El naufragio de "El río de las estrellas".

domingo, julio 05, 2009

Ya no quedaba nada de esa era. Sólo había una reliquia de los tiempos más austeros posteriores: un bastidor esquelético donde habían llevado a hombres y mujeres desesperados que soñaban con Marte.


El naufragio de "El río de las estrellas". Michael Flynn.


Cuando al género western se le dio un lavado de cara y se humanizaron algunos de sus elementos en busca de la paradójica combinación de realismo y profundidad surgió algo distinto que los entendidos decidieron llamar western crepuscular. La analogía que ya había condicionado la acuñación del término space opera persistió cuando títulos como El naufragio de "El río de las estrellas" nos hicieron partícipes de la evolución del subgénero de aventuras espaciales.


Su autor, Michael Flynn, fue galardonado por el premio Robert A. Heinlein en el año 2003 y quizá lo conozcáis por su saga de Firestar.


La bautizaron El río de las estrellas y en 2051 extendió sus velas superconductoras frente al viento solar. Debió de ser un espectáculo glorioso: el fuselaje nuevo y reluciente, las velas rielando bajo una aurora multicolor, la tripulación ataviada con guantes blancos y uniformes negros y plateados, sus pasajeros personas ricas y deliciosamente decadentes.





Así empieza El naufragio de "El río de las estrellas". Los límites de la space opera no son los únicos que rebasa esta novela. Es uno de esos textos que citas cuando los caprichos del humor te lanzan a una de esas situaciones absurdas en las que intentas desacreditar los prejuicios que gravitan en torno a la Ciencia Ficción.

Pasar por alto que la narración tiene un carácter hard sería lo más parecido a mentir sobre ese punto. No sólo en los detalles técnicos de la tecnología utilizada sino en las licencias formales: metáforas mecánicas, símiles cuánticos, hipérboles relativistas. Es interesante señalar el conflicto entre la tecnología obsoleta de la vela magnética y los modernos motores Farnsworth. Así como el puente entre terminología de navegación tradicional, que acrecenta la sensación romántica que transmite todo lo relacionado con la antigua técnica. A veces El río es un Pequod con motores de fusión, a veces la pequeña barca de Santiago. Es la tripulación, sin embargo, el contrapeso de este desarraigo humanístico y, sin duda, lo mejor de la novela. Seres desgarrados por su pasado, abrumados por la culpa o sobrepasados por un universo de posibilidades que se abre por primera vez ante ellos. Humanos de carne y hueso confinados en un carguero espacial de alquiler, saturado de recuerdos y viejas glorias, a la deriva entre Júpiter y el cinturón de asteroides. Altamente recomendable.

De encrucijada a encrucijada.

viernes, junio 12, 2009

Tampoco te han dicho que tendrás que tomar, en alguna ocasión, una bifurcación. El camino recto es el más fácil, el más seguro, pero ya ves la luz del fondo. Conoces el final a la perfección. No podrás pararte, no podrás retroceder. Habrás de girar a ciegas, en cruces desconocidos que parecerán similares a los anteriores.

Y, a veces, tendrás que decir adiós.


Hace ya tiempo que escribí, inspirado en una foto que me hicieron dos veranos atrás en el soberbio monumento a los judíos de Berlín y quizá evocando a alguien en mi cabeza, estas líneas apátridas. Les pego la etiqueta porque nunca he pensado en ellas como parte de una estructura mayor o un relato, sino más bien, siendo previsor, como un comodín al que poder recurrir con cierta frecuencia. Ahora que las vuelvo a leer refuerzan su significado y me alegra comprobar –ya que no hay más remedio- que cumplen su cometido.


Sin embargo, aunque ya sé que a algunos os sonará a incentivo consolador, no es tan terrible tener que decir adiós siempre y cuando la situación se dé con una asiduidad tolerable y su causa no se trate de algo realmente definitivo –desde un punto de vista más físico que social.



Todos estaremos de acuerdo en que no estamos hechos para sentir dolor, ya que el propio dolor constituye un acicate para huir de la causa que lo produce. Y, a la hora de elegir, hemos de hacer un esfuerzo colosal para escoger la opción más racional –de manera coherente con nuestra escala de preferencias, condicionada igualmente por el dolor-, o lo que podríamos calificar del mal menor, cuando la opción más benigna a la que nos enfrentamos se trata de un dolor inmediato. Lo que no es más que otra oposición natural a los cambios. Porque las consecuencias de esos cambios a menudo son imprevisibles.


Muchos de nosotros tendemos a mimetizar con nuestro entorno. Somos como una masa informe y rosa, con dos puntitos por ojos y una línea por boca, que toma la forma de ciertos aspectos de las personas que nos rodean. Nos bañamos en sus cualidades y no siempre nos quedamos con lo mejor; pero sí con lo que más nos agrada, bien por su encanto, bien por su genialidad, bien por ambas cosas. Por eso somos y tenemos, nos guste o no, un poquito de cada persona que haya pasado por nuestra vida. Puedo recordar sin gran esfuerzo de dónde viene mi preferencia para hacer la cama desde el cabecero, mi afición por el gintonic, o mi interés por la literatura.


Se trata, en definitiva, de enfrentar el miedo a lo desconocido. A no saber quién se levantará mañana de tu cama y verá tu rostro inapreciablemente más ajado en el espejo.

Musgo de Vida.

domingo, mayo 03, 2009


De todos modos, llegaron con tiempo suficiente para asistir a la bendición del barco de Pavo. Iba a llamarse Endeavour, y Pavo y Jalila rompieron juntas la botella de vino en su proa antes de que deslizara a las aguas completamente negras del puerto con un enorme chapoteo blanco.

Musgo de Vida. Ian R. MacLeod.

Este fragmento me trae a la memoria el brillo de los viejos tiempos. Un brillo despedido por la insidiosa combinación de ilusión y de ignorancia. Pero lo mejor de la cita, y el verdadero motivo que me ha incitado a escribir esta entrada, es que también me transmite una sensación sobre el futuro. Porque me ha vuelto a recordar que a pesar de saber que las estrellas lucen gracias a tremendas reacciones de fusión y que se valen del vil hidrógeno para subsistir, que un día agotará su voracidad y comenzarán a devorarse cual bestias a sí mismas, y que por fin se condenarán a una lenta agonía por inanición; que a pesar de divertirme con Milton cuando dice en El Paraíso Perdido:


Llevose la mayor parte de luz

De su santuario envuelto por las nubes

Y la puso en el sol, orbe poroso,

Hecho para recibir y embeber

El líquido fulgor, sólido para

Acumular sus concentrados rayos,

Ahora el gran palacio de la luz.


Que a pesar de desdeñar sus advertencias:


Lo demás lo ocultó el gran Arquitecto

Sabiamente del hombre y de los ángeles,

Sin divulgar sus secretos para que

Los examinen aquellos que más bien

Debieran admirarlos: o si quieren

Devanar conjeturas, ha dejado

La fábrica de los cielos abierta

A sus disputas, tal vez para reírse

De sus raras y vagas opiniones

A lo largo del tiempo, cuando empiecen

A modelar el orbe y calcular

Las estrellas; cómo manejarán

Esta inmensa estructura; cómo la

Construirán, derribarán, dispondrán

Con el fin de atenerse a la apariencia;

Cómo ceñirán la esfera esbozando

En ella ciclos y epiciclos, céntricos

Y excéntricos, un orbe después de otro.


Y que a pesar de lo que pudiera escribir de todo esto, aún queda mucho por hacer. Y, como Pavo, es hora de hacerse a la mar y continuar ese viaje que nunca hemos de truncar mientras nuestra existencia lo permita. De vez en cuando trazaremos nuestra ruta sobre la carta de navegación y diremos que nuestras maniobras han sido dignas del más torpe entre los grumetes. Y tendremos la sensación de ser tontos que se renuevan continuamente a sí mismos. Nos mortificaremos sin caer en la cuenta de que ser tontos es lo mejor que tenemos.


Musgo de Vida es una novela corta de Ian R. Macleod, que nos venden como escritor británico de ciencia ficción y fantasía. Nos presenta las andanzas de Jalila, una adolescente que llega a la ciudad desde las montañas donde ha de acusar todos los cambios experimentados tanto en su entorno como en sí misma. La acción se desarrolla en el planeta Habara. La ciudad Al Janb permanece envuelta en una atmósfera arabesca. Los mercados, las sedas, la sensualidad o las referencias continuas a Las Mil y Una Noches son claros ejemplos de elementos que la conforman. A lo que se añade un complejo calendario de estaciones y climas de lo más diversos a medida que transcurre el largo año del planeta. Jalila tendrá que lidiar también con su propia sexualidad y los peculiares tabúes de la cultura autóctona que darán al relato un barniz de originalidad.

Terminaré esta caótica entrada con otra cita de Musgo de Vida:


-Pero, ¿podré regresar?

-Por supuesto. Pero debes recordar que nunca podrás regresar al lugar que has abandonado.

La ignorancia.

lunes, marzo 09, 2009
-Un error irreparable en la edad de la ignorancia.
-Sí.
-A esa edad es cuando la gente se casa, tiene el primer hijo, elige su profesión. Un día sabrá y comprenderá muchas cosas, pero ya será demasiado tarde, porque su vida habrá tomado forma en una época en que no sabía absolutamente nada.

La ignorancia. Milán Kundera.

No quiero engañar a nadie: La ignorancia no trata sobre ignorancia genuina. El título se refiere a la ignorancia de la tierra, de los amigos, de la familia. Cuando alguien se va, bien por necesidad, bien por iniciativa propia –al fin y al cabo, otra necesidad-, renuncia a muchas cosas. Acaso entonces no lo sepa. Cada vez que deja a personas, que se despide de ellas, las pierde irremediablemente. Lo que no quiere decir que se rompa la relación, o que no las vaya a volver a ver. Simplemente, cuando se produce un reencuentro, aunque sea en el mismo escenario –que nunca lo es, nunca lo vemos de la misma manera-, los personajes no son los mismos. Ni ellos, ni él, son los que eran aquella tarde. Aquella tarde se perdió en un nebuloso pasado, dejándonos muchas tardes: la tarde que Pablo recuerda en la terraza de una cafetería en la plaza de Riego junto a un hombre que fumaba en boquilla, o la tarde en que probamos aquel excelente helado de turrón que tanto gustó a Sara, la tarde en que Luis se atragantó con las pipas y recibió una regañina del camarero por haber ensuciado el suelo. Todas son reales y, ante todo, irreconciliables.


Kundera es un escritor emocional, que no un escritor de emociones. Hace tan sólo unos días hablaba con una amiga precisamente sobre si era posible o no reflejar en papel las emociones. Su respuesta fue no. Está claro que lo mejor de la vida no se puede sacar de un libro. La mayor parte de las veces sólo valoras las alusiones en libros tras haber vivido experiencias similares. Después de reflexionar un momento sobre ello, he llegado a la conclusión de que mi amiga tiene razón. La gracia de Kundera no reside en la exactitud de sus adjetivos, ni en el uso de un lenguaje fiel a la realidad. En ocasiones la gente se esfuerza intentando registrar cada detalle de una situación y se olvida de que nuestro cerebro no funciona así. Nadie recuerda cada detalle, y una descripción de ese tipo sólo puede darnos una sensación de presente. No podemos evocar el presente. Todas las emociones surgen del pasado. Los estímulos que nos emocionan adquieren su significancia en el pasado. Por eso con una minucia –una palabra, un color, un sonido- podemos poner en marcha los caprichosos engranajes de la memoria. A menudo esas claves no se perciben con la vista: vemos continuamente. Se dan, por ejemplo, situaciones en las que el olfato juega un papel fundamental. En el que la mera alusión a un olor provoca en el lector un torrente de emociones revividas sacadas de algún lugar en su cabeza y que Kundera nunca escribió.

Canción automática.

domingo, febrero 22, 2009

Algunos hablan de la escritura automática. De dejar la mente a la deriva y tomar las palabras que salgan a flote. Para obtener un tema, para autoanalizarse, para pasar el rato. Otros, como yo, preferimos algo con que podamos desconectar completamente. Dejar una ventana abierta a todo ese torrente de preocupaciones. Para eso se necesita el líquido elemento, que permita deslizarse, navegar con suavidad sobre el entramado de palabras. Ese medio es la música. Consigue revolver en la maraña y lanzar de vez en cuando una palabra sin esfuerzo. Por eso, cuando estoy solo, prefiero la canción automática. Te quedas con una melodía, unos cuantos tiempos repetidos una y otra vez, hasta la saciedad. A veces inventados o adaptados, a veces arrancados de una melodía conocida sin un ápice de compasión. Se corrompen con líneas vacías, crecen frases incoherentes que barren cualquier rescoldo de ritmo. Revientas la armonía una y otra vez. La destrucción siempre ha sido una vía de escape. Pero también la creatividad. Y a veces, casi inconscientemente, te das cuenta de que algo de lo que vomitas tiene cierto sentido.

El título está inspirado, obviamente, en la iniciativa del Año Internacional de la Astronomía.



Ella es una astrónoma.


    Dos caras tiene la Luna

    oscura y terrible es la mía,

    brillante y afable es la tuya

    que alumbra sin miedo mi vida.


    Salve grandiosa Eos

    presta una tregua a la tierra;

    soy un humilde plebeyo

    con intratables deseos.


    Busco palabras de fuego

    que calen bajo tu velo.

    Busco armadura de azufre

    que puedan tocar tus dedos.


    Yo sólo quiero la Luna

    para romperla en pedazos.

    Largas lanzas punzantes

    con las que acribillarme.


    Toma mi sangre fugaz

    sacia tu sed inmortal

    libra batallas sin par,

    pero llévame en tu caminar.



Eos era la diosa griega de la aurora. Aparecía cada día en el horizonte, al borde del Océano, para preceder a su hermano Helios. A veces se la llama Rododáctila, la de sonrosados dedos. En el mismo enlace de Wikipedia puede leerse:

Como diosa de la aurora, Eos abría las puertas del infierno con «sonrosados dedos» para que Helios pudiera conducir su carro por el cielo cada día. En la Ilíada de Homero su toga de color azafrán está bordada o tejida con flores; con dedos sonrosados y brazos dorados, era representada en vasijas áticas como una mujer sobrenaturalmente hermosa, coronada con una tiara o diadema y con largas alas con plumas blancas de pájaro:

Eos, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le entregara.


Cuando por décima vez apuntó Eos, que trae la luz a los mortales, sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego.

La narrativa de Bukowski.

lunes, febrero 09, 2009


-Pareces un poco amuermado. ¿Te encuentras bien?

-Perdí a una mujer.

-Tendrás otras y las volverás a perder.

-¿Adónde se van?

-Prueba un poco de esto.

Era una botella metida en una bolsa. Me tomé un trago. Era oporto.


Factotum. Charles Bukowski.



Pretendía demorar una entrada como ésta hasta el momento en que pudiera darle el suntuoso título de La obra de Charles Bukowski. Sin embargo, no sé cuándo lograré reunir el valor necesario para abordar al Bukowski poeta. Soy lector de novela y no acostumbro a devorar antologías, por lo que tampoco hablaré de sus relatos cortos. Aprovecharé que me he acabado Factotum hace sólo unos días para bosquejar un puñado de impresiones que me dejó, junto a otros títulos como Cartero, Hollywood o La senda del perdedor.


Quizá una cita de otro autor no sea un buen comienzo para un comentario de esta índole, pero mentiría si dijera que puedo hablar de Bukowski sin evocar el kitsch que nos presenta Kundera en un capítulo de La insoportable levedad del ser:


De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. Es una palabra alemana que se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.

Esta palabreja -que a mí me recuerda el nombre de un bar de mi pueblo, de aspecto ligeramente turbio-, viene que ni pintada para describir los textos de Bukowski. El término kitsch se utiliza para describir algo más complejo que lo que podamos llamar arte de mal gusto y probablemente no se ajuste a lo que pretendo trasmitir. Así que ruego que me disculpen por la licencia tanto los entendidos en arte como los amantes del realismo sucio de los setenta. Porque, evidentemente, tendrán razón cuando digan que no todo es tan simple como lo planteo.


Además de transmitir la cruda realidad de los llamados desamparados. De retratarnos a vagabundos, borrachos y prostitutas del paraíso americano. De mostrarnos un mundo descarnado por boca de uno de los personajes más cínicos de la literatura. Bukowski es capaz de transmitirnos sensaciones de la vida de su álter ego a través del estilo de su prosa. Su minimalismo rompe convencionalismos y levanta polémicas entre los más puristas. La acción se precipita sin ostentaciones, con frases cortas y directas. La descripción se reduce a detalles, a menudo peculiares, y el diálogo toma con frecuencia las riendas para enfriar a un narrador en primera persona. Los capítulos son muy breves, de apenas una o dos páginas. Todo esto crea un efecto inmediato, como la vida del propio Chinaski. Resurge el tópico de tempus fugit. Todo tiene intensidad pero nada parece importar. Al contar tantas anécdotas resta importancia a todas ellas, hasta el punto de seguir un argumento difuminado. Todo el libro es un conjunto de experiencias, como la vida misma. Cuando llevas leyendo un buen trecho, se te olvidan muchas de ellas. Y cuando Hank tiene un acceso de nostalgia por lo no vivido se te aferra como si vieras tu propia vida pasando con las páginas. No hace falta ser alcohólico ni nihilista para identificarte en momentos determinados. Las genialidades de Chinaski se apoyan fundamentalmente en ese tono neutral y resignado con el que se desarrollan sus novelas, que hace que ciertos comentarios aparezcan como chispas en el vacío. Es sorprendente que sean estos deslices del personaje los que realmente dejen ver un abismo de tristeza y no toda la retahíla de episodios de mal gusto que parecen llevar el peso de la narración. Quizá ahora entendamos mejor otras citas del mismo Kundera de arriba, como:


En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón.


O también:

El kitsch es una estación de paso entre el ser y el olvido.

En Cartero y Factotum se nos presenta el Chinaski más combativo. Andanzas de juventud en innumerables tugurios, viendo pasar trabajos y mujeres a veces con más -a veces con menos-, estoicismo. La senda del perdedor merecería elogios meramente por su ingenioso título. Sin embargo es, para mí, el mejor de los cuatro. Nos brinda un mayor desarrollo del personaje y nos invita a asistir a su evolución, desde tempranos episodios de su infancia. Hollywood es, en comparación, mucho más light. Es un relato en el que Bukowski se hace un guiño a sí mismo intentando recuperar un podio que nunca más volverá a ocupar y que, gracias a ello, nunca abandonará.

La importancia de los nombres.

domingo, enero 18, 2009
-Sólo su verdadero nombre hace reales a todos los seres y todas las cosas –dijo ella-. Un nombre falso lo convierte todo en irreal.

La historia interminable. Michael Ende.


Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres: ensenada Hinkston, cantera Lusting, río Black, bosque Driscoll, montaña de los Peregrinos, ciudad Wilder, nombres todos de gente y de las hazañas de la gente. En el lugar donde los marcianos mataron a los primeros terrestres, había un pueblo Rojo, en recuerdo de la sangre de esos hombres. El lugar donde fue destruida la segunda expedición se llamaba Segunda Tentativa. En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres. Y, naturalmente había una colina Spender y una ciudad Nathaniel York… Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres de nieves que descendían por los canales de piedra hacia los mares vacíos. Nombres de hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. Y los cohetes golpearon como martillos esos nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilones con nuevos nombres: Pueblo Hierro, Pueblo Acero, Ciudad Aluminio, Aldea Eléctrica, Pueblo Maíz, Villa Cereal, Detroit II, y otros nombres mecánicos, y otros nombres de metales terrestres.

La elección de los nombres. Crónicas Marcianas. Ray Bradbury.



Creo que todos somos conscientes de la importancia de los nombres en nuestro día a día. A lo largo de la historia hemos visto la necesidad de poner nombres a las cosas llegando incluso a personificarlas o divinizarlas. Forma parte de uno de tantos mecanismos autosugestión que impiden que nos precipitemos al abismo de lo desconocido y podamos controlar nuestros miedos. Parece que cuando algo tiene nombre ya está dominado. Podemos desconocer totalmente un fenómeno pero, el atribuirle un nombre, hace que podamos manejarlo como un concepto familiar. Nos da seguridad. Este comportamiento resulta ventajoso siempre y cuando no llegue a matar la curiosidad, ya que permite abordar enigmas sin que nuestra incomprensión nos desaliente.

Sin embargo, esta conducta puede volverse contra nosotros si el nombre que hemos puesto no es el más indicado. Para ilustrar este hecho citaré dos ejemplos de lo que, creo, son dos de los nombres más desafortunados dados en Ciencia y al alcance de todo el mundo: el primero será el concepto de selección natural y el segundo será la teoría del Big Bang.


Comenzaremos por la definición de selección que nos da la RAE:

    selección.
    (Del lat. selectĭo, -ōnis).
    1. f. Acción y efecto de elegir a una o varias personas o cosas entre otras, separándolas de ellas y prefiriéndolas.
    2. f. Elección de los animales destinados a la reproducción, para conseguir mejoras en la raza.
    3. f. Dep. Equipo que se forma con atletas o jugadores de distintos clubes para disputar un encuentro o participar en una competición, principalmente de carácter internacional.
    ~ natural.
    1. f. Sistema establecido por el naturalista inglés Charles Darwin, que pretende explicar, por la acción continuada del tiempo y del medio, la desaparición más o menos completa de determinadas especies animales o vegetales, y su sustitución por otras de condiciones superiores.


En casos tan populares es normal encontrar una acepción especializada que recoja el término científico. No es ésta la práctica general, pues la Real Academia es cauta por naturaleza y suele reservarse el actualizar su repertorio de términos científicos. No obstante, vemos que las primeras entradas vienen definidas como una acción directa. Es decir, el concepto de selección sugiere automáticamente una voluntad y una finalidad activas. Una acción llevada a cabo por un individuo guiado por criterios determinados que le permitan discernir sus objetos de estudio y clasificarlos en un esquema jerarquizado. En la acepción especializada aparece un intento de enmendar la semántica atribuyendo esa acción al tiempo y al medio. No obstante, yo diría que el daño está hecho. Cuando oímos por primera vez hablar de la selección natural nuestro cerebro asocia el significado habitual de las palabras que nombran al concepto. Atribuimos involuntariamente una finalidad al proceso evolutivo. En general, damos interpretaciones que, en muchos casos, se ven reforzadas por prejuicios adquiridos con anterioridad. Luego hemos de hacer el doble de esfuerzo para aprehender el nuevo concepto, eliminando por un lado las primeras tentativas de tomarlo con familiaridad en asociación a conocimientos previos que nos evoca su nombre y encajarlo adecuadamente en el esquema mental por otro. Aun mucho tiempo después del proceso educativo que hace que captemos adecuadamente el significado del concepto nos vemos obligados a reprimir ese primer impulso, aunque sea por un instante. Es como tener un título que comience por erre en el estante de la eme. La teoría de la evolución de Darwin suele introducirse en contraposición a las ideas lamackianas. Lamarck hablaba de herencia de caracteres adquiridos y que las propias necesidades animales estimulaban esas variaciones. Cuando uno lee acerca de la naturaleza estocástica de las mutaciones y los sesgos introducidos por variaciones en el medio, que en principio podrían ser totalmente independientes al proceso evolutivo, se encuentra con un nombre que no hace honor a lo que pretende transmitir.

En el ejemplo de la teoría del Big Bang nos encontraremos un efecto similar. Con una carga exótica extra, si cabe. La evocación natural es una explosión gigantesca. Gran Explosión es la traducción habitual al castellano. El Universo se condensaba en una singularidad, nos dicen. Nos imaginamos un punto que estalla y se expande hasta el día de hoy. Y mucha gente se queda con este concepto hasta que se estampa con la expansión del Universo. En este marco, es habitual echar mano de lo familiar y pensar que dicha expansión se debe a la mera inercia de ese estallido inicial. Además parece compatible con la idea de los Universos sin constante cosmológica en los que la gravedad podría ganar el pulso a la expansión y dar lugar a un Big Crunch. Sin embargo, esta concepción es totalmente errónea. La expansión del Universo tiene lugar en cada punto, de manera que cada uno se aleje continuamente de los demás a la misma velocidad en cada instante de tiempo cosmológico. Varía la medida en sí misma. En la analogía, se trata de puntos en la superficie de un globo que se separan a medida que lo hinchamos y no de su volumen interior como podríamos pensar en los primeros intentos de comprensión tomando el nombre como referencia.