Existe una tendencia, extensamente avalada, a asignar etiquetas en los medios de comunicación a modo de golosinas sobre las que centrar nuestro interés. Uno de los últimos productos que nos ha ofrecido esta práctica es el término de generación ni-ni. Para los que no lo hayan oído, decir que se trata de una expresión magnánimamente acuñada al colectivo de jóvenes españoles que ni estudian, ni trabajan. Cuando nos hablan de la generación ni-ni, suelen presentarse datos estadísticos preocupantes y se intenta acercar al receptor de la noticia a la verdadera tragedia mostrando fotos o grabaciones de grupos de jóvenes sentados en un banco del parque en plena mañana laboral. El perfil suele ser el de un sujeto situado entre los dieciocho y treinta y tantos años, con buena formación académica y, evidentemente, desempleado. Una imagen de potencial desaprovechado, de víctimas del desequilibrio del balance de la oferta y la demanda, en la que se pretende profundizar buscando causas y soluciones. Los testimonios de los entrevistados son desgarradores. Revelan jóvenes frustrados y desilusionados con la vida, que no se sienten valorados por una sociedad en crisis económica cuyos efectos no hacen más que intensificar su situación de desahucio. En algunos casos, se acompañan de intervenciones de sus progenitores, comprensivos con el abatimiento de sus hijos, donde se esgrimen argumentos de precariedad salarial, de prohibición de la vivienda o de inestabilidad.
Sin ánimo de desmerecer el drama, las causas apuntan en otra dirección. Muchos de los miembros de la generación de nuestros abuelos, de la de nuestros padres quizá, no dispusieron de un respaldo económico sólido. Se incorporaban al mercado laboral prematuramente y, con frecuencia, en condiciones miserables. Hoy en día la situación ha mejorado sustancialmente. El grueso de la población española pertenece a una clase media que puede permitirse una educación prolongada para los más pequeños de la casa. Estudiar una carrera, o al menos tener la opción a ello, ha sido la ilusión que muchos de nuestros mayores han proyectado en nosotros. Y parece que lo han hecho bastante bien, dado el gran número de jóvenes que ocupan los bancos de los parques liando títulos universitarios. Cabe preguntarse en este momento cuántos jóvenes acceden a sus estudios universitarios no por verdadera convicción, sino por mera inercia, por evitar enfrentarse al mundo laboral o por miedo al ostracismo social. Lo que parece que nuestros mayores no han contemplado, y que nosotros –los jóvenes- hemos aplazado hasta el momento crítico, es el hecho de que la alta formación conlleva especialización. Y la especialización genera un empleo selectivo que no está al alcance de todas las geografías.
Yo he conocido a gente que estudiaba en
No niego que los salarios sean bajos, que los alquileres sean caros, que la nostalgia sea inconveniente. Pero hay que tomar una decisión. Un título universitario no es una garantía, sino una apertura de posibilidades que podemos, o no, aprovechar; pero en ningún caso una fábrica de víctimas o una excusa para la inacción involuntaria.
