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miércoles, septiembre 29, 2010

Ecologistas espaciales.

Fue con el anuncio de la nueva embajadora de Naciones Unidas para el Espacio en los telediarios que reflexioné sobre si debíamos hacer lo propio en el planeta rojo. Pero lo que me llamó la atención, más allá de la extravagancia del cargo en un momento en que muchos otros campos están sufriendo recortes, es la preocupación por lo que pueda ocurrir más allá de las fronteras de la Tierra. Algo pude intuir el año pasado, cuando asistí a una charla en la facultad de derecho, dentro del ciclo Una universidad, un Universo, donde se señaló la necesidad de cubrir legalmente los protocolos de actuación en el espacio y lo lenta que avanzaba la iniciativa europea. Sorprendentemente el enfoque de la picapleitos me interesó bastante y me dejó entrever una dimensión de aspectos –y sobre todo problemas, montañas de problemas- del asunto en los que, en el mejor de los casos, sólo había pensado vagamente.


Hace unas dos semanas se celebró en Madrid la IX Reunión Científica de la Sociedad Española de Astronomía y, entre muchas otras ponencias interesantes, tuve la suerte de asistir a una charla sobre la iniciativa Geoética. Llevada a cabo por un grupo de investigadores españoles de diversos centros y universidades, y respaldada por la Asociación de Geociéntíficos para el Desarrollo Internacional (AGID), pretende casi presentar o, al menos, hacer hincapié en dos conceptos que ya en Marte alimentaron debates desde el primer día: la geoética y la geodiversidad. La geoética, como indica su etimología, pretende abordar los aspectos científicos y sociales de la vinculación entre ética y geología. La geodiversidad ha sido propuesta en analogía con la biodiversidad. En esta línea, las políticas de protección planetaria buscan poner medios para evitar la contaminación biológica entre mundos –como en la propia Tierra, los organismos externos al ecosistema son potencialmente peligrosos por tener un efecto desestabilizador; en este caso ni siquiera se sabe si hay vida, lo que presenta una importante limitación a la hora de predecir consecuencias futuras- e imponer las medidas oportunas para que las naves espaciales no transporten visitantes indeseados tanto a la ida como a la vuelta. En paralelo, se comienzan a considerar los aspectos geoéticos, como la preservación de espacios o parques naturales en otros cuerpos del Sistema Solar o la preferencia por procedimientos de investigación menos invasivos. En concreto, estrellar una sonda contra la Luna para estudiar su composición no constituiría una de las alternativas más atractivas; y de no haber otra opción viable –la limitación económica suele jugar un papel fundamental- debería elegirse una región de poca importancia geológica (personalmente no acabo de entender del todo este punto) como lugar de impacto.


Cuando comenté todo esto con un amigo –de ahí el título de la entrada-, señaló que hablaba de ecologistas espaciales. ¿Cuántas áreas culturales acabarán por extender su influencia hasta el espacio exterior?

jueves, julio 15, 2010

Próxima parada...


Una vez más he echado a rodar el globo terráqueo y lo he parado con el dedo. Durante los últimos años me recreaba en la metáfora de manera ingenua, si acaso con una versión reducida del mundo, parecida al mundo conocido en la Antigüedad; más exigua todavía. Ésta es la primera vez que la experimento plenamente, pues el dedo no ha caído en Europa sino que ha decidido frenar el giro nada más y nada menos que en el sur de la India.




El hambre de ver con claridad es lo que lleva a las personas a viajar a lugares extraños.


Mis recuerdos. Rabindranath Tagore.


Evidentemente soy un ignorante respecto a la India. Todo lo que he leído –a excepción de lo citado- han sido referencias académicas del sistema de castas o de su religión. La mayor parte de las cosas que vea me sorprenderán y algunas me chocarán patentemente. De nada me servirá la interpretación materialista que Marvin Harris hizo del tabú de la vaca, ni la descripción de Louis Dumont de la sociedad india para ilustrar su holismo, cuando llegue a Bangalore. La vida, afortunadamente, adquirirá un sinfín de dimensiones y no se reducirá al ahimsa, al samsara y al karman. Así que es una oportunidad perfecta para, además de aprender astroestadística y de disfrutar de mi estancia en el observatorio de Vainu Bappu, tratar de absorber todas las impresiones que pueda, para macerarlas en mi interior a lo largo de los años.


Nos leemos a la vuelta.

viernes, marzo 26, 2010

Dos preguntas para futuros investigadores.

Hace unos días, mientras tomaba cerveza con un colega, me dio por recordar mi incursión a Santander hace casi dos años. Retrospectivamente cualquier episodio tiene una lectura diferente y éste no sería una excepción. Le dije a mi colega que podría reducir toda la entrevista a dos puntos.

Cuando uno sale de la facultad es consciente de no estar preparado para nada. Teme no estar a la altura y se encuentra sobrevalorado. Tarda bastante en acostumbrarse a la comprensión de los demás y se sorprende agradablemente cuando le dicen que está en periodo de aprender, que todos han pasado por esto, que tiene derecho a equivocarse. En cierto momento de aquella primera conversación me preguntaron qué tal se me daba manejarme con ordenadores, que si tenía nociones de programación. Por aquel entonces sólo pude recurrir al nombre de una asignatura cuatrimestral que había cursado cuatro años antes y llevaba por título Introducción a la Informática. Nos habían explicado cosas de Excel, dimos los primeros pasos con MATLAB y escribimos el programa de "Hola mundo" y un bucle que calculaba factoriales de números naturales en lenguaje C. Era ridículo. Lo cierto era que tenía una ligera idea de lo que suponía, no programar, pero sí escribir un código que me permitiera realizar cálculos. De todas maneras, aquella gente usaba FORTRAN y yo jamás había visto una línea de código en FORTRAN. Lo único que podía servirme era esa idea, casi una intuición, de cómo había que fragmentar el problema hasta reducirlo a sentencias básicas, claras, taxativas. Podía imaginarme una lista interminable de manuales de FORTRAN en el catálogo de la biblioteca. No sabía nada, pero podía aprender.

Hoy sé que tras esa alusión a mis habilidades informáticas se encontraba uno de los principales puntos sobre los que debería reflexionar cualquier persona que tenga en mente dedicarse a la investigación. Probablemente la pregunta carecía de toda intención al respecto, pero sería en tal caso una referencia inconsciente. La cuestión se podría sencillamente plantear en los siguientes términos: ¿hasta dónde llega tu curiosidad? Seguramente pensemos que todos tenemos curiosidad, que la diferencia estriba en los temas que despiertan nuestro interés, pero hay otra diferencia importante, relativa a su intensidad. Podemos encontrar un artículo sobre vulcanismo en una revista y prestarle unos instantes de atención en el sillón de espera de la peluquería, podemos parar el tenedor a medio camino cuando emiten una noticia sobre la actividad reciente del Etna, podemos introducir despreocupadamente “erupción del Krakatoa” en cualquier motor de búsqueda y leer someramente la información recogida en las tres primeras opciones. Comprar una revista especializada implicaría dar un paso más allá. Superar la pasividad informativa implica buscar fuentes, cotejar referencias, confrontar opiniones. Implica la construcción de una opinión propia a partir de la pluralidad de influencias. El investigador tendrá que dar un paso más allá, convertirá su curiosidad en una obsesión, o al menos, si su sobriedad emocional no tolera la obsesión, en un motor de trabajo. Ha de ser capaz de consagrar mucho tiempo a un problema, a un proyecto difuso, y estar dispuesto a buscar los medios que le permitan abordarlo, con mayor o menor pericia, pero abordarlo al fin y al cabo. Afortunadamente no estará solo. Hoy en día la ciencia es más un modo de vida que una profesión, es un fenómeno social que sucede en forma de interacciones en eventos internacionales. Lo que saca a colación el segundo aspecto de esta reflexión.

El otro comentario a resaltar llevó la movilidad al primer plano del escenario. Debía ser consciente de que en este mundillo se viaja bastante, y sería importante que no tuviera problema con ello. Mucha gente alza la voz desde la butaca de su casa, qué envidia, qué vidorra que os pegáis. Yo estaba acostumbrado a viajar, durante una o dos semanas, conocer varias ciudades, recorrer mundo con una mochila a la espalda, con la seguridad de vivir un paréntesis, de volver a mi casa, con mi gente y con mi vida. Ahora jugamos en otra liga. Se trata de asumir el apartado del currículum donde suele escribirse: carnet de conducir tipo B, disponibilidad para viajar; hasta las últimas consecuencias, radicalizándolo. Jamás cobró tanta importancia como ahora. La carrera de investigador exige tu vida, ya lo he comentado antes, impone hábitos, ritmos particulares. No eres realmente consciente hasta el momento en que enciendes por primera vez tu ordenador portátil en el interior de un avión. Los congresos, las estancias breves, las colaboraciones, no son mayor problema. Paréntesis de varios días, varias semanas o varios meses; llevados con despreocupación, amparado en la misma seguridad de regreso que sentías durante tus vacaciones en Budapest. Pero ya con cierta sospecha, con la intuición de que algunos lugares, aunque se vuelvan a pisar, se dejan definitivamente; con la certeza de que, con bastante frecuencia, tendrás que volver a empezar.

Expuesto de esta manera podría parecer que describo un panorama desolador pero, para evitar malinterpretaciones, diré que la gente lo hace voluntariamente. Algo muy evidente, que puede llegar a olvidarse. Los investigadores, sorprendentemente –lo digo yo, que conozco a algunos-, forman parte de la humanidad. Se guían por los mismos intereses, las mismas pasiones, que todos los demás. No son mártires, no regalan su tiempo, no entregan sus vidas al bien común. Por lo general, están conformes con el tipo de vida que llevan, y ganan dinero por hacer su trabajo. Desconfiad, porque algo bueno sacarán de todo esto.

miércoles, diciembre 02, 2009

Generación Peter Pan.

Existe una tendencia, extensamente avalada, a asignar etiquetas en los medios de comunicación a modo de golosinas sobre las que centrar nuestro interés. Uno de los últimos productos que nos ha ofrecido esta práctica es el término de generación ni-ni. Para los que no lo hayan oído, decir que se trata de una expresión magnánimamente acuñada al colectivo de jóvenes españoles que ni estudian, ni trabajan. Cuando nos hablan de la generación ni-ni, suelen presentarse datos estadísticos preocupantes y se intenta acercar al receptor de la noticia a la verdadera tragedia mostrando fotos o grabaciones de grupos de jóvenes sentados en un banco del parque en plena mañana laboral. El perfil suele ser el de un sujeto situado entre los dieciocho y treinta y tantos años, con buena formación académica y, evidentemente, desempleado. Una imagen de potencial desaprovechado, de víctimas del desequilibrio del balance de la oferta y la demanda, en la que se pretende profundizar buscando causas y soluciones. Los testimonios de los entrevistados son desgarradores. Revelan jóvenes frustrados y desilusionados con la vida, que no se sienten valorados por una sociedad en crisis económica cuyos efectos no hacen más que intensificar su situación de desahucio. En algunos casos, se acompañan de intervenciones de sus progenitores, comprensivos con el abatimiento de sus hijos, donde se esgrimen argumentos de precariedad salarial, de prohibición de la vivienda o de inestabilidad.


Sin ánimo de desmerecer el drama, las causas apuntan en otra dirección. Muchos de los miembros de la generación de nuestros abuelos, de la de nuestros padres quizá, no dispusieron de un respaldo económico sólido. Se incorporaban al mercado laboral prematuramente y, con frecuencia, en condiciones miserables. Hoy en día la situación ha mejorado sustancialmente. El grueso de la población española pertenece a una clase media que puede permitirse una educación prolongada para los más pequeños de la casa. Estudiar una carrera, o al menos tener la opción a ello, ha sido la ilusión que muchos de nuestros mayores han proyectado en nosotros. Y parece que lo han hecho bastante bien, dado el gran número de jóvenes que ocupan los bancos de los parques liando títulos universitarios. Cabe preguntarse en este momento cuántos jóvenes acceden a sus estudios universitarios no por verdadera convicción, sino por mera inercia, por evitar enfrentarse al mundo laboral o por miedo al ostracismo social. Lo que parece que nuestros mayores no han contemplado, y que nosotros –los jóvenes- hemos aplazado hasta el momento crítico, es el hecho de que la alta formación conlleva especialización. Y la especialización genera un empleo selectivo que no está al alcance de todas las geografías.


Yo he conocido a gente que estudiaba en la Universidad con el firme convencimiento de que su formación les garantizaría un empleo estable y un salario envidiable, sin moverse de casa. Lo que me resultaría extraño es que llegado el momento no se sintieran frustrados. En el último examen dejamos la máscara y aparecen los rostros, generalmente asustados, que no saben dónde mirar: si hacia adelante o hacia atrás. La vía por la que nos impulsaran hace ya tanto tiempo está bloqueada por el muro en el que nunca quisimos pensar, la última estación, y la inercia ya no nos lleva a ninguna parte. Se trata de una decisión: ¿qué línea cogemos ahora? Esperar parece la opción más segura, la más cómoda y, también, la que me hará irreconciliable con el mundo.


No niego que los salarios sean bajos, que los alquileres sean caros, que la nostalgia sea inconveniente. Pero hay que tomar una decisión. Un título universitario no es una garantía, sino una apertura de posibilidades que podemos, o no, aprovechar; pero en ningún caso una fábrica de víctimas o una excusa para la inacción involuntaria.

martes, julio 31, 2007

Yo vivo en Nenyure.

Nenyure -o "ninguna parte", como podría traducirse al castellano-, es el nombre que se le da a mi barrio en un cortometraje del que acabo de tener noción. Data de 2005 y fue nominado a los Goya. Jorge Rivero es su director. Se vale de un ingenioso juego de imágenes y de una narración que me recordó irremediablemente a Insomnio para transmitir el tema de la depresión demográfica y económica que padece la región desde el cierre de las minas. Mejor lo veis vosotros mismos.


INSOMNIO
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso varias horas oyendo gemir al huracán, o ladrar a los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?
Dámaso Alonso.

domingo, junio 17, 2007

En el banco del acusado.

Todo el mundo sabe que a nuestro cyber-amigo Coroncha le encanta hablar de sí mismo. El que los demás no compartan esa pasión hace que sea, digamos delicado, mencionar ocho cosas sobre uno mismo sin recurrir a insidiosas vulgaridades como el culo de Pampita.

Reglas:
-Cada jugador cuenta ocho cosas de sí mismo.
-Además tendrá que escribir las reglas en su blog.
-Por último, seleccionar a sus víctimas.
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Prefiero los sabores salados, ácidos y amargos frente a los dulces. No es que no me gusten, en realidad como de todo salvo moluscos testáceos –ni os imagináis el tiempo que tardé en encontrar una expresión que no diera lugar a malentendidos cuando intentaba explicar este punto-. Suelo mostrar indiferencia frente a los postres, en especial desde que dejé de comer chocolate hace años, por lo que conviene a mi cabeza traviesa. Allá donde la gente bebe 43, Leralion pide un Tanqueray con tónica. Me gusta la Coca-cola Zero, aunque nunca mezclada. Las meriendas de palomitas con té ya son todo un clásico, al menos hasta que me moderé con el té para evitar una vez más los dolores frecuentes de cabeza. Las palomitas de colores me parecen una blasfemia. Me como los trozos de limón, a veces con pulpa. El café siempre solo, y grande, americano o largo de agua.

Pocas cosas me alegran por las mañanas. Me refiero a esas mañanas del curso avanzado en las que estás harto de madrugar y sabes que vas a clase básicamente a copiar, porque la mayor parte del tiempo tienes puesto el piloto automático. La ducha siempre ayuda a despejar, pero luego llega mi pequeño capricho: un vaso de leche fría. El vaso tiene que ser de cristal. Disfruto ese momento, mirando la leche a través del vidrio y paladeando su sabor. Es como una pequeña satisfacción, íntima y discreta, de la que puedes gozar en presencia de los demás sin que vean nada más que a una persona desayunando. La picaresca de lo prohibido descubierta en lo cotidiano. Ese sentimiento me ayuda a comenzar bien el día.

Me encanta viajar. Es el mejor método para escapar de la rutina con la seguridad de que podrás regresar a ella algún día. Conocer nuevos lugares, patearme ciudades extrañas, y por qué no, también hacerme fotos propias de documentales. Cuando viajas algo tuyo se queda en el sitio que has visitado, y algo nuevo vuelve contigo. En las diferentes situaciones extrañas que se dan notas en tus reacciones cómo ha pasado el tiempo. Y cuando estás de vuelta, en el tren, en el coche, en el avión, resulta casi inevitable que este tipo de reflexiones acudan a ti. Viajar es la opción más adecuada para depurar el alma y recuperarse de muchas cosas.

Soy un vago. Sé que es un aspecto impreso en la naturaleza humana, pero estoy convencido de que voy mucho más allá del intento por minimizar la energía. Las pocas cosas buenas que tengo –sí, joder, todo eso que os refriego a diario por la cara- se atenúan por la vagancia. Es habitual que lo deje todo para el último momento en el que mi sentido de la responsabilidad me arrastrará hasta un infierno de ingentes pilas de apuntes que no arden. También empezar algo y no acabarlo, como relatos o miniaturas. Mi habitación es un desastre. Toda desordenada, con libros y papeles por el suelo. Pero eso sí, cuando me hace falta algo sé perfectamente dónde está.

También soy maniático. A pesar de lo dicho en el punto anterior, si me empeño en que algo tiene que estar en determinada posición tengo que poner todo mi empeño en que mantenga dicho estado. De no ser así, algo malo podría desencadenarse. Algo así me pasa con las posiciones de los interruptores de las luces o los apuntes en la carpeta. Antes era todavía más habitual necesitar tocar con una mano algo que ya hubiera tocado con la otra, o lo mismo con los pies y las líneas de las aceras, o pisar sólo en las líneas de los pasos de peatones. Hubo una temporada en la que tenía que pisar todas las tapas de alcantarilla de la calle. Llegaba a clasificar los gallumbos según el estado de ánimo que esperaba tener el día que los pusiera.

¿Os he contado alguna vez que me gusta leer Ciencia Ficción? A decir verdad me gusta leer en general, pero no voy a negar mi género predilecto. He encontrado de todo: libros malos, libros pasables y verdaderas joyas. Para mí algunas de esas joyas en la Ciencia Ficción, por citar varias, son Crónicas Marcianas, Dune, el Juego de Ender, 2001, una odisea en el espacio y la trilogía de Marte. Sé que lo he dicho muchas veces, pero aunque parezca que no, ocho cosas sobre uno mismo suplen más de lo que se piensa. Al final resultará que somos unos simples.

Soy una persona muy nerviosa. Aunque no se me suele notar, porque no lo exteriorizo. Por otro lado duermo muy bien, así que no me quejo en ese aspecto. Sin embargo, mis nervios conllevan otros inconvenientes como problemas en la piel o aumento de la frecuencia de las migrañas. En ocasiones especiales se reflejan de las más variopintas maneras y me dan accesos de hipocondría. Pero nada grave, que siempre tengo los pies en la tierra.

Soy malísimo para recordar caras. De presentarme gente y al día siguiente encontrármelas por la calle y poder jurar que no los había visto en mi vida. Pau puede dar fe de ello. Para que se me quede bien un rostro, ya me tiene que llamar la atención por algo determinado, ya tengo que ver a esa persona unas cuantas veces en poco tiempo. O ver fotos, en fotos se me quedan mejor.


Ha llegado la hora de que rueden cabezas. Veamos…

Hablando de cabronadas.

Secundo la nominación de Sveret.

¿Gudrilkja será tan sádica como aparenta?

Incluiría al Sr. Nadie para que nos contara algo, pero lleva una temporada desaparecido.

Paupablo seguro que nos sorprende.

Y por último vamos a pasar el primer meme al recién estrenado fotolog de Saruskii.


P.S.: Vamos, confesad: Sé que habéis pospuesto la lectura para ver el culo de Pampita.

sábado, mayo 26, 2007

La tapa de alcantarilla

Esta semana, qué importa el día, esperaba en la parada habitual. Obras, algunas casas, la marquesina tan sucia como siempre. Tanto que suelo evitar acercarme a ella. Me quedo en la acera, con la mirada perdida en la red de cuadraditos grises. De vez en cuando me llama la atención la mancha amarronada que me recuerda el sabor metálico de la sangre. Está justo debajo de un viejo letrero que otrora señalara un local. Quizá tuviera necesidad de pensar en algo y dejar deslizar el tiempo, o bien la exasperación de la rutina me incitara a fijarme en más detalles. Las obras, las hojas caídas, un rosal florecido más allá del paraje gris, junto a la torre de electricidad. A un lado y al otro, de pronto la calle se me hizo demasiado estrecha, demasiado oscura, demasiado fría. Las nubes que auguraban tormenta, las personas a mis flancos erosionadas por el día a día, o el ya intolerable rugido de los coches. Tan inadvertido frente a mí, sobre polvo, tierra, excrementos, un matillo formado en la parte más hundida de una tapa de alcantarilla, crecía musgo. Musgo desconcertantemente verde sobre el gris. Y a su alrededor nada. Piedra, hormigón, metal. Nada. Se me antojó de golpe aquella existencia tan fútil, tan vana, tan desgraciada e infortunada. Apenas conscientemente intenté sentir cierta empatía con el musgo, cayendo en lo disparatado de la idea. El musgo es, sin preguntarse por qué. Es donde es, no añoraría crecer en la corteza de un árbol, formar parte de un mundo más acorde a su condición, rodeado de más afines. Simplemente es, ajeno a tantas cosas, su mundo en una tapa de alcantarilla. Parece inevitable el imaginarse nuestra tapa de alcantarilla. Viendo cómo la vida se abría paso en los intersticios de cemento, como una lacra, manchando, discordando, cambiando, destruyendo, sin finalidad aparente. Todo se volvió tan vacío, una suerte de locura sin sentido. Al fin llegó. El autobús. Por sus escaleras me subí de nuevo al transcurso de acontecimientos del día. El musgo siguió allí, seguro. Al día siguiente no me fijé en la alcantarilla, ni al siguiente. Quizá mañana…

miércoles, mayo 09, 2007

Rutinario frenesí.


Buenos días, despertadores, trenes, gente, autobuses, exámenes, trabajos, clases, conocidos, café, compromisos, comidas, prácticas, reuniones, informes, problemas, birra, desarrollos, discusiones, fotocopias, rencillas, risas, rencores, prisas, sueño, juergas, noticias, migrañas, Internet, bonos, gritos, quejas…
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Un alto en el camino
para recordar quiénes somos.
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Buenos días, despertadores, trenes, gente, autobuses, exámenes, trabajos, clases, conocidos, café, compromisos, comidas, prácticas, reuniones, informes, problemas, birra, desarrollos, discusiones, fotocopias, rencillas, risas, rencores, prisas, sueño, juergas, noticias, migrañas, Internet, bonos, gritos, quejas…

domingo, enero 14, 2007

La navaja de Occam.

Hoy me he despertado a las 11 y algo, con esa sensación perezosa que parece que envuelva tu cuerpo bajo una capa de bienestar, de paz, de la sensación de que todo está bien. Y sabes que en cuanto te levantes de la cama te esperarán sonrientes las ingentes cantidades de apuntes, las prácticas y los deseos de hacer las más inusitadas cosas con tal de no abordarlos. Uno de esos deseos fue precisamente el de levantarme.

Antes de acudir al reclamo de la ducha, me dio por mirar el móvil y ¡oh, sorpresa! Tengo un mensaje. Mi amigo Losa me había escrito a las 3:50am exactamente lo siguiente: “Lo guapo ye ke tamos hablando contigo… Y no de coña que ye lo jodío.”

Qué extraño. Lo primero que se me vino a la mente fue que aquellos bastardos habían conseguido clonarme al fin. Pero era poco probable que pusieran a prueba el experimento con mis amigos. Demasiado riesgo.

Quizá fuera una proyección holográfica, alguien que estuviera desarrollando un protocolo de relaciones humanas y haya elegido a alguien que se quedara en casa ese día. Pero entonces Losa tuvo que haberse dado cuenta del asunto, porque de lo contrario no me hubiera mandado el mensaje.

Podría ser un prototipo de la U. S. Robots, pero al argumento se le podrían poner las mismas pegas.

Podría haberse tratado de una suerte de telepatía. En esta época tengo la mente en tensión, susceptible y trabajando continuamente. Cualquier inestabilidad emocional podría traducirse en algo sorprendente. Como esa frecuencia que ralla progresivamente los cristales de las gafas y emito cuando leo, la empatía desmesurada o las fortuitas previsiones. Un acto del subconsciente, y ellos se darían cuenta de que en realidad estaba durmiendo en mi casa. O quizá hasta yo mismo se lo dijera.

El argumento anterior no me gustaba, pues suponía admitir mis poderes sobrenaturales y ya me costaron algunos traumas infantiles. Así que preferí descartarlo. Reemplazarlo por algo más impersonal, un hecho sin precedentes debido a un desgarramiento en el tejido del espacio-tiempo del multi-universo. Quizá un solapamiento de universos paralelos. Uno en el que salía y otro en el que me quedaba en casa. Quizá los deseos influyeran de alguna manera, como sugerí hace tiempo en aquel relato ininteligible, y el hecho de morirme de asco haya motivado la catástrofe espacio-temporal. O porque sí, ocurrió así por causas ajenas a mi persona. Mala suerte que me tocara, sin más.

Otra opción, la más viable a mi juicio, era la del viaje en el tiempo. Obviamente, de haber venido del futuro, éstos se habrían dado cuenta. No podría tratarse de un accidente. Si por fin hubiera desarrollado un prototipo de máquina del tiempo (¡seré un genio! ¡seré un genio! ¡chinchad!) no lo usaría con tanto riesgo en nimiedades como ver a mis amigos jóvenes. Habría venido para alertar de algo. O quizá establecer un ciclo necesario y establecido en la corriente del tiempo. De tener el mismo número de móvil (cosa que dudaría) quizá el mensaje llegara a uno de ellos aleatoriamente, como en la película Primer, con tal suerte de que apareció en el mío. O sea, en el yo de ahora. A lo mejor no se puede viajar con móvil en el tiempo, vaya usted a saber. Había otro punto a favor de toda la historia, mi decisión de no salir. De haber venido del futuro para encontrarme con mis amigos existiría el riesgo evidente de cruzarme conmigo mismo. Circula una teoría acerca de los viajes y las paradojas temporales: El Universo “conspiraría”, es decir, las leyes de la naturaleza determinarían una serie de causas y consecuencias que evitarían las paradojas, aún a costa de catástrofes inmensas. Por eso tendría que ser algo realmente importante para sopesar ese riesgo, o bien que se hubiera hallado una manera de conocer esas consecuencias con precisión.

El tema de los extraterrestres ni lo menciono.


Al final pregunté, y resultó que obligaron a un pobre tipo a hacerse fotos con ellos por la simple razón de que según ellos se parece a mí. La moraleja de hoy, niños, es que nunca os quedéis el fin de semana sin salir para estudiar.