La ridícula idea de no volver a verte.
Una luz extraña.
Los ojos humanos, negros como el espacio, estaban llenos de una luz como la de las estrellas.
Om, La montaña roja.
Cuando llegue el momento no necesitaremos hablar para comunicarnos, tú pensarás y yo actuaré según tus deseos, yo decidiré y tú materializarás mis decisiones, seremos más que un equipo, seremos un solo ser, pondremos nuestras vidas en manos de los otros sin dudas ni temores.
Corre el año
2160. Europa y varios asteroides constituyen la vanguardia de colonias humanas
en el Sistema Solar. Dos expediciones se proponen el reto de hacer cumbre en la
mayor montaña conocida: el Olympus Mons de Marte, un volcán que se yergue
veintiún kilómetros sobre el datum del planeta que lo alberga.El legado de Prometeo.
La sonda más rápida y más lejana, orgullosa portadora de un olvidado mensaje de la humanidad, cedió su testigo cuando la Éxodo la sobrepasó en el más absoluto silencio, tres meses después de su partida.
El legado de Prometeo. Miguel Santander.
Me gustaría resaltar, ante todo, el extremo cuidado que el autor pone en el aspecto técnico de la novela en términos científicos. Detrás de cada detalle, de cada insinuación tecnológica, se entrevé la preocupación por la rigurosidad y un minucioso trabajo de documentación. Hay licencias exigidas por la trama, por supuesto, pero Miguel Santander –astrofísico de profesión- se encarga de señalarlas él mismo en una nota al final de la obra. Los enterados del mundillo, pues, tenderemos a situar El legado de Prometeo en el anaquel dedicado a la ciencia ficción hard. Pero deberíamos dejar claro que se trata de una lectura abierta al profano, donde las descripciones no obstaculizan en ningún momento la fluidez argumental. La novela está escrita en un estilo sencillo y se presta a la avidez de los más ansiosos, que pasarán páginas sin darse cuenta mientras los acontecimientos se precipitan y los personajes cobran forma y reclaman opinión a medida que se queman los capítulos. Porque la novela no sólo habla de agujeros negros o de física, y no desmerece en ningún momento la dimensión humana. Más aún, los aficionados al género quedarán encantados con el sinfín de rasgos característicos que se tocan, que en ocasiones abren la puerta a gratas reminiscencias. Así pues, la Éxodo les recordará irremediablemente a la estación espacial que aparece girando bajo el influjo mágico de El Danubio Azul en la magistral 2001, una Odisea en el Espacio, por no hablar del azoramiento con el que recibirán a la Inteligencia Artificial de la nave; pero también les evocará a otro Clarke, al de los ascensores espaciales; y a Kim Stanley Robinson, y el viaje de sus Primeros Cien a Marte y los avatares políticos de las trasnacionales. No podrán evitar saltar por un instante al lugar donde otra tripulación se enfrenta a los peligros del vacío en el interior de El Río de las Estrellas; ni a un decadente Imperio Galáctico donde cierto matemático intenta salvaguardar el orden a lo largo de los siglos con una teoría delirante que modeliza la dinámica de grupos sociales. Revivirán Pórtico lejanamente, y les traerá sin duda a un primer plano imágenes de la mejor ciencia ficción ecologista, de aquellos refugiados de Paolo Bacigalupi; y puede que hasta alguna conexión más sutil con otros autores como Greg Bear, por aquello de cierta diosa del tiempo. Son en todo caso puentes transversales y subjetivos, guiños más o menos implícitos, y no estoy seguro si todos conscientes; pero quiero hacer constar que lo reflejo como aspecto positivo y como expresión de la riqueza de referencias en la trama. Aunque aquí se presente bajo el prisma de otros títulos, El Legado de Prometeo tiene mucho que ofrecer por sí mismo y se muestra a la altura de todos ellos. Dentro del libro hay mucho más que invito a descubrir, incluida una estupenda intervención de William Shakespeare.
Miguel Santander lleva el blog Tras el horizonte de sucesos y a veces presenta su libro en forma de charlas de divulgación científica, en las que arriesga su integridad física sobre una silla de oficina ilustrando cómo gira lo que no podemos ver, que recomiendo a todos los que tengan la ocasión de asistir.
El satélite que cayó como una lágrima.
Una versión semiótica de Milan Kundera.
A estas alturas no es ningún secreto que Milan Kundera forma parte de mi lista de autores favoritos. La interpretación que ofrecen sus novelas ayuda a identificar el momento que estás viviendo; actúan, por decirlo de alguna forma, como un pozo al que asomarse y mirar en qué te has convertido.
Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad del retorno. Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno.La broma. Milan Kundera.
Escribía en otra ocasión que Milan Kundera es un escritor emocional, que no un escritor de emociones. Hablaba del juego de la óptica, de la incapacidad de evocar el presente o de recordar una versión purista del pasado. Del carácter retrospectivo de las emociones, articuladas siempre con la visión que, a modo de ficción, hemos ido confeccionando de nuestras experiencias; de la propia vida. Su primera novela, La broma, gira precisamente en torno a este dilema: la concepción teleológica de nuestra vida. Es el devenir mismo de acontecimientos el que fragmenta nuestro destino, como una red de variables que convergen en nódulos a los que atribuimos una importancia crucial. Estas confluencias se expresan en momentos que grabamos a fuego como referencia y erigimos en mitos, clavos ardiendo a los que agarrarnos que cuidamos de manera regular, reforzándolos y conmemorándolos con una suerte de liturgia interiorista con la que pretendemos amueblar nuestra cabeza y dar sentido a nuestros actos.
Lo que se nos descubre en la novela es que hay en esta práctica común una instrumentalización de la realidad, una tiranía hacia nuestros semejantes al adscribirles el papel de musa, villano, amigo o buen samaritano. Al estereotiparlos negamos su diacronía: los congelamos en el tiempo. Ejercemos un despotismo natural, degradándolos a meras piezas en nuestro mecanismo perfecto.
Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.
La broma. Milan Kundera.
Y por eso, cuando volvemos a verlos, tenemos que lidiar con el pavor de sentarnos frente a un desconocido.
¿Y por qué la ciencia ficción?
Cedo sin más la palabra a Fernando Ángel Moreno:
¿Y por qué la ciencia ficción?
Emplearé dos anécdotas para responder a esta pregunta.
Algunas de las palabras más hermosas que se han expresado fueron pronunciadas por un físico. En cierta ocasión, Carl Sagan explicando el origen del Universo metió las manos en los bolsillos –presentaba la serie de televisión Cosmos- y con una sonrisa nos dijo:
"Estamos hechos de polvo de estrellas."
Podría haberlo explicado refiriéndose a los elementos que se crean en las estrellas con las reacciones nucleares o a que toda la materia de los planetas proviene de explosiones de supernovas…
Pero no, no quiso explicarlo así: "Toda la materia del Universo tiene el mismo origen".
Por el contrario, dijo: "Estamos hechos de polvo de estrellas".
¡Pero habría significado exactamente lo mismo!
¿O no?
La segunda anécdota se basa en una de esas tontas bromas de adolescentes y de aquellas absurdas discusiones de “ciencias” contra “letras”.
En una ocasión le comenté a mi buen amigo Mario Castro, hoy todo un doctor en física teórica y profesor universitario, un tonto y viejo chiste contra la gente de su entorno: "¿Sabías, Mario, que para un científico las cataratas Victoria, el océano Atlántico, el rocío de la mañana sobre la hoja y una lágrima son lo mismo: H2O?" Y él, muy feliz por brindarle tan magnífica oportunidad para fastidiarme, respondió:
-Cierto. ¿No es maravilloso?
Aunque no lo parezca, ninguna de las dos anécdotas trata sobre la ciencia. Tratan sobre la manera de mirar la realidad, sobre esa manera que llevó –según cuenta la leyenda- a exclamar a Galileo: "Y, sin embargo, mira tú, se mueve". Es la idea que, nos guste o no, por muy relativistas que nos pongamos, por mucho que hablemos de la falsedad de nuestras percepciones, por mucho que alucinemos con los textos de Feyerabend o Lyotard en contra del pensamiento o del método científicos, lo cierto es que si nos arrojamos desde un rascacielos nos espachurramos contra el suelo. Podemos hablar de opiniones, de interpretaciones, de “las muchas realidades”, pero no volamos por nosotros mismos. Es decir, la realidad queda por encima de nuestras apetencias, de nuestras emociones, de nuestros sueños y, ante todo, de nuestra necesidad de darle sentido a la existencia.
Hay una realidad, aunque cada uno la entendamos como nos venga en gana (o como le venga en gana a nuestro subconsciente, vaya).
También comentaba Feynman que la física moderna –podemos aplicarlo a la realidad- es difícil de entender porque nos empeñamos en reducir la realidad a términos de lógica humana y que, para bien o para mal, la realidad no tiene nada que ver con eso: hay que aprender a aceptarla como es, por muy caprichosa y malcriada que nos parezca.
En fin… Existe toda una literatura, un género repleto de muchos subgéneros pequeñitos, enormes, raros, espectaculares, íntimos, de todo tipo; una experiencia estética que basa su funcionamiento –y el efecto que crea- en esta manera de observar la realidad.
Esa literatura es la literatura de ciencia ficción.
Las dos anécdotas que he compartido aquí me han servido durante años para entender el mundo de la ciencia, es cierto, tan parecido al de la literatura, pero me sirven ahora ante todo para entender cómo lo científico (esa manera de mirar), lo literario y lo humano son tres facetas de una misma idea en esta extraña ciencia ficción.
Y me han servido para entender, ¿quién lo iba a decir?, la singularidad de lo poético.Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción. Poética y retórica de lo prospectivo. Fernando Ángel Moreno.






