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jueves, octubre 27, 2016

La suerte de Schiaparelli

Dijeron en la Tierra que Schiaparelli se había estrellado. La sonda, habiéndose desprendido previamente del orbitador, habría de salvar en solitario la distancia que la separaba de Marte, penetrar en la atmósfera a veintiún mil kilómetros por hora, activar un complejo sistema de frenado y posarse en la superficie como una pluma. Una caída que se habría prolongado durante seis minutos de incertidumbre. Sin embargo, tanto las observaciones de radio tomadas desde tierra, como las recogidas por las sondas en órbita marciana, confirmaron que Schiaparelli había enmudecido poco antes del momento en que debía haber aterrizado. Lo achacaron a un error informático: los propulsores de hidracina se encendieron solo durante una décima parte del tiempo previsto y la sonda se precipitó al suelo a gran velocidad.

Esa fue, de manera resumida, la versión que figuró en los periódicos y, en parte, se justifica porque en el planeta vecino era virtualmente imposible que conocieran la existencia de Lelm. Justo al contrario de lo que ocurría entre los niños de las tribus de Meridiani Planum, donde su fama de cazador de cometas había trascendido los límites del grupo de aficionados. Su destreza era tal que le había brindado la admiración de algunos adultos; pues en un par de ocasiones, le gustaba recordar siempre, los venerables habían condescendido a abandonar su actividad meditativa para agraciarlo con su interés. Y no se podía imaginar reconocimiento mayor, salvo el de su incondicional cuadrilla.

Quedaban en espacios abiertos. Desde hacía un tiempo, formaba parte de la rutina de todos: Lelm y sus compañeros caminaban un buen rato por la llanura, llevaban los equipos, limpiaban el polvo de sus componentes y los montaban in situ. No admitía ninguna duda, algunas cometas eran auténticas maravillas. Arnil, irrefutable talento de la ingeniería, ayudaba a los demás con pequeños ajustes y mejoras. Naturalmente, su criatura maniobraba como un ángel pese al enrarecido aire marciano; era mágica. Por su parte, la habilidad de Lelm giraba en torno al cañón. Era capaz de amartillarlo con una rapidez insólita y alcanzar a cualquier máquina en pleno vuelo.

Entre todos perfeccionaban los aparatos día a día. Lelm era la prueba de fuego de cualquier constructor de cometas y no era raro que algún aficionado se acercara desde otras regiones, cansado de la ineptitud de los tiradores locales, para poner a prueba su competencia. Por eso, cuando vieron el destello en el cielo, no les pilló de sorpresa; salvo por el hecho de que el objeto que se presentó fue la cometa más portentosa que habían tenido ocasión de ver. Hasta Arnil pareció conmovido, volaba demasiado alto para su gusto.

—Prueba con éste, seguro que también puedes derribarlo —le dijo.

Pero Lelm no había perdido el tiempo y ya lo había centrado en su mirilla. El estruendo ahogó el desafío de Arnil, que vio cómo el artefacto, tras sofocar sus luces, parecía perder la vida y se abandonaba en caída libre.

No habían llegado a la aldea con mayor entusiasmo. Arnil desataba un torrente de ideas sobre los demás, se pasó el camino de vuelta sugiriendo modificaciones a las cometas para que alcanzaran mayor altura. En particular, aunque aún no sabía muy bien cómo utilizarlo, le había gustado la idea de atar una tela enorme en algún punto del chasis; había supuesto que serviría para recoger el aire y lograr que el aparato planeara. 

  Entretanto, Schiaparelli, ya olvidado, soñaba en el lecho del canal. 
 

jueves, abril 26, 2012

El satélite que cayó como una lágrima.


Se llamaba Upper Atmosphere Reseach Satellite, pero se componía en boca de todos como UARS. El acrónimo no sólo era cómodo, sino también familiar, y contenía el rechazo natural hacia los tecnicismos. Constituía en esencia una parte de la artimaña para lograr que un satélite artificial, concebido dos décadas antes con el fin de estudiar la entrada y salida de energía en las altas capas de la atmósfera, se colara en la cotidianeidad: en la conversación del desayuno, convidado a la mesa por una presentadora de noticias desde el postergado televisor del salón (daría pie a explicarles a los niños para qué sirve enviar aparatos al espacio); en debates radiofónicos que anegaban habitáculos de los coches y autobuses que resollaban en atascos matinales; en los comentarios de la hora del café, mezclado con los sinsabores y alegrías de los resultados de la jornada de liga de fútbol, la llegada del otoño o el último descubrimiento culinario en un restaurante del centro; en periódicos y redes sociales, un verdadero flujo continuo de datos que informaba en cada momento de las últimas novedades a millones de personas en todo el mundo. La estrategia propagandística era muy habitual entonces, cuando los servicios espaciales no eran una necesidad de primer orden y se consideraba importante mantener el nivel de popularidad; se trataba de cuidar la opinión pública de cara a justificar la nada despreciable fracción de los impuestos estatales que se destinaba al programa espacial y los proyectos de investigación asociados ante un panorama económico mundial cada vez más negro. 

Se lo llamaba UARS, pues, y se había filtrado en el día a día de las personas como una preocupación lejana. Desde Rusia se había dicho que sus restos caerían en el mar de Papúa Nueva Guinea, pero la NASA no se pronunció hasta que la firma privada que monitorizaba su recorrido, la Aerospace Corporation, notificó tras dos días de incertidumbre que el impacto se produciría en la costa de Chile, cerca de las siete de la tarde según la hora local. El margen de error que se barajaba era enorme, debido, según se decía, a las fluctuaciones de los vientos solares. Hasta el momento las cifras habían sido éstas: su masa original alcanzaba cerca de las seis toneladas, pero la mayor parte de su estructura se desintegraría durante la reentrada en la atmósfera –un racimo de fragmentos incandescentes, intrépidos cometas de vida breve que se diluirían como grumos en una suerte de cascada de ablación-, salvo un puñado de piezas que sobrevivirían al holocausto; serían del orden de diez o doce, según los informes, y de masas dispares, entre el medio y los ciento cincuenta kilogramos, los trozos que lograran caer a la superficie. No había motivo de alarma entre la población, pues la mayor parte del planeta es agua y la probabilidad de que uno de ellos alcanzara a una persona ascendía a una entre tres mil doscientas, lo que arrojaba, según fuentes oficiales, un margen de una posibilidad entre varios billones (americanos) de que cayera sobre una persona concreta -es decir, -. Los redactores añadían también otros datos de carácter histórico, como que se trataba del satélite de mayor tamaño que se precipitaba descontroladamente sobre la Tierra desde que el Skylab hiciera lo propio en 1979; al tiempo que se retomaba la polémica sobre los peligros de la chatarra espacial localizada en órbitas de baja altura, despertando una vez más el fantasma del síndrome de Kessel y recordando algunas de las crisis recientes del sector, como  la desafortunada iniciativa llevada a cabo por China cuando en 2007 sus mandatarios decidieran destruir el satélite meteorológico Feng Yun 1C con un misil balístico, o la colisión entre el Iridium 33 y el Cosmos 2251 (dos satélites de comunicaciones, estadounidense el primero y ruso el segundo) que había tenido lugar en febrero de 2009.

La labor de una compañía especializada en desarrollo de software para la seguridad nacional de Estados Unidos, la Analytical Graphics, permitiría seguir en directo la trayectoria y subiría un vídeo a la red para deleite del aficionado. El hecho de que emitieran oficialmente la noticia (cuando, en realidad, en la última década se había registrado la entrada de cantidades de chatarra espacial comparables a los restos de un satélite aproximadamente con una frecuencia anual, sin que nadie hubiese puesto el grito en el cielo por no avisar a la población), se explicaba, según los expertos que salieron al paso, por el cumplimiento de protocolos recogidos en diversos acuerdos sobre basura espacial, que obligaban a las agencias a enviar un comunicado si el umbral de riesgo sobrepasaba cierto límite.

Landy Moubal, un reputado ingeniero aeronáutico, acudió como invitado a un programa de debate de la televisión nacional y criticó con dureza lo que ya estaban denunciando muchos otros en la blogosfera, en opiniones que salpicaban diferentes artículos en todos los periódicos nacionales e internacionales, en programas radiofónicos de coloquio, en las entrevistas de los telediarios: había sido un error y una falta de responsabilidad gravísima el utilizar las capacidades del satélite hasta el último momento, sin reservar una pequeña cantidad de combustible para permitir realizar ciertas maniobras de control durante la reentrada, como solía hacerse en ese tipo de situaciones. Añadía además una reflexión sobre la cantidad de riesgo que estarían dispuestas a asumir las autoridades en términos de la famosa apuesta de Pascal, que ya utilizara el cosmólogo británico Martin Rees en un contexto muy similar cuando escribiera en 2004 su ensayo acerca de los posibles riesgos que traerían consigo las nuevas tecnologías. A grandes rasgos, Blaise Pascal, que utilizó su argumento en una discusión teológica del S.XVII, planteaba que, suponiendo que la existencia de Dios fuera una cuestión de azar (dicho con otras palabras, si no se supiera de modo seguro si Dios existe o no existe), lo más razonable sería aventurar que sí existe, ya que de no hacerlo, aunque se considerara mínima la probabilidad de su existencia, uno se ganaría a pulso la condenación eterna si se equivocara. Moubal ya no hablaba del satélite, sino de escenarios mucho más aterradores, donde la alternativa remota no era una morada individual en el infierno, sino la muerte de millones de personas; llegando incluso a conjeturar la desaparición de la humanidad a cargo de una única decisión tomada por un grupo reducido de personas dispuestas a asumir un riesgo extremo pero altamente improbable. Su rostro colgaba lejano en las pantallas de las salas de espera de aeropuertos de todo el globo mientras miles de personas se preguntaban si la coyuntura afectaría de alguna manera al esquema de vuelos, vagamente conscientes del riesgo real que corrían en sus travesías.

Al igual que los principales referentes bursátiles, el UARS se precipitaba ante la impotente mirada colectiva; su periplo lo dirigía hacia un aciago final que despertaba gran expectación en todos aquellos que hallaban en la caída del satélite un riesgo controlado, la seducción de la preocupación lejana, el regocijo que uno encuentra en todas las situaciones en las que consigue creer fugazmente que pierde el control, por otra parte meticulosamente asegurado: simular que anticipa su muerte, una muerte ficticia y placentera. La ocasión brindaba una satisfacción cómoda y gratuita para todas las edades, sin requerimientos adicionales, como tener una buena forma física para agarrarse a los riscos de un acantilado o reunir valor suficiente para lanzarse de un avión a mil setecientos metros de sobre el nivel del mar. Uno sólo tenía que sentarse y esperar haciendo cavilaciones, como la vida misma.

Al día siguiente la NASA declaró en un comunicado que el UARS había caído a la Tierra en algún momento entre las once y veintitrés minutos de la noche y la una y nueve minutos de la madrugada, según el huso horario de la costa oriental de Norteamérica. También se precisaba que durante ese intervalo de tiempo el satélite habría pasado sobre la costa este de África y sobrevolado el océano Índico, y podría haber cruzado el Pacífico y atravesado Canadá, incluso haber salvado el Atlántico norte y alcanzado la costa oeste de África. Sucesivos titulares en la red daban buena cuenta de la situación: “El satélite UARS podría caer en México este viernes”, “Chile a salvo: el satélite caerá en otra parte”, “El satélite demoró su caída y podría hacerlo en los Estados Unidos”, “La NASA confirma la caída del satélite UARS en la Tierra”, “El cometa Elenin habría influido en la caída del satélite UARS de la NASA”, “La NASA desconoce donde cayó el satélite obsoleto”, “El satélite UARS cae sobre el océano Pacífico”, “El UARS cayó frente a la costa oeste de los Estados Unidos”, “La NASA cree que el satélite UARS se ha desintegrado sobre Canadá”, “El satélite alemán ROSAT caerá en octubre sin control como el UARS de la NASA”, “Satélite UARS cayó cerca de Calgary, Canadá: nadie lastimado”.

La versión oficial sostenía, cuarenta y ocho horas más tarde, que los restos del satélite –se creían finalmente veintiséis piezas de acero inoxidable, titanio y berilio- habían caído en el océano Pacífico. La NASA admitía que no conocía el punto exacto de reentrada y que estaría pendiente de posibles informes de recuperación que pudieran llegar, para poder verificarlos y comunicarlos. Aparentemente uno esperaría una decepción generalizada, pero el UARS desapareció simplemente de las páginas de sociedad. Se engatusó a los informados con noticias candentes del momento, revestidas de urgencia y elocuentes palabras que fabricaban su importancia. En la sociedad del momento, del aquí y del ahora, de la máxima rentabilidad a corto plazo, en la que todos y cada uno de sus integrantes se convencían de estar viviendo un momento clave en la historia de la humanidad, al que asistían –activamente si quisieran- a través de su ventana al mundo particular; resultaba difícil de imaginar que algo escapara de la atenta mirada de las autoridades, de las cámaras de seguridad, de los radares, de las improntas de la red. Las personas fichaban a la hora de entrada y de salida de sus trabajos; pedían justificantes con la fecha y la hora exacta de su cita médica o de su examen de derecho romano; en la factura del café figuraba claramente en qué momento de la mañana se lo tomaban, así como el nombre del camarero que les había atendido; al igual que en la factura del taxi que habían cogido desde el aeropuerto, tras bajarse de un vuelo cuyos tiempos podían monitorizarse a través de la página web de la compañía; los ordenadores dejaban su firma y el lugar de conexión en cada recodo mientras navegaban libremente por la red; sus bonos de transporte contenían las horas a las que cruzaban las barreras de las estaciones, donde sus rostros desfilaban delante de las cámaras de seguridad conforme sus cuerpos se desplazaran inmóviles, con el avance de las escaleras mecánicas. Todo quedaba registrado. No dejaba de ser paradójico que una tonelada de chatarra cayera del cielo dejando un rastro unívoco de estelas rutilantes y no fuera vista por nadie. Pero podía ocurrir. Por increíble que pareciese, el satélite UARS, la estrella que había atraído las miradas de todo un mundo, cayó en la más absoluta soledad; su espectáculo de luces, su promesa de riesgo inofensivo, se perdieron en el fondo del océano, olvidados en silencio. Como todos sabemos, la enfermedad no aparecería hasta cuatro meses después.

Elizabeth Kohl, de cuarenta y ocho años y nacionalidad alemana, fue considerada durante las primeras semanas como el caso primario. Su marido y sus dos hijos tardaron varios días en notar los síntomas. 

-Lisa siempre ha sido de carácter muy melancólico –comentó Helmuth, el marido, en una audiencia a puerta cerrada a los pocos días de que trascendiera la noticia-. Últimamente las cosas no iban muy bien en casa y no se hablaba mucho. Los críos están en esa época… ya me entendéis, se desinteresan por todo; están enfrascados en ordenadores y videojuegos. Yo suelo llegar a casa más tarde que ella… Me asusté mucho cuando recibimos la llamada de un compañero de oficina preocupado por si estaba enferma. Al parecer llevaba dos días sin aparecer por el trabajo. En cuanto colgué la busqué furioso por toda la casa, sabe Dios lo que pensé. Estaba muy alterado. Y entonces fue cuando la vi a través de la ventana de la cocina, sentada en el jardín con la mirada perdida en el cielo.

A los pocos días, el propio Helmuth cayó enfermo junto a su mujer. Gerard, el mayor de los dos hijos, comentó que no había visto antes a sus padres juntos mirando las estrellas. 

Para ser justos –y tendrá importancia en la secuencia de acontecimientos- he de decir que la NASA hizo público un informe tres días después de la reentrada en el que aseguraba que, de acuerdo con los datos del Centro de Operaciones Espaciales de la base Vandenberg de la Fuerza Aérea en California, el satélite había penetrado en la atmósfera a las doce y un minuto sobre el océano Pacífico. Concretamente, a catorce coma un grados latitud sur, ciento ochenta y nueve coma ocho grados longitud este. Sin embargo, ya relegada de las portadas, pocos ojos se posaron sobre la noticia.

miércoles, diciembre 28, 2011

Recordando la muerte de mi compañero.

Volver a casa siempre levanta temores. Descubro detalles en los que no reparaba. Me fijo en la D invertida junto al marco, extraño la vieja puerta. Al entrar siempre me llama la atención el extremo cuidado que trasluce la disposición de los muebles, la decoración; siempre el orgullo de algo nuevo, la ilusión de algo por cambiar, el melancólico algo por conservar. A la vista se presenta como una suerte de densidad y cariño que hace que todas las habitaciones aparenten pequeñas, acogedoras, de apacible murmurar. Camino despacio, por el pasillo, esperando aspirar el olor de lo desconocido que nunca está ahí. Los estantes llaman, instan a tocar figuras, a manosear los libros en los entrepaños; la mirada colgada en los retratos atenta a cada uno de los movimientos. Los cajones, ni abrirlos; salvo que busque una de aquellas melodías lejanas que trastocan mi ánimo el resto del día.

Ayer mismo di de palabra con un viejo joyero, a modo de caja de Pandora –hay miseria en el recuerdo-. Al sacarlo a la luz liberamos un puñado de monedas, billetes de la República, algunos belarminos, un reloj de pulsera, varios tiques de la FEVE a Moreda de 1979 que mi madre afirma haber recogido en los bolsillos de sus abrigos, dos fotos de carné, un pin del partido, un par de llaves de maleta. Bajo su fondo acartonado, se ocultaban tres cuadernos. Alojan la impecable letra de mi abuelo. Están dos de ellos ocupados por problemas: “reglas de tres simples” reza el título del primero, “problemas de geometría” advierte el segundo en su exterior. El tercero es un poco más grande, guarda algunos poemas; la fuerza de otra época que emana el manuscrito. De algunos indica su autor, otros simplemente los firma.

Mi abuelo era minero y no llegué a conocerlo, pero puedo imaginar –equivocándome, es muy probable- el significado que le daba al primer poema que aparece en el cuaderno, cuyo origen no he podido determinar (encantado de que algún entendido me resuelva la duda): Recordando la muerte de mi compañero. Tras el último verso, simplemente dejó: Los Tableros, día 24 de septiembre de 1949. Marcelino Cobos.


RECORDANDO LA MUERTE DE MI COMPAÑERO

¡Qué triste destino,
qué triste es la vida
para el pobre mozo
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!

A la tenue luz
de una lamparilla,

de sudor y polvo
su cuerpo le brilla,
que el corte esta duro
y hay que darlo a pica.

Pero hay un momento
que el rostro se anima
y en su negra cara
se ve una sonrisa
que inunda su cuerpo
de franca alegría.

-¿Por qué así sonríe?
-No lo acertarías.

El pobre minero
se acuerda en la mina
de aquella morena
que tanto quería,
y dice entre dientes
hablando a la mina:
“Mina, no me mates;
respeta mi vida,
ni en mi cara marques
tus negras heridas,
que, luego, pintado,
ya no me querría
ni besar siquiera
mi cara teñida.”

Trabaja afanoso,
trabaja deprisa
pensando que faltan
ya muy pocos días
para ver de nuevo
su mina querida.

Ya no le parece
tan dura la vida,
ya no le parece
tan negra la mina;
lleno de ilusiones,
canta mientras pica.

Mas de pronto nota
que mal se respira,
se extingue la llama
de su lamparilla…
le duelen las sienes…
su pecho se agita.

Corre como un loco
buscando salida
y ve con espanto
que tiene abstraída
la única calle
que tiene a la vida.

Una quiebra horrible
que ruge y se agita
deja al pobre mozo
encerrado en vida
¡entre las paredes
de la oscura mina!

Su cara le arde,
sus piernas vacilan,
ya murió la llama
de su lamparilla,
ya le falta el aire…
¡se le va la vida!

Y entonces se acuerda
de aquella niñita
que tanto mimaba,
que tanto quería…
de su buena madre,
de cosas divinas.

Sin tregua trabajan
las palas y picas
para pasar pronto
la quiebra maldita
que dejó encerrado
al buen mozo en vida.

Dos días tardaron
por fin en hallarle
y en una camilla
sacaron cadáver
al mozo optimista
de dos día antes.

Ya en la bocamina
vieron al mirarle
de alegre sonrisa
cubierto el semblante.
¡Qué dulce –pensaron-
su último instante!

Y es que el pobre mozo
terminó su vida
pensando en la novia,
pensando en la niña,
que tanto mimaba,
que tanto quería.

Esta triste historia
de mi pensamiento
es la historia triste
de todos los muertos
que caen en la mina
en todo momento.

Son héroes anónimos…,
pronto les olvidan
amigos y novia
sus jefes de mina.

Tan solo la madre
llora noche y día
pensando en el hijo
que perdió su vida
sin nadie endulzarle
su triste agonía.

Por ellos os pido
una honda plegaria
y decir: “¡Presentes!”,
que son camaradas
que también murieron
por bien de la Patria.

¡Qué triste el destino,
qué triste es la vida
del pobre minero
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!...

martes, octubre 04, 2011

Una de vampiros.

El texto que traigo hoy aquí fue escrito hace años a raíz de lo que se convirtió en una inolvidable partida de rol de Vampiro. El argumento es, por tanto, producto exclusivo de la mente de Kementari, nuestra inestimable Master; quien recordará la historia que empieza en estos párrafos con tanta inclinación como yo. Os dejo con El abrazo de Michel.



Michel disfrutaba con su trabajo, era una persona a la que le apasionaba penetrar en las más oscuras obsesiones de la mente humana. Todo se reducía a obsesiones, en mayor o menor grado. Lo comprobaba día a día con sus pacientes, la mayoría más parecidos de lo que ellos sospecharían jamás. Por ello, los años de experiencia habían permitido a Michel clasificar a cada individuo en un intrincado esquema mental y sentía cada vez más curiosidad por intentar situar a los grandes personajes, tanto reales como de la literatura. Habría pagado por tener sentada en el sillón a gente como Jack, el destripador; o el conde Drácula. Unos meses atrás Michel había recibido una noticia extraordinaria: iba a ser padre. Qué mejor manera de analizar la mente humana desde sus inicios. Se sentía muy ilusionado. Pero aún así, Vanessa, su mujer, que siempre había sido una excelente compañera, se había retraído en sí misma durante su embarazo. Se negaba a practicar relaciones y se mostraba muy distante. Por eso Michel no hizo mucho por reprimir sus instintos cuando la joven Julie, que ejercía de enfermera en el sanatorio Roissy donde ambos trabajaban, se le insinuó sutilmente al final de la jornada.




Aquella tarde Michel sentía el latir en sus sienes. Dejaba atrás una larga jornada de locos y discusiones con sus compañeros. Discusiones con Julie. La enfermera lo presionaba cada vez más para que dejara a su mujer. Michel, que no sólo no tenía intención de dejar a Vanessa, sino que soñaba ilusionado con tener en brazos a su hijo, no respondía a las apelaciones de la muchacha más que con falsas promesas y caricias oportunas. Llegado el momento tendría que quitarse de encima a la chica, pensaría una manera.
Hizo señas a un cochero y montó presurosamente en el faetón, con el maletín por delante.
— Buenas noches, señor.
— Al Moulin Rouge, por favor.
Los caballos respondieron al tirón de las riendas y reanudaron la marcha. No quería llegar a casa tan confundido y decidió evadirse tomando una copa antes de que se hiciera demasiado tarde. Sobre el repiqueteo de los cascos Michel trataba de ordenar sus pensamientos, de ordenar a Julie en todo aquello. Su mujer y su futuro hijo eran más importantes, eran todo lo que tenía. Ellos y sus estudios. Su trabajo. Disfrutaba con su trabajo. El sanatorio de Roissy le permitía poner en práctica las nuevas técnicas psicoanalíticas. El doctor Lambert era uno de los precursores de su imposición frente a los tratamientos de electroshock, lo que le había costado encarnizadas discusiones con sus colegas e incluso un puñado de enemigos. Irónicamente, su postura había sido una de las cosas que por lo visto habían atraído la atención de Julie.
Julie. Estaba allí de nuevo, como una máscara incorpórea en la oscuridad. Pobrecilla. Aquello era remordimiento, casi podía paladearlo. Pero tenía que admitir que le gustaba estar con la muchacha. Y dejaría las cosas tal como estaban, por el momento. Mientras durara el embarazo.

Los caballos relincharon y el coche se detuvo junto al Moulin. Una vez dentro se sentó, pidió una copa e intentó concentrarse en la bailarina del espectáculo. A primera vista no reconoció a nadie. Había asistido en otras ocasiones, pero no se consideraba un cliente habitual. Se sintió a gusto y a la primera le siguieron otras dos copas, hasta que notó un pequeño hormigueo en el interior de su cráneo. Se hacía tarde y no querría tener que darle explicaciones también a Vanessa. Se levantó algo afectado por la bebida y salió a buen paso del local. Subió a otro carruaje y recitó al cochero la dirección de su casa. De nuevo la monotonía del golpeteo de los cascos, Michel viajaba en un manto onírico, la proyección de la realidad empapada de alcohol. Los pacientes, Vanessa, Julie, su hijo, todos vagaban y se entrelazaban ahora en su mente inquieta. Sin ninguna conclusión, nadie buscaba conclusión. O eso creía sin pensarlo. El alcohol difumina la frontera entre la consciencia y el inconsciente, desata la libido reprimida. El ego se descompensa, el ello domina sobre el superyó. Pero Michel no estaba borracho, simplemente un poco bebido. Y hasta los borrachos sufren momentos de lucidez para su desgracia.
—¡Alto!
El cochero volvió la cabeza molesto.
—Dé la vuelta, por favor. Me he dejado el maletín.
El vehículo hizo un cambio de sentido y apresuró el ritmo de vuelta a la sala de espectáculos. Michel saltó del carruaje en cuanto se detuvo y corrió dentro del local. No encontró el maletín al pie de la silla en la que había estado sentado.
—¿Busca algo, caballero? —Era sólo una atractiva camarera.
—Ehm… Sí, me he dejado un maletín al pie de esta silla.
—Se lo ha llevado otro cliente, un caballero muy amable que ha dejado una tarjeta para que el propietario pudiera recuperarlo.
Michel cogió la tarjeta que le tendía la muchacha. Se quedó un instante mirando las letras estúpidamente.
—Gracias.
Salió del local tan apresurado como había entrado y subió al coche que lo esperaba. Leyó la dirección en voz alta y los caballos reanudaron el ritmo tras el azote de las riendas.
—Más deprisa, por favor.

El ritmo de cascos lo condujo a una casa en un barrio residencial. Modesta, pero resultona. Una verja rodeaba un pequeño jardín. Lo más impresionante: estaba iluminada por luz eléctrica. A Michel aquello no lo impresionó demasiado, era al fin y al cabo un científico y estaba familiarizado con los avances de la época. No obstante, la luz eléctrica era muy poco común en los domicilios. Le pidió al cochero que lo esperara, pues no tardaría demasiado.
Un individuo estirado y trajeado le abrió la puerta y preguntó qué deseaba. Michel expuso la situación y le enseñó la tarjeta. El mayordomo lo incitó a seguirle hasta un amplio salón. No había chimenea, pero tampoco hacía frío. De algún modo el interior se mantenía a una temperatura agradable. Un hombre alto lo miraba sentado tras una mesa, frente a una copa que contenía un líquido rojizo. Con todo el ajetreo, el efecto del alcohol casi se había disipado. Notaba algo extraño en todo aquello. Algo fascinante.
El hombre se levantó, ofreciendo su mano y presentándose como Malaquías de Alcántara. Michel estrechó su mano, que notó llamativamente fría. Ocurría a veces entre los hombres mayores.
—Me he tomado la libertad de abrir su maletín, doctor Lambert —continuó diciendo—. Ruego me disculpe. Sin embargo, dado el carácter delicado de su contenido he preferido mantenerlo a salvo de miradas indiscretas hasta que usted se percatara del olvido. Oh, siéntese, por favor.
Michel se sentó. Malaquías colocó el maletín sobre la mesa. Contenía documentos confidenciales de los pacientes del sanatorio de Roissy, así como los informes de los últimos avances aplicando sus nuevas técnicas. Había sido toda una negligencia por su parte dejarlos al alcance de cualquiera.
—Agradezco su consideración, señor.
El mayordomo le sirvió una bebida distinta a la de Malaquías. Michel la probó por cortesía. No estaba mal, aunque no supo distinguir qué era exactamente.
—Ha sido una suerte haber encontrado su maletín. Después de todo, ambos somos hombres de ciencia. Habrá reparado sin duda en la iluminación eléctrica —Michel asintió. Sentía curiosidad por todo aquello, aunque sabía que no podía demorarse mucho. De no ser por ello, habría pensado en la mejor forma de disculparse y marcharse sin violar los protocolos de la cordialidad—. Soy un investigador. Y he visto que usted también. Estoy muy interesado en sus nuevas técnicas psicoanalíticas para tratar a sus pacientes.
—Sí, bueno… en realidad yo…
—También sus argumentos en contra de los tratamientos de electroshock. Cuénteme, por favor. Le hablaré de mis proyectos.
Michel no se resistió más. Le habló al hombre que tenía delante de su alternativa al electroshock, su aplicación del psicoanálisis en diversos tratamientos y aceptó de buen grado la charla sobre energía eléctrica. Durante la conversación tanto él como Malaquías bebieron varias copas, cada uno con su bebida. Volvió a notar los efectos del alcohol diluyéndose en su sangre. Sin embargo, era tarde.
—Oh, se me ha hecho tarde, señor. Me ha encantado hablar con usted, quizá podamos concertar una cita en otra ocasión.
—No se preocupe. Su mujer lo esperará.
Michel no recordó haber mencionado estar casado. Malaquías se levantó de repente.
—Sé que es usted un catador de belleza. Y tengo un bocado especial.
El mayordomo hizo pasar a una mujer de color, realmente atractiva. Fijó sus grandes ojos sobre los de un hechizado Michel. En aquel momento no supo si atribuirle el efecto a la chica o al entusiasmo al que le había conducido el diálogo, acaso a la extraña bebida. Se sintió realmente atraído y le correspondió al beso en cuanto la mujer se lanzó sobre él. El resto ocurrió de forma demasiado confusa. Se desnudaron. La mujer lo tendió en el suelo y lo montó sin prolegómenos. Michel se había abandonado al placer. Consiguió ver a Malaquías sentado frente a su copa, tranquilo, observando cómo la mujer lo cabalgaba como una fiera y dejaba caer unas gotas de sangre en su boca.
—Ahora, María.
La mujer se inclinó sobre Michel. Antes de que éste se percatara de lo que estaba ocurriendo, había clavado los colmillos en su cuello. Una oleada de placer embargó sus sentidos, y no recordó nada más.

Michel abrió los ojos. Habría jurado no encontrar diferencia hasta que se volvió un poco. Un haz de luz entraba por la rendija de una puerta entreabierta. Estaba en una habitación pequeña, vacía, sumida en la oscuridad y saturada de humedad. Hacía frío, o quizá fuera él mismo quien estuviera frío. Intentó moverse. Oyó entonces un entrechocar de eslabones, fue consciente de la anilla que rodeaba su cuello. Estaba atrapado en la habitación. Sentía una sed insaciable. Quería jadear pero no podía. No podía; no respiraba. ¡No respiraba! La sola idea lo hizo retroceder hasta la pared donde estaba encadenado. Agazapado, comprobó su pulso. Nada. Michel gritó, tiró de las cadenas una y otra vez hasta quedar exhausto. Y entonces la puerta se abrió. En el umbral aparecieron Malaquías y otros dos hombres robustos que blandían barras de hierro.

martes, agosto 23, 2011

Presentación en la librería Gil.

El próximo sábado, a las 19:30h, tendrá lugar una presentación de la antología que recoge los poemarios y relatos galardonados en la XXX edición de los premios José Hierro. El acto se desarrollará en la librería Gil de la calle Hernán Cortés, en Santander, y será presentado por Marta San Miguel -miembro del jurado y ganadora del año pasado. Espero veros a todos por allí.


miércoles, julio 20, 2011

Una nueva criatura.

El pasado lunes tuvo lugar la entrega de los XXX premios literarios José Hierro en el Ayuntamiento de Santander. Durante el evento se presentó el libro que recoge los ganadores y los accésit de las categorías de poesía y relato breve, al que contribuyo con el relato El faro. A veces, cuanto más tienes que decir menos puedes escribir sobre el asunto, así que comentaré llanamente que es como ver un sueño brumoso –algo que nunca te atreviste a tomar en serio- hecho realidad.

martes, julio 12, 2011

Lo que no existe no puede cambiar.

La manera clásica de interpretar la realidad se ha convertido en un lenguaje demasiado simple. No nos limitamos a registrar un puñado de impulsos y colocarlos en diferentes compartimentos de la mente. No entrenamos una red neuronal con cada situación, ni lanzamos nuestras decisiones a la vorágine de ningún atractor caótico. Nuestras sinapsis estructuran el mundo, le dan forma, lo reconstruyen con cada actualización en procesos de hecho. Proyectamos al exterior un mundo internamente modelado, un espejo en el que vemos en los demás lo que somos nosotros mismos: una revitalización del Mito de la Caverna. Lo impredecible de nuestros actos los hará peligrosos, fascinantes;

refulgirán, asolados,
los baluartes teleológicos,

como bosques devorados por el fuego.

Arquillas doradas pervivirán bajo la madera quemada. Albergarán recuerdos, o emociones, si es que acaso hay alguna diferencia. Pequeñas cajas de Pandora, una suerte de minas olvidadas tras el horror de la guerra, aguardarán a que alguien o algo –el olor de la hierba mojada, una gota de sangre, el tacto de un paño de franela- las encuentre y las libere, turbadoras y volátiles.

Cambiaremos, dicen.

Cambiarán paisajes y refugios,
distarán infinitas geografías,
migrarán los puntos cardinales.

Cambiarás tú, cambiaré yo;
cambiaremos todos.

A menudo sutil y continuadamente, modelados por el flujo del viento, como caprichos del perfil de un acantilado: tendidos siempre hacia el abismo.

Excepcionalmente se levanta
un torbellino, un leviatán
que agita nuestras aguas
devastando cuanto somos.

(Cambiaremos.)

Aun soslayando la hecatombe,
la más leve brisa
mudará sin tregua nuestras formas,
separando nuestras manos,
disociando nuestros mundos.

martes, marzo 22, 2011

En la dinámica entre el miedo y la inconsciencia.

Sólo supe que corría y corría, sin saber hacia donde dirigirse. Creí siempre que exageraba y tenía la sensación de que le gustaba que lo consolara; decía que se había convertido en un viejo y que yo era muy joven todavía, que aunque fuera toda una mujer había cosas que no podía comprender. Decía que sus piernas no paraban nunca mientras los referentes de aquéllos que le rodeaban se deslizaban en la frontera de lo real, hasta formar parte del conjunto etéreo que reinventaba de continuo su existencia. Disfruta dramatizando sus ideas, como en una de sus conferencias. Pero lo cierto es que esta bolsa de causas intocables nos empuja a todos mientras nos tambaleamos en el borde de un abismo insondable, sumergidos en la dinámica entre el miedo y la inconsciencia. La adversidad es un trago que se toma solo, pero que revuelve el ambiente hasta límites repulsivos. A su alrededor se levantaba un torbellino de bromazepam que me ocultaba de su vista; convertía a amigos en sombras difusas que observaban desde algún remoto rincón del pasado; vestía eternos rencores con ruinas de sonrisas, que no eran otra cosa sino despojos de rosas blancas en los bolsillos de los mejores trajes que se usaron en las fiestas en las que no nos dejaron estar. Lo cierto es que corrió y corrió, dejando atrás esa nube de insuficiencia y más allá de cualquier lugar donde, ni yo, ni tan siquiera mi amor más incondicional, pudieran seguirlo. Y desde que volvió -si es que realmente lo hizo-, no puedo dejar de recordar toda su cháchara sobre la inmortalidad de las ideas, de todas las causas, la obsesión por la irreversibilidad que me inculcó desde niña; ni de advertir una gran pérdida en su mirada de cuya naturaleza sólo comprenderé la amenaza de un afilado contorno. Tengo tantas cosas por hacer que quiero que vea que no puedo casi contenerme; porque, no dejará de tener razón, somos inmortales hasta la muerte.

jueves, enero 06, 2011

Los primos gemelos.

Tanto Z347 como Z349 giran alrededor de un planeta lejano. Este planeta tiene millones de nombres falsos y ninguno verdadero. En su superficie parece hervir la vida, como si las cosas se movieran por sí mismas. Z347 y Z349 contemplan la dinámica durante su inalterable recorrido.

Como Z347 y Z349, millones de cuerpos giran alrededor del planeta. Pueden ver las sombras de los otros proyectadas sobre nubes altas, distinguen en la lejanía destellos que los rayos de la estrella arrancan de la helada superficie de sus compañeros de viaje. A veces diría que gritan inútilmente: sin aire los demás no pueden oírlos.

Nadie lo ha medido con precisión desde el bullir colorista del manantial de sus cadenas pero, cada cuatro o cinco años, Z347 y Z349 se aproximan lo suficiente como para sentir una suerte de atracción, una presión invisible sobre sus carcasas de hielo; las grietas que abren en las placas las fuerzas de marea parecen ser la única prueba de esos encuentros desafortunados, condenados a la incomunicación, a la fugacidad; cada uno contempla impotente la partida del otro, viéndolo alejarse en silencio al doble de velocidad.

Tanto Z347 como Z349 son piezas del mecanismo del gran reloj que integra el universo. Sus agujas, desentendidas, dan una hora que nadie consulta. Una, dos piezas más -dos piezas menos-, no marcarían ninguna diferencia.

En primer curso de universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.

La soledad de los números primos. Paolo Giordano.

lunes, noviembre 01, 2010

¿Qué es lo que crees?


Es sabido por todos que a Mario no le gustan los niños. Le intimidan; ésa es justamente la palabra adecuada. Experimenté una oscura satisfacción dejándole a mi sobrino mientras me procuraba una caja de tabaco en el estanco que estaba al otro lado de la calle. Es imposible que haya escuchado la conversación, pero pude reconstruir una ficción que sin duda contará con la imaginación de los implicados.

-Mario, ¿tú en qué trabajas?

-Investigo, como tu madre. Los dos estamos en el mismo instituto.

-Sí, pero qué es lo que haces de verdad. Mamá mira ordenadores y cuenta partículas muy pequeñas.

-Bueno, yo… estudio las cosas que se ven en el cielo.

-¿Las estrellas, las galaxias y los planetas?

-Algo así.


En este punto –no puedo saberlo- Daniel utilizaría su recurso definitivo: esa mirada suya de azul celeste, un dardo de inmensidad que colma de agua océanos y mares. Predeciblemente Mario caería en la trampa.

-Estudio la primera luz del mundo, de todo, del Universo.

-¿De dónde viene la primera luz? –Preguntaría Daniel con las cejas enarcadas.

-Es más complicado… Lo que quiero decir es que esa luz no viene de una estrella, ni de un lugar determinado. Cuando se creó el Universo todo estaba muy junto, no había formas, todo se revolvía, hacía mucho calor, y sólo había pequeños granos, como las partículas que cuenta tu madre.

-Los quarks –aventuró.

-Algo así, como en una sopa hirviendo –eso pareció complacer al chiquillo, Mario dice que se animó-. Los granos de pasta se mezclan y giran con los trozos de verduras.

-Zanahoria.

-Zanahoria. Pero la cazuela se hace más grande y es más difícil calentar el agua, se va enfriando poco a poco. Y entonces los granos emiten luz. Muchos granos brillaron. Y como los granos lo ocupaban todo, la primera luz nos llega de todas partes.

-Es mentira.

-No, en serio. No la puedes ver porque es muy débil, viene desde muy lejos.

Daniel reprimiría un puchero, con el entrecejo fruncido. Dijo, parafraseando a su padre:

-A veces los adultos se pierden en fantasías, creen que Blancanieves existió de verdad.


Y os puedo asegurar que así es.

viernes, octubre 29, 2010

El mal uso de hachas en los frigoríficos.

Según la normativa RD 3099/77 del Reglamento para plantas e instalaciones frigoríficas, en el interior de toda cámara frigorífica, que pueda funcionar a temperaturas bajo cero o con atmósfera artificial, y junto a su puerta, se dispondrá de un hacha de bombero.


En el caso de que fallaran los dispositivos interiores de cierre, esta razonable medida podría ahorrar un disgusto a los familiares del operario que se quedara dentro de la cámara frigorífica justo después de que sus compañeros tomaran la reconfortante decisión de ir a tomar un café, ajenos a los gritos de desesperación.


Sin embargo, estas inocentes palabras recogidas en el Reglamento para plantas e instalaciones frigoríficas entrañan un terrible revés que ha sido objeto de controversia en no pocas ocasiones. Al parecer, la combinación de hachas, operarios y frigoríficos suscita oscuras pretensiones, obviando el hecho de que en locales de hostelería, mataderos o cualquier lugar que pueda albergar una cámara refrigeradora de estas características, pueda encontrarse toda una amplia gama de armas blancas. Vale la pena, por esta razón, buscar una alternativa menos explícita para el hacha de bombero, como un explosivo de baja potencia, que permita al operario abrir la puerta en caso de emergencia sin que su apariencia le incite a hacer daño a sus compañeros.


Vamos a analizar un supuesto en el que esta ocurrencia diabólica, que en condiciones normales no pasaría de ser un remanente fugaz de nuestro instinto cazador, se prolongue -bien por influencia de factores externos, bien por una desafortunada disfunción en la cabeza del sujeto- lo suficiente como para consumar un desastre. Debido a que durante todo este proceso es crucial el tiempo de reacción del operario, descartaremos que se desencadene en situaciones en las que corra peligro su propia vida a causa de un elemento inanimado –en esta situación un atasco en la puerta de la cámara frigorífica sería lo más probable y el hacha cumpliría su cometido a la perfección-, ya que se afanaría en su urgencia por salvar el pellejo y olvidaría cualquier otro impulso en un segundo plano. Nuestro sujeto cogería el arma homicida durante su acceso de locura y arremetería contra uno de sus compañeros en un momento en que nadie se percatara. Un buen golpe sería suficiente. Algo que se pudiera limpiar con facilidad. Arrojaría a su víctima al interior del frigorífico para terminar la faena y mataría dos pájaros de un tiro ocultando tanto el estropicio como el cadáver. De mantener estable el frenesí y tratarse de una persona hábil, podría repetir el proceso a lo largo de la mañana con todos sus compañeros. El tamaño típico de una cámara frigorífica de un establecimiento modesto puede alcanzar las dimensiones de una habitación. Suficiente para almacenar toda esa carne. Tratándose de hostelería, la forma más sencilla de deshacerse de los residuos es obvia. Sobre todo durante los primeros días de mes o en periodos de rebajas, cuando las familias acuden en masa y precisan darse un respiro consintiendo el capricho de sus hijos en una hamburguesería.


No pretendo recrudecer el asunto. Hasta aquí he descrito un ejemplo activo. Pero presentemos el caso pasivo que resulta, si cabe, más natural. Imaginémonos por un momento a nuestro operario reponiendo productos en el congelador. Sus compañeros, que son unos chicos muy graciosos, tienen la traviesa ocurrencia de cerrarle la puerta. Entre carcajadas mantienen la puerta más tiempo del recomendable y, en lugar de encontrarse la airada cara del novato cuando deciden abrir, tienen que hacer frente a un muchacho fuera de sí que tiene un hacha al alcance de la mano.


Se trata de una simple cuestión práctica que no entiendo cómo no se le ocurrió a nadie antes. Los explosivos, debidamente tratados y protegidos para que funcionen como se espera en el interior de un frigorífico, carecen del impacto visual de un hacha de bombero y no suscita impulsos inoportunos que podrían convertirse en la semilla de una desgracia mucho mayor que la que se pretende prevenir.

domingo, octubre 24, 2010

La peonza.

Mi vieja peonza oscilaba de costado ruidosamente sobre la madera del cajón. Todo se había parado de repente salvo aquel sonido. No había cuerda –guita, como la llamábamos-, sólo la punta metálica y la madera. La cogí en la mano. Nadie adivinaría que, cuando giraba, imitaba a las bandas de Júpiter. Los colores estaban notablemente pálidos. Una grieta que ya recordaba y la punta desgastada y oxidada. El tacto era áspero, la madera salpicada de estrías. La superficie pulida original había desaparecido bajo un manto de cicatrices. No podía dejarme engañar, no era un manto que se posara sobre ella, las marcas se habían grabado en ella; la fricción, los golpes, las puntas de otras peonzas habían dejado su rastro particular. Hacía mucho tiempo de aquello, pero quedaba constancia. Sin embargo, de la suavidad, de la simetría, de la perfección del torno, no quedaba nada.


jueves, agosto 19, 2010

La danza de Nerea.

La superficie del estanque se inquietaba bajo el leve roce de la brisa. Marta acostumbraba a dejarse llevar por la morriña cuando los reflejos de los focos, diluidos en las crestas donde el agua se enaltece, presentaban un panorama similar al de un firmamento efervescente. Parecía natural hervir el universo para que las estrellas subieran y bajaran, aparecieran y desaparecieran en profundidades insondables, donde pudieran contarse destellos y nadie registrara las pérdidas. Como esa noche contaba más pérdidas que destellos, no reparó para nada en su estofado de estrellas. Centraba su atención en su melena rizada, vehementemente vertida contra un mar de indiferencia sobre los hombros de su mono de neopreno. Pensó en la primera vez que había oído los aplausos bajo el agua, como un ritmo distante; el manantial de reconocimiento anónimo brotaba de la roca por efecto de la presión del entorno, de filtraciones, de imitación: motivos que, en cualquier caso, nada tenían que ver con ella.

Saltó.

Era el momento, reconoció el instante en la música y se lanzó al agua describiendo una media luna. Siempre se sentía sola en la primera inmersión, mientras un sinfín de burbujas moría sobre ella en busca de libertad. La realidad se desfiguraba ante sus ojos y conseguía la liviandad que nunca alcanzaba sobre la tierra. Supo que Nerea la rondaba por el habitual golpe de corriente y le dio apenas tiempo a girarse antes de notar su morro empujándole los pies. Todo pareció quebrarse cuando apareció en la superficie y le llovieron ovaciones desde la grada. Volvió a escaparse mientras una voz presentaba a sus compañeros por megafonía. Nerea dio varios giros rápidos antes de empujarla hasta el borde de la piscina, donde esperaba su recompensa en la forma de un puñado de arenques frescos. Ambas criaturas se complementaban y cimentaban un equilibrio que jamás habrían logrado por separado. Cualquier persona que las contemplara al margen de aclamaciones y risas, de algodones de azúcar y focos de colores, de niños y adultos exaltados, sería capaz de apreciar el milagro de dos seres unidos en un solo organismo, de la ambigüedad de los límites corporales y de la singularidad de un puente de voluntades simbióticas. Nerea adelantó velozmente a Marta y aguardó dando vueltas en el centro de la piscina, donde esperó a que su compañera saliera a la superficie e hiciera girar en alto su mano. Ambas giraron en armonía. Bailaban, se unían en un estado alterado de conciencia, en el frenesí de la noche; mientras otros delfines entregaban sus discordantes cantos al cielo y el auditorio claudicaba al paroxismo de aplausos desordenados.


sábado, abril 10, 2010

La musa canaria.

Reconozco haberla visto cuando llegué. Se mostró un poco esquiva, pero estoy seguro de que era ella. Escondía sus contornos entre la bruma, insinuándose fantasmagóricamente, incitándome, estimulando mi curiosidad, instándome a plantearme mi lugar, mi tamaño y mi importancia en el universo.

Desapareció sin más –sin advertencias, sin aclaraciones-, como visión de enajenado. Pasaron los días; días grises, estereotipados, indistinguibles unos de otros; sin poder hacer otra cosa sino admirarla, como recuerdo o, quizás, como producto imaginado. De vez en cuando elevaba mi mirada sobre los problemas mundanos, dirigiéndola al vacío, a aquel extraño horizonte imposiblemente alto, donde cielo y mar se confundían en un velo blanco, ciego y agobiante, que parecía alcanzarme en la distancia con un destello de nostalgia.

Los días se contaron por semanas, las semanas comenzaron a completar meses. La única hoja que se desprendió en marzo fue la del calendario, otra pendía de una fibra de esperanza, zarandeada por prematuros alisios. A mi alrededor la primavera estallaba desconsideradamente.

La perseverancia de esa hebra halló en una mañana de abril su recompensa cuando, con el efecto de una inyección de vitalidad, se dejó ver en la lejanía. Su aspecto era al mismo tiempo tranquilizadoramente familiar y sobrecogedoramente salvaje, exótico, inexplorado. Sus cumbres se perfilaban en oscuras líneas angulosas, emergían con rebeldía de un inconsistente mar de nubes aparentemente vertical. La neblina se prolongaba indefinidamente, usurpando al cielo su papel preeminente, ocupando la totalidad del mundo conocido. Un mundo vacío, colmado de blanca ausencia que giraba en torno a ella, única, excepcionalmente singular, que monopolizaba atenciones, pasiones y delirios. Por un momento comprendí todas esas viejas leyendas que figuran en tradiciones de pueblos costeros, inherentemente ligadas a puertos y a nombres de navíos; modeladas, reinventadas, en bocas de pescadores, taberneros, marineros y mozos soñadores; que tratan sobre islas misteriosas, intangibles, celadoras de secretos, que sólo se manifestaban a capricho, durante unas pocas horas, en diferentes coordenadas de un vasto e inabarcable océano.

lunes, enero 25, 2010

Alberto.

El mundo se basa en el compromiso y la incertidumbre, y un sitio así es demasiado complejo para que en él prosperen los héroes.


Génesis. Bernard Beckett.



-Tenías que haberla visto –dijo Alberto tomando su taza de café, pero pareció cambiar de opinión tras comprobar que aún estaba demasiado caliente.

-Te voy a decir lo que ocurrió. Has visto a una chica mona y te ha llamado la atención –Saúl torció su boca para lanzar una vaharada de humo hacia la mesa vacía que tenía a su derecha.

Alberto consideró un momento la respuesta mientras barría el local con la mirada, como buscando algo. La cucharilla repiqueteaba amortiguada en el café. Sea lo que fuera, no lo encontró. Había un hombre leyendo un periódico en la barra, medio escondido tras la lámpara de billar, y una pareja en la mesa del fondo que apenas hablaba. El camarero secaba mecánicamente unos vasos mientras se enfrascaba en uno de esos programas sensacionalistas que emiten a media tarde.

Su confidente era ocho años mayor que él y por eso era tan bueno. Lo ayudaba a mantener los pies en la tierra cuando debía y, también, a cometer las locuras que no se atrevió a consumar de joven cuando lo estimaba necesario. Por supuesto, esto último era desconocido por Alberto, que siempre se veía varios escalones por debajo de su amigo y tenía la sensación de estar desperdiciando su tiempo. Por eso, cuando se decidió a hablar todavía sospechaba que iba a soltar una bobada.

-No creo que fuera mera atracción. Ni siquiera me acuerdo de su cara.

-A veces nuestra cabeza descarta las causas y atesora los efectos. Es una manera de allanar el terrero a la imaginación, para que pueda mitificar los factores que en un análisis crítico descartarían el beneficio neto de la situación. Créeme que sin esos inhibidores nos habríamos extinguido hace tiempo.

El humor de Saúl era un camino tortuoso que remontaba cumbres y exploraba valles. Había días en los que apenas hablaba, convirtiéndose en el cómplice perfecto, y días en los que se mostraba particularmente inspirado y obsequiaba a los demás con perlas como aquélla. Alberto no se dejó amedrentar y continuó con su argumentación, que había brotado como torrente incontrolado.

-¡Pero me sentí mal! Tenías que haber estado allí. Ver a aquella chica tirada en el suelo, llorando y esforzándose por respirar; y no poder hacer nada. Parecía tan vulnerable, tan desamparada. Tenía un efecto demoledor.

-Eso también está programado en nuestros genes. Se llama instinto de protección. Si hubieras visto a un chaval de tu edad en la misma situación, el efecto no se habría magnificado. Después de todo, es normal sentirse impotente, aunque sea por identificación o por humanidad.

-Puede ser. Pero esa chica me hizo ver una realidad frente a la que no me puedo quedar impasible. Siento que tengo que hacer algo.

-¿Y qué quieres hacer? –Preguntó Saúl fingiendo sorpresa con las cejas-. ¿Irías al hospital a visitarla? ¿Estudiarías durante años para descubrir los oscuros detonantes de las neurosis? Recuerda que eres un desconocido, y tampoco sabes nada de ella.

Por un momento, Alberto se tragó su ira. El sarcasmo de su amigo estaba haciendo efecto.

-Pero, ¿y si todos pensáramos igual? –Inquirió alentado por la última iluminación-. ¿Y si nadie reparara en los problemas de la gente por miedo a ser rechazados? ¿Y si prefiriéramos seguir siendo desconocidos a tener que hacer algo costoso por alguien que nos importa?

-Simplemente crees que necesita ayuda. En el fondo estás viendo a esa chica como a una criatura diferente, desamparada y sola en un mundo de seres superiores, o lo suficientemente fuertes como para hacerle daño. Te dejas llevar por las emociones que te inspira y te olvidas de lo más importante: te olvidas de la propia chica. Que seguramente haya tenido que pasar por más dificultades que nosotros y esté preparada con muchos más recursos. Sentir pena por ella sería el mayor insulto, dadas las circunstancias. Y sólo serviría para hacer daño.

-Pero no es pena, es disposición. Es buena voluntad. Humanidad. Tenemos que ayudarnos unos a otros.

-Berto –interrumpió Saúl mirándole a los ojos-, todos tenemos problemas. Absolutamente todos. Y es normal que nos ayudemos entre nosotros. Entre amigos, entre familiares, incluso entre conocidos. Pero sentir ese tipo de proteccionismo hacia desconocidos no es sano. No eres uno de los suyos y ofrecerse como salvador no es una buena forma de entrar en la vida de nadie, porque nunca estarás a la altura. Simplemente no es tu guerra –y añadió, divertido-: no puedes participar en todas o acabarás destrozado.

Alberto terminó su café y se acercó a la mesa de billar. Ganaría al menos sobre el tapete.