Como seguramente la mayoría de nosotros estemos saturados de leer noticias descorazonadoras, de tolerar opiniones que rozan el límite de la racionalidad o de oír contar sucesos que ponen a uno de mal humor, quisiera aportar la guinda dulce del día homenajeando a todas esas personas anónimas que, sin una razón interesada que mueva sus actos, consiguen alegrarte lo que queda de tarde. Hablo, por supuesto, de encuentros fortuitos o conversaciones imprevistas que logran arrancarte una sonrisa bajo la lluvia. No me cabe duda de que todos reconocemos esas sonrisas que se avergüenzan casi inmediatamente, tras materializarse –y no necesariamente en la cara-, al darse cuenta de su actitud infantil negándose a dejarse ver por sí solas, siendo reacias a cruzar los puentes tendidos por manos conocidas, para ser seducidas ingenuamente por un sendero ignorado, traicionadas por la espontaneidad del desconcierto.
Todo esto viene porque hoy me he acordado de una chica que me encontró, el último día que estuve en Roma, apoyado contra mi enorme maleta esperando al autobús. Tras dos meses y medio de relativa introspección aseguro que sorprende sobremanera que alguien se te acerque y te pregunte sencillamente qué haces allí, te recomiende esperar otra línea de autobús y se ofrezca a acompañarte y te dé conversación. Es más que probable que no volvamos a vernos nunca -se llamaba Silvia, o Silvana, no recuerdo bien; y entendí que investigaba una confusa relación entre el ARN y el cáncer de próstata-: ni nos reconoceríamos, ni falta que hace. Nos despedimos con un apretón de manos, recordándonos los nombres (con fatal resultado por mi parte como habéis visto), y deseos de buona fortuna. Había dejado la residencia con una amarga sensación de fugacidad y cogí el metro en Anagnina con una ingenua sonrisa; tratando de no olvidar de nuevo que las cosas que escapan a nuestro control siguen siendo mayoría.
Un sitio donde perderse divagando sobre temas tan dispares como ciencia y literatura, combinación que nos conduce indefectiblemente al género de Ciencia Ficción.
lunes, febrero 06, 2012
Traicionadas por la espontaneidad del desconcierto.
lunes, noviembre 14, 2011
Mi incondicional.
Abrazaba mi mochila bajo el manto gris de noviembre. Las casas se desparramaban por el rabillo del ojo, confundiéndose con los reflejos del cristal. Algunas personas caminaban por las calles y no parecían especialmente alegres. Casi sentí curiosidad por el lugar, aquella molesta parada que siempre retrasaba mi llegada al aeropuerto. No tenía prisa esta vez, Barcelona no se movería de su sitio por mucho tiempo y el avión no despegaría hasta dos horas después. De repente me di cuenta de que había olvidado meter una toalla. Reparé en la mochila, que iba medio vacía y parecía un poco sucia. Silenciosa entre mis piernas se me ocurrió que pudiera estar cansada. Durante los últimos dos meses la he llevado a la espalda casi a diario. Durante los últimos siete u ocho años me ha hecho un servicio inestimable. Nadie imaginaba el día que la compré por menos de veinte euros en Oviedo que se convertiría en mi inseparable compañera de fatigas; que sufriría tirones, la lluvia, sobrepeso, el persistente asedio de la arena, las olas de calor, el humo de los bares –cuando aún se podía fumar-, partidas inesperadas, el polvo del camino, un sinfín de madrugones, sin lanzar apenas el más modesto de los quejidos cuando la levantaba del suelo, o la llenaba precipitadamente, o la dejaba caer contra la firmeza de un asiento de autobús; que llevaría ropa, libros, ordenadores portátiles o comida, sin el más mínimo remilgo; que vigilaría mi espalda en Varsovia, en Madrid, en Londres, en Ginebra, en Ámsterdam, en Praga, en Bratislava, en Valencia, en Budapest, en Granada o en Berlín; que sería mi concha en interraíles, mi almohada de aeropuertos, mi avituallamiento en la montaña; que sostendría toallas mientras se secaran, que estrecharía con fuerza mi saco de dormir cuando no me hiciese falta; que esperaría resignada en la playa cuando me zambullera en los tirabuzones del mar; que regatearía conmigo en los mercadillos de la India; que subiría en mis hombros al púlpito de los fiordos; que no renunciaría, ni en el túnel de un acelerador de partículas, ni en el cráter de un volcán a más de tres mil setecientos metros de altitud; que exploraría conmigo Marte Verde. Que conocería mi fatiga y mi interés, todas las fronteras, el entramado de calles de las ciudades; todos los regalos, los dormitorios, las compañías. Que se convertiría, en definitiva, en mi cómplice leal, en mi incondicional.
domingo, octubre 23, 2011
Cómo conocer a un luxemburgués.
Los que me leéis a menudo sabéis que rehúso contar episodios literales de mi vida privada en este blog. Hoy voy a hacer una excepción a ese precepto.
La noche cae sobre la ciudad un sábado de octubre y busco un lugar para cenar. Como todavía no hace demasiado frío, me siento en una terraza. Al principio casi no hay gente en las otras mesas. Colocan una copa de vino espumoso sobre el mantel rojo mientras ojeo la carta; los sabores de Roma condensados en apenas tres páginas. Por el momento he localizado a tres mujeres españolas en una mesa contigua. Fiel a los consejos de mi amigo Álvaro, decido pasar desapercibido.
Estoy dando cuenta de un entrante de bacalao cuando un par de personajes ocupan la mesa a mi derecha. Son dos hombres. El primero habrá pasado los cincuenta hace algunos años, el segundo los sesenta. El primero es un boceras, el segundo está completamente sordo. El primero invierte tres intentos en hacer entender a su compañero que va a pedir berenjena gratinada con parmesano. Pidió dos platos iguales, junto con una focaccia, una botella de agua y una jarra de vino tinto.
Al poco rato dos hombres ocupan la mesa a mi izquierda. Rozarán la cuarentena. Hablan entre ellos, juraría que en italiano. En un momento determinado cambian al francés, tras algún reconocimiento con el camarero. Dos mujeres con un niño y una niña ocupan la mesa que tengo detrás. Hablan castellano entre ellas e italiano con los niños.
Al poco rato uno de los hombres de la mesa a mi izquierda se levanta para ir al baño. Llega el camarero y coloca sobre mi mesa utensilios para un regimiento de la marina: una copa de vino, una botella de aceite, una de vinagre, el molinillo de pimienta y el salero. El tío que queda en la mesa a mi izquierda rompe a reír. Yo me uno. Me pregunta si soy italiano. Claro que no, le digo que soy español. Él me dice que no sabe español. Aquí decido pasar al inglés, porque no me desenvuelvo en italiano. Él es luxemburgués, le encantan los idiomas y vive en un lugar privilegiado donde la aprehensión de otras lenguas es un imperativo. Pregunto por su lengua materna, la asocio inexplicablemente al francés. No, me dice, en su casa habla luxemburgués. No es una lengua claro, es un dialecto. Doy muestras de mi desconocimiento. Me intereso por las lenguas que estudian desde niños. Alemán como primera lengua extranjera, al parecer; seguida del francés, y como tercera opción el inglés. Yo le intento explicar que en España se estudia gramática inglesa durante doce años sin que nadie sepa realmente hablar inglés. Parece no entenderme y no lo culpo. Para él hablar otras lenguas es una predisposición: sólo tienes que ir a un lugar y ¡hablar con la gente! Soy incapaz de rebatirlo, pero no me puedo quitar de la cabeza que algo va mal en mi país. Entretanto llega su compañero. Intercambian algunas palabras en francés con el camarero. Adoptan esta lengua para su conversación. Intento captar el sentido de la conversación. El camarero es de origen rumano y estuvo trabajando una larga temporada en París. El luxemburgués vuelve sobre mí, me dice que está en Roma durante una semana por motivos laborales. Una semana está bien, prosigue, aunque hace unos meses tuvo que permanecer en la ciudad durante tres semanas y le parece demasiado tiempo. No quiere estar lejos de su familia mucho tiempo. Yo le explico que estoy en la ciudad durante dos meses y medio con motivo de una estancia de doctorado y que me dedico a investigar en cosmología. Parece interesado. Me presenta a su amigo. Es portugués y entiende el francés pero no el inglés, pero puedo hablarle en castellano. Intercambio un par de frases con él. Me interrumpe el estallido del boceras que tengo a mi derecha. Si se me permite una traducción libre del italiano, viene a decir algo como: ¡pero qué coño pasa aquí, cada uno habla una jodida lengua distinta! Evidentemente nos reímos. Las tres mujeres españolas nos toman a todos por españoles. Les explico la situación y me sonsacan mis orígenes asturianos. Ellas me comunican ansiosas que son del País Vasco.
Aquello se convierte por un momento en lo inverso a la Torre de Babel: aunque todo el mundo habla una lengua diferente, todos nos hacemos entender de alguna forma.
lunes, agosto 01, 2011
Cerrado por vacaciones.
De haber llegado por fin el momento de desconectar, lo haría en un lugar en el que uno pudiera perderse entre nuraghi e imaginarse pastor o guerrero de una época lejana en la que ya los hombres sangraban por sinrazones; un lugar donde uno pudiese sentarse en la montura del diablo y cabalgar sobre aguas turquesas del Mediterráneo, y a su espalda su estela cercenara edades y corrientes para morir delicadamente, escorando veleros de una flota fenicia; donde uno pudiera poner a prueba su paladar comiendo fregula, deleitándose con un plato de culurgiones rellenos con queso y menta fresca, de suppa cuata o de favata; donde uno pudiese sumirse en el atardecer con un buen cannonau y una tabla de quesos locales. Hoy he venido a dar un poco de envidia, porque ese momento ha llegado: nos leemos a la vuelta de Cerdeña.
domingo, abril 10, 2011
Un año después.
Me habían advertido sobre el café. Como uno no escarmienta en barbas ajenas, he pedido uno después de comer. Después de todo, estaba en un restaurante italiano. Los italianos siempre alardean de su café. En esta ocasión, ni siquiera su buen hacer pudo evitar el desastre. Huele como a café, pero tiene un sabor peculiar, salado y desagradable. Pero aún cuando mostré mi primera mueca supe que consumiría varios litros de aquel caldo durante los dos meses y medio que duraría mi estancia. El café no es la única víctima de las propiedades del agua corriente de las islas. Mi piel huele diferente tras la ducha de esta mañana. Me recuerda al olor del bronceador, al olor del verano.
Me desperté a media mañana. La luz entraba a través de la ventana del baño y cobraba forma de prisma en la esquina superior de la puerta entreabierta. Me quedé un rato tumbado, escuchando el trinar de los pájaros, saboreando la tranquilidad. Se oía el agua de la ducha de uno de mis vecinos. Era fácil cerrar los ojos y mezclarlo todo con el recuerdo de la vegetación que había detrás de la persiana –arbustos y palmeras- para imaginar aves exóticas volando entre las ramas, bebiendo la humedad recogida en los nervios de hojas del tamaño de un automóvil.
Hoy era día de reconocimiento. De establecer mi posición y la posición de los principales lugares a los que acudiré en lo sucesivo: el Instituto, el centro de La Laguna, la parada de guaguas. Descubrí que el sitio donde me procuré la cena ayer no era La Laguna propiamente dicha, sino Finca España. Veo el mar desde algunos puntos abiertos, y parece subir más allá de lo que el horizonte permitiría. Al principio me llamó, el viento ladeaba las palmeras más altas y traía consigo cantos de sirenas. Sabía que era el sentido equivocado, que debería dirigirme hacia el interior, pero caminé un rato sin rumbo, de cara al mar. Pasé por un barrio de las afueras, algunas parcelas parecían llevar varios años vacías, abandonadas sin más ante el avance de la maleza, los efectos del salitre y las inclemencias atmosféricas. Algunos jóvenes habían utilizado sus muros como lienzos. Un dragón verde rodeaba unas iniciales que parecían salir de los bloques de hormigón. Más allá, una mano más humilde había reproducido los manidos versos: Podrán arrancar las flores, pero no podrán detener la primavera.
Cuando alcancé las calles del centro de La Laguna, quise perderme en ellas. Recorrí varias manzanas a paso ligero, girando aleatoriamente. Luego seguí caminando, más despacio, abstrayéndome, pensando en lo extrañas que parecían las casas, de apenas cuatro plantas y muchas de ellas sin tejado, que recordaban remotamente a la arquitectura morisca; en lo peculiares que resultaban las calles, tan largas y rectas, confinadas entre edificios tan bajos. Logré la sensación, pero apenas lo conseguí. Con esa disposición en cuadrícula, enseguida encontraba referencias.
Volviendo a la residencia me subí a la azotea del museo de la Ciencia y el Cosmos. Es un lugar sensacional desde donde, contemplar el contraste entre las casas, el mar y las montañas, hacía detenerse al tiempo. Desde allí advertí por primera vez la silueta que se recortaba sobre el horizonte, difuminada por la neblina. Parece otra isla, Gran Canaria quizá, si no parte de la misma Tenerife. Todavía no me he acostumbrado a las dimensiones de la isla. Cuando te cansas de mirar a lo lejos te recreas en la antena que han montado en la misma plaza y en el singular efecto que supone su presencia sobre el resto de elementos del paisaje, ya de por sí variados. En el interior de la parabólica han dibujado un mapa de la Luna. Si la iluminaran por la noche, La Laguna podría llegar a tener dos lunas.
Al regresar a la habitación el cansancio me invadió. No era la falta de sueño lo que acusaba en esta ocasión. Los instantes fueron sucediéndose sin medida, acumulándose, compactándose, y ahora ese bloque recaía sobre mí con todo su peso. Es imposible, inconcebible, pero estoy en el archipiélago canario, en la placa continental africana. Llegué volando desde Madrid, como un ave migratoria en fechas equivocadas, volando durante casi tres horas. Estoy en un sitio totalmente nuevo para mí, donde no conozco a nadie. Y no puedo pasar por alto la idea de que, si de repente desapareciera, nadie se daría cuenta.
Me había tumbado sobre la cama, asombrándome de lo que ocurría, abandonándome a la futilidad, cuando mi teléfono móvil comenzó a volverse loco en todo el espectro de los sentidos. Sonaba, se iluminaba y vibraba al mismo tiempo. En la pantalla aparecía el nombre de S. Quería saber cómo estaba, cuándo había llegado, qué estaba haciendo allí. Después de todo, alguien se daría cuenta. Apenas nos oíamos, porque la cobertura dentro del edificio es muy mala, y finalmente se cortó. Decidí salir fuera para llamarlo. Me puse la chaqueta, cogí las llaves y me lancé al pasillo. Al salir del edificio casi tropiezo con dos chicos. Me saludaron y me miraron con curiosidad. Uno de ellos me preguntó si era nuevo. Al parecer, aquí todos se conocen. Aproveché la coyuntura para preguntarles sobre el transporte, la comida y la WI-FI. El primero no parecía un problema, había una guagua universitaria. El comedor llevaba años cerrado y parecía estar bien así, a juzgar por cómo lo recordaba uno de los chicos. Para navegar por Internet había que entrar en el edificio de servicios comunes. La gente, además, parecía moverse bastante. Tenían programada una excursión al Teide, y por lo visto realizaban acampadas periódicas por distintos lugares de la isla. Adivinaron mi acento a la primera: eres asturiano. Uno siente un extraño regocijo al ser identificado desde tan lejos.
jueves, agosto 19, 2010
La danza de Nerea.
La superficie del estanque se inquietaba bajo el leve roce de la brisa. Marta acostumbraba a dejarse llevar por la morriña cuando los reflejos de los focos, diluidos en las crestas donde el agua se enaltece, presentaban un panorama similar al de un firmamento efervescente. Parecía natural hervir el universo para que las estrellas subieran y bajaran, aparecieran y desaparecieran en profundidades insondables, donde pudieran contarse destellos y nadie registrara las pérdidas. Como esa noche contaba más pérdidas que destellos, no reparó para nada en su estofado de estrellas. Centraba su atención en su melena rizada, vehementemente vertida contra un mar de indiferencia sobre los hombros de su mono de neopreno. Pensó en la primera vez que había oído los aplausos bajo el agua, como un ritmo distante; el manantial de reconocimiento anónimo brotaba de la roca por efecto de la presión del entorno, de filtraciones, de imitación: motivos que, en cualquier caso, nada tenían que ver con ella.
Saltó.
Era el momento, reconoció el instante en la música y se lanzó al agua describiendo una media luna. Siempre se sentía sola en la primera inmersión, mientras un sinfín de burbujas moría sobre ella en busca de libertad. La realidad se desfiguraba ante sus ojos y conseguía la liviandad que nunca alcanzaba sobre la tierra. Supo que Nerea la rondaba por el habitual golpe de corriente y le dio apenas tiempo a girarse antes de notar su morro empujándole los pies. Todo pareció quebrarse cuando apareció en la superficie y le llovieron ovaciones desde la grada. Volvió a escaparse mientras una voz presentaba a sus compañeros por megafonía. Nerea dio varios giros rápidos antes de empujarla hasta el borde de la piscina, donde esperaba su recompensa en la forma de un puñado de arenques frescos. Ambas criaturas se complementaban y cimentaban un equilibrio que jamás habrían logrado por separado. Cualquier persona que las contemplara al margen de aclamaciones y risas, de algodones de azúcar y focos de colores, de niños y adultos exaltados, sería capaz de apreciar el milagro de dos seres unidos en un solo organismo, de la ambigüedad de los límites corporales y de la singularidad de un puente de voluntades simbióticas. Nerea adelantó velozmente a Marta y aguardó dando vueltas en el centro de la piscina, donde esperó a que su compañera saliera a la superficie e hiciera girar en alto su mano. Ambas giraron en armonía. Bailaban, se unían en un estado alterado de conciencia, en el frenesí de la noche; mientras otros delfines entregaban sus discordantes cantos al cielo y el auditorio claudicaba al paroxismo de aplausos desordenados.
jueves, julio 15, 2010
Próxima parada...
Una vez más he echado a rodar el globo terráqueo y lo he parado con el dedo. Durante los últimos años me recreaba en la metáfora de manera ingenua, si acaso con una versión reducida del mundo, parecida al mundo conocido en
El hambre de ver con claridad es lo que lleva a las personas a viajar a lugares extraños.
Mis recuerdos. Rabindranath Tagore.
Evidentemente soy un ignorante respecto a
Nos leemos a la vuelta.
sábado, abril 10, 2010
La musa canaria.
Desapareció sin más –sin advertencias, sin aclaraciones-, como visión de enajenado. Pasaron los días; días grises, estereotipados, indistinguibles unos de otros; sin poder hacer otra cosa sino admirarla, como recuerdo o, quizás, como producto imaginado. De vez en cuando elevaba mi mirada sobre los problemas mundanos, dirigiéndola al vacío, a aquel extraño horizonte imposiblemente alto, donde cielo y mar se confundían en un velo blanco, ciego y agobiante, que parecía alcanzarme en la distancia con un destello de nostalgia.
miércoles, agosto 06, 2008
De vuelta.
Os dejo con la canción que, sin haberla escuchado, Murakami me impuso como banda sonora durante estos días.
Norwegian Wood
I once had a girl, or should I say, she once had me...
She showed me her room, isn't it good, norwegian wood?
She asked me to stay and she told me to sit anywhere,
So I looked around and I noticed there wasn't a chair.
I sat on a rug, biding my time, drinking her wine
We talked until two and then she said, "It's time for bed"
She told me she worked in the morning and started to laugh.
I told her I didn't and crawled off to sleep in the bath
And when I awoke, I was alone, this bird had flown
So I lit a fire, isn't it good, norwegian wood.
miércoles, julio 23, 2008
lunes, noviembre 12, 2007
Welcome to your fucked country. Your holidays have ended.
La primera se trata de una captura del momento en que los dinosaurios avanzaron implacablemente por las calles de Frankfurt, devorando gente y demoliendo rascacielos.
lunes, noviembre 05, 2007
lunes, julio 30, 2007
El chakra de Cracovia.
En la colina de Wawel, junto al palacio real, se alza la catedral que alberga la cripta de san Stanislav. Una amalgama de capillas de estilos posteriores se han añadido a la nave principal, entre las que destaca la cúpula dorada de la capilla de Segismundo. Es en realidad la tercera iglesia construida en el lugar. Se cree que el centro de chakra reside en lo que fue el centro del presbiterio de la primera iglesia —consagrada a San Gereón—, de la que hoy sólo se conserva parte de los cimientos, a los que no se permite el acceso al público.
La energía de este punto se encargaría de proteger la ciudad de los desastres, hay quien atribuye a la piedra el librar a la ciudad de los devastadores efectos de la Segunda Guerra Mundial.Hasta el siglo pasado las autoridades polacas desconocían por completo esta leyenda. Es de suponer que tampoco tuvieran conocimiento los reyes que habitaron en la colina y aún así el lugar llegó a cobrar gran relevancia como símbolo de fuerza y carácter espiritual en tiempos en que Polonia no existía como tal.
Se cuenta que un viajero hindú llegó al lugar en los años veinte y se interesó por los restos de la iglesia de San Gereón. A esta primera visita siguieron muchos peregrinos que acudían al lugar a meditar. Aunque la verdadera sorpresa llegó con la solicitud de una delegación del gobierno hindú dirigida por el primer ministro para acudir a las ruinas en visita oficial sin ser interferidos por extraños.
Tras una esotérica investigación del lugar se han publicado resultados que afirman la existencia de tal concentración de energía en el lugar, pero la administración sigue negando su existencia.

