de ser una de las primeras fantasías futuristas en ruso y algunos la sitúan entre los antecedentes del steampunk.

No deberíamos dejarnos engañar por la aparente ingenuidad del argumento. El protagonista es un activista revolucionario que es elegido por una avanzadilla de marcianos para visitar su mundo. La sociedad en Marte parece haber alcanzado la mayor parte del ideal comunista y se va desvelando como la culminación de la evolución lógica de todas las sociedades humanas. Pero ni la abolición del dinero y la propiedad, ni la desaparición de las naciones, ni la emergencia de una nueva organización del trabajo, ni la laxitud en las relaciones interpersonales, traen consigo la garantía de la felicidad.

La edad de la novela no representa en absoluto un inconveniente mientras se lee sino todo lo contrario. Resulta sorprendente encontrarse con una tecnología marciana que resulta una extrapolación para nada disparatada de las innovaciones de la época. Las naves espaciales utilizan energía nuclear en su propulsión doce años después de que Becquerel descubriera la radiactividad y los marcianos se desplazan en góndolas voladoras sólo cinco años después del vuelo de los hermanos Wright. Y aunque esté presente el fantasma del evolucionismo social en esa cristalización del estadio definitivo de la sociedad en los marcianos -como resultado de una dura escalada desde los peldaños más oscuros del salvajismo, pasando por sangrientos periodos de barbarie hasta alcanzar por fin la civilización-, llama muchísimo la atención esa actitud cautelosa frente a las promesas del progreso. Es en esta línea en la que se hacen presentes problemas relacionados con la superpoblación y el agotamiento de recursos, entre otros.

[…] un organismo debe atravesar varias etapas, de la misma forma que un individuo debe repetir todas las etapas del desarrollo de una sociedad.

El contraste con la lucha de clases en las sociedades industriales resulta muy edificante en las reflexiones sobre la dinámica de transición que están experimentando hoy en día las sociedades de los países desarrollados. Como se menciona en el prólogo de la edición de Nevsky Prospects, se observa con cierta nostalgia la motivación y el calado de las ideologías, como respuesta a la esperanza de mejora de las condiciones de vida y la confianza en que las masas pueden cambiar el sistema. En la configuración actual de desequilibrios estructurales, los individuos desfavorecidos no tienen siquiera cabida en el sistema y sus posibilidades de éxito ya no dependen tanto de su esfuerzo personal. Las clases trabajadoras nunca llegaron a convertirse en mayoritarias. Las clases medias se han ido desdibujando por efecto de una movilidad favorecida por el auge de los Estados de Bienestar y han dado paso a una mayoría conformista. Las diferencias que los separan de los crecientes sectores excluidos de la sociedad son cada vez mayores y transgreden el ámbito económico. La movilidad entre ambos grupos es unidireccional. En la medida en que tener un trabajo digno (en contraste con los empleos mal pagados, a tiempo parcial, contratos eventuales, situaciones de paro de larga duración…) supone mucho más que una diferencia en los niveles económicos, los parámetros que hoy definen la exclusión social y los índices que intentan cuantificar el umbral de la pobreza en los países desarrollados incluyen, además de las variables salariales, otras relacionadas con la salud, la vivienda, apoyos sociales (amigos y familia) y factores psicológicos (motivación, alienación) de los sujetos. Es en este contexto de sociedad de riesgo -en la que nadie está libre de caer en los diferentes niveles de exclusión-, en el que no existen mecanismos institucionalizados de expresión. Las referencias de identidad, como el viejo concepto de clase, se diluyen dejando paso a grupos más locales y segmentados; y las reivindicaciones tienden a hacerse en la calle, buscando la mayor repercusión mediática y creando un clima de inseguridad que lleva al blindaje de las clases medias, con separaciones físicas como barrios, rejas o dispositivos de vigilancia. Esta tendencia de aislamiento (bien sea a nivel individual, bien a nivel de grupo) se traduce en un equilibrio inestable, en el que los sectores privilegiados se consideran responsables de la sustentación del sistema y florecen las formas de política no-solidaria. Este aislamiento, junto al aumento de las medidas de seguridad y vigilancia, ya ha sido señalado por algunos como factor de riesgo en la dirección de una progresiva pérdida de legitimidad de nuestros gobiernos democráticos. Un panorama bastante diferente al que nos encontramos en Marte, ¿cuál es en esta ocasión la distopía?

Me parece que siento todo tu joven planeta en tus abrazos. Es despotismo, es egoísmo, es un deseo desesperado por la felicidad.

Estrella roja. Alexander Bogdánov.


jueves, enero 06, 2011

Los primos gemelos.

Tanto Z347 como Z349 giran alrededor de un planeta lejano. Este planeta tiene millones de nombres falsos y ninguno verdadero. En su superficie parece hervir la vida, como si las cosas se movieran por sí mismas. Z347 y Z349 contemplan la dinámica durante su inalterable recorrido.

Como Z347 y Z349, millones de cuerpos giran alrededor del planeta. Pueden ver las sombras de los otros proyectadas sobre nubes altas, distinguen en la lejanía destellos que los rayos de la estrella arrancan de la helada superficie de sus compañeros de viaje. A veces diría que gritan inútilmente: sin aire los demás no pueden oírlos.

Nadie lo ha medido con precisión desde el bullir colorista del manantial de sus cadenas pero, cada cuatro o cinco años, Z347 y Z349 se aproximan lo suficiente como para sentir una suerte de atracción, una presión invisible sobre sus carcasas de hielo; las grietas que abren en las placas las fuerzas de marea parecen ser la única prueba de esos encuentros desafortunados, condenados a la incomunicación, a la fugacidad; cada uno contempla impotente la partida del otro, viéndolo alejarse en silencio al doble de velocidad.

Tanto Z347 como Z349 son piezas del mecanismo del gran reloj que integra el universo. Sus agujas, desentendidas, dan una hora que nadie consulta. Una, dos piezas más -dos piezas menos-, no marcarían ninguna diferencia.

En primer curso de universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.

La soledad de los números primos. Paolo Giordano.

viernes, noviembre 19, 2010

El sadismo de los números.

Hace un par de meses pude leer en una novela de Saul Bellow la siguiente afirmación:

Contar y hacer números siempre es una actividad sádica. Como pegar. En la Biblia, los judíos no permitían que los contaran. Sabían que era un acto sádico.

El fragmento pertenece a Carpe Diem, cuyo protagonista vive, como la mayoría de nosotros, acosado por fantasmas. Podríamos pensar que la cita anterior solo encierra frustración, y aún así me ha llamado tremendamente la atención.


Si uno lo piensa, descubre que hay pocas cosas más sádicas que contar. Cuando realizamos una medida estamos cuantificando un aspecto de la naturaleza de nuestro objeto de estudio. Estamos contando en cierto marco de referencia, cierto número de unidades. Estos valores nos permiten diferenciar unas entidades de otras, caracterizarlas y, en definitiva, segregarlas. Hoy todo se reduce a números. Cada uno de nosotros lleva los suyos impresos en el traje, o tatuados en la piel. Son tan evidentes y tan cotidianos que ni siquiera nos llaman la atención. Los números de tus genes condicionan tus atributos -como en un juego de rol-, tus comportamientos, y siempre cabe cruzar los dedos mientras el dado rueda; los de tu currículum dicen a los demás lo que eres, para qué vales, qué eres capaz de hacer; los de tu bolsillo pueden abrir o cerrarte muchas puertas.


Uno de los actos más sádicos y masoquistas que ha llevado a cabo la humanidad a lo largo de toda su historia es precisamente la tarea de medir el paso del tiempo. Es una obsesión que podemos rastrear hasta la antigüedad, con la presencia de diversos ingenios, los primeros relojes: clepsidras, relojes de sol, de arena… Actualmente nos recreamos en el asunto hasta el punto de sostener como definición de segundo la duración de 9192631770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio a una temperatura de 0K. Contar los instantes -las horas, los minutos, los segundos- hacia delante es como contarlos hacia atrás. Y es, probablemente, y pese a la gran ayuda que ha supuesto en el camino, un lastre en la vanguardia de los intentos de comprender la Naturaleza.


La línea de razonamiento me ha recordado algunos textos de hace años, como este fragmento de relato, escrito en mis mejores momentos:

Veo en el péndulo, sin mirarlo, su frustración. Un sorbo de vida mueve espasmódicamente una de las manecillas. Un instante menos de tortura, aventurado por aquel altar rendido a la agonía de la esperanza.

domingo, noviembre 14, 2010

El sueño de Galileo.

Si me dijeran que se ha publicado una nueva novela que tiene como protagonistas a Galileo Galilei, los viajes en el tiempo y los habitantes de las lunas de Júpiter en un futuro lejano, pensaría que contiene todos los elementos necesarios para ofrecer una lectura dantesca. Pero, si a continuación me entero de que su autor es Kim Stanley Robinson, no puedo hacer otra cosa que enfundar el estilete, tragarme mis prejuicios y pedirle con la boca pequeña al empleado de la librería más cercana un ejemplar.


La trama no supone gran cosa: el libro se resume en una idea ingeniosa, maravillosa, pero en ningún caso novedosa. Es siempre el conjunto lo que define las novelas de este autor. El sueño de Galileo es un canto a la razón, a la verdad; que se resume muy bien en una de sus últimas líneas: En todas las épocas a la gente le falta, sobre todo, valor. Kim ha elegido un momento crucial en la historia de Occidente, donde el valor resultó fundamental; pero nos recuerda a su vez la importancia de la perspectiva en cualquier época que vivamos. Porque, ¿cuántos de nosotros podríamos precisar el bando en el que militaríamos en la Roma de principios del siglo XVII? ¿Acaso daríamos la cara por un matemático loco que vende extravagantes celatones y brújulas militares que nadie sabe usar? ¿No parecería más razonable buscar la seguridad de las paredes milenarias del templo de la escuela peripatética? ¿No sería más probable que simpatizáramos con los jesuitas?

En realidad supone la biografía de Galileo más divertida que me pude haber encontrado. Fiel a los hechos históricos reseñables y provocativa en sus licencias, nos desgrana al personaje desde todos los ángulos posibles, presentándonos su tenacidad, sus miserias, sus ambiciones, sus miedos, su crueldad, su culpabilidad. Y he de decir que contiene una sublime versión del encuentro entre John Milton y Galileo Galilei.


Cuando a veces os sintáis raros, cuando notéis una punzada en el corazón u os parezca que un momento ya ha sucedido, o cuando levantéis la mirada hacia el cielo y, sorprendidos por la aparición del brillante Júpiter entre las nubes, todo os parezca de repente revestido de una inmensa importancia, pensad que, tal vez, otra persona, en alguna otra parte, esté entrelazada con vosotros en el tiempo, tratando de ejercer un poco de presión sobre la situación, un poco de ayuda para mejorar las cosas. ¡Entonces, pegad el hombro a la rueda más cercana, al momento que estéis viviendo, y empujad también! ¡Empujad como Galileo!

jueves, julio 15, 2010

Próxima parada...


Una vez más he echado a rodar el globo terráqueo y lo he parado con el dedo. Durante los últimos años me recreaba en la metáfora de manera ingenua, si acaso con una versión reducida del mundo, parecida al mundo conocido en la Antigüedad; más exigua todavía. Ésta es la primera vez que la experimento plenamente, pues el dedo no ha caído en Europa sino que ha decidido frenar el giro nada más y nada menos que en el sur de la India.




El hambre de ver con claridad es lo que lleva a las personas a viajar a lugares extraños.


Mis recuerdos. Rabindranath Tagore.


Evidentemente soy un ignorante respecto a la India. Todo lo que he leído –a excepción de lo citado- han sido referencias académicas del sistema de castas o de su religión. La mayor parte de las cosas que vea me sorprenderán y algunas me chocarán patentemente. De nada me servirá la interpretación materialista que Marvin Harris hizo del tabú de la vaca, ni la descripción de Louis Dumont de la sociedad india para ilustrar su holismo, cuando llegue a Bangalore. La vida, afortunadamente, adquirirá un sinfín de dimensiones y no se reducirá al ahimsa, al samsara y al karman. Así que es una oportunidad perfecta para, además de aprender astroestadística y de disfrutar de mi estancia en el observatorio de Vainu Bappu, tratar de absorber todas las impresiones que pueda, para macerarlas en mi interior a lo largo de los años.


Nos leemos a la vuelta.

viernes, julio 02, 2010

El comienzo: Isaac Asimov.

Conocí a Susan Calvin en el verano de 2004. Era una robot-psicóloga reconocida internacionalmente. Su talento y su carácter eran casi legendarios. Según los cómputos ordinarios ella debería tener veintidós años -yo tenía dieciocho-, pero había vivido varias décadas más. Se había convertido en una mujer de mediana edad. También la conocí de vieja. Fue posible porque vivimos en universos diferentes. Yo envejezco progresivamente y ella sólo se transforma en mi cabeza, con mis valoraciones, mis juicios y mis marcos de referencia; se transforma con la acción activa de la memoria, cuando recompone y racionaliza los recuerdos deteriorados; podríamos decir que también envejece, pero tiene siempre la misma edad.


Había terminado el primer curso de la carrera. Recuerdo perfectamente la enorme pereza que me dio estudiar el último examen –de Química General- cuya convocatoria se demoró hasta la primera semana de julio. Por alguna razón las leyes de la robótica me interesaban mucho más que la forma de los orbitales moleculares. Yo, robot fue sólo el comienzo. Durante el resto del mes me entregué a la saga de Fundación. En agosto me fui de camping a Llanes con unos amigos y en las fotos de aquellos días puede verse una edición de la secuela Fundación y Tierra, cuya lectura llevaba ya bastante avanzada. Antes de Asimov sólo había ensayado tentativas de acercamiento a la ciencia ficción de la mano de Aldous Huxley, Robin Cook, Julio Verne y algunos títulos ambientados en el universo de Warhammer 40K. Después, todo estalló; el cosmos se expandió vertiginosamente y aparecieron las primeras estrellas; se formaron las primeras galaxias, que integraron los primeros cúmulos; en una pequeña fracción de segundo una sola célula evolucionó hasta convertirse en organismos complejos y la humanidad dirigió su mirada a las estrellas; se desentrañó la geometría del universo, se desarrolló el motor hiperespacial y comenzó la diáspora; se descubrió el parauniverso; las primeras colonias mantuvieron una relación de hostilidad con la vieja Tierra; muchos mundos permanecieron aislados hasta que el poder central del Imperio de Trántor los unificó bajo una sola bandera; se perdió la memoria, se perdieron los orígenes. Después de Asimov vinieron Stanislav Lem, Ray Bradbury, George R. Steward, Philip K. Dick, Frederik Pohl, Arthur C. Clarke, H. G. Wells, Larry Niven, Kim Stanley Robinson, Frank Herbert, Gregory Benford, Greg Bear, Orson Scott Card, Alfred Bester, Olaf Stapledon, Joe Haldeman, Robert Heinlein, Theodore Sturgeon, Kurt Vonnegut y muchos otros. Lo que quiero decir es que, a pesar de no ser mi autor de ciencia ficción favorito, Asimov marcó un antes y un después en mi trayectoria como lector y siempre lo consideraré uno de los grandes.


Hace ya seis años de ese primer contacto, de que aprendiera que la violencia es el último recurso del incompetente y de que compartiera de manera tan especial la idea de que las acciones humanas no puedan ser (¡de ninguna manera!) lógicas; y, para conmemorarlo, decidí abordar la lectura de uno de los títulos que ha conseguido escurrírseme una y otra vez: Los propios dioses. Entremedias liquidé buena parte de sus novelas de robots, donde Asimov compagina diestramente el género policíaco con paradojas positrónicas, choques culturales interplanetarios y látigos neuróticos; viajé en el tiempo de la mano de Andrew Harlan en El fin de la Eternidad; y seguí el hilo temporal de la trama global en dos novelas de la Trilogía del Imperio, donde Asimov hace alarde de otra de sus grandes pasiones tendiéndonos una analogía con la historia, presentando una galaxia medieval. Aunque, para ser justos, no todas estas novelas se mantienen al mismo nivel, no debería ser motivo para desmerecer a las que brillan por sí solas.


-Ojalá no tuviera que oír hablar a los terrícolas. Pero soy una guía de turismo y tengo que escucharles. Todo lo que dicen lo he oído un millón de veces, pero lo que oigo más a menudo… -Y empezó a imitar el acento entrecortado del típico terrícola al hablar el lenguaje planetario-: “Dios mío, ¿cómo pueden ustedes vivir siempre en cavernas? ¿No sienten una terrible claustrofobia? ¿No desean jamás ver el cielo azul, los árboles, el océano, notar el viento y oler las flores…?” ¡Oh, Ben! Podría citarte infinidad de frases parecidas. En seguida añaden: “Aunque tampoco han visto nunca el cielo azul, el mar y los árboles, de modo que no pueden sentir nostalgia por ellos.” […] Me gustaría decirles: “Escuche, señora, ¿por qué hemos de interesarnos por su condenado mundo? No nos gusta estar colgados de la superficie de ningún planeta, esperando caernos o que el viento nos lleve. No queremos que el aire nos envenene y nos moje el agua sucia. No queremos sus malditos gérmenes, su maloliente hierba, su insulso cielo azul y sus necias nubes blancas. Podemos ver la Tierra en nuestro propio cielo cuando se nos antoja, lo cual no ocurre casi nunca. La Luna es nuestro hogar y es exactamente como nosotros la hemos hecho. Es nuestra propiedad y fabricamos nuestra ecología, y no tenemos necesidad de que nos compadezcan por ser como somos. Vuelva a su mundo y deje que su gravedad le haga colgar los pechos hasta las rodillas.” Esto es lo que les diría.

Los propios dioses. Isaac Asimov.


La ciencia ficción de Asimov es fluida, evita los territorios farragosos de los textos hard sin perder rigurosidad. Es directa, adoptando el diálogo como componente indispensable de su prosa, que utiliza para profundizar en los razonamientos de los personajes y para sorprender al lector con elementos que no se habían presentado antes en la narración. Ofrece, sobre todo, un esfuerzo singular de imaginación y una cantidad inagotable de ideas. Esto es palpable hasta el punto de que algunas novelas puedan parecer fruto de una idea genial –la psicohistoria, las Tres Leyes, Gaia, son sólo algunos ejemplos-, presentadas como excusa para dar forma a la idea primaria. Con la primera parte de Los propios dioses me sobrevino una impresión similar. La bomba de electrones es una gran idea y merece sin duda un rincón en la ciencia ficción. Sin embargo, la novela entraña muchas más sorpresas que os animo a descubrir.


Entre todo lo que he escrito, es la segunda parte de Los propios dioses lo que me hace sentir más orgulloso.

Isaac Asimov.


Pero es posible que sus lectores no estemos del todo de acuerdo con él. Hay tanto dónde elegir...