jueves, octubre 27, 2016

La suerte de Schiaparelli


Dijeron en la Tierra que Schiaparelli se había estrellado. La sonda, habiéndose desprendido previamente del orbitador, habría de salvar en solitario la distancia que la separaba de Marte, penetrar en la atmósfera a veintiún mil kilómetros por hora, activar un complejo sistema de frenado y posarse en la superficie como una pluma. Una caída que se habría prolongado durante seis minutos de incertidumbre. Sin embargo, tanto las observaciones de radio tomadas desde tierra, como las recogidas por las sondas en órbita marciana, confirmaron que Schiaparelli había enmudecido poco antes del momento en que debía haber aterrizado. Lo achacaron a un error informático: los propulsores de hidracina se encendieron solo durante una décima parte del tiempo previsto y la sonda se precipitó al suelo a gran velocidad.

Esa fue, de manera resumida, la versión que figuró en los periódicos y, en parte, se justifica porque en el planeta vecino era virtualmente imposible que conocieran la existencia de Lelm. Justo al contrario de lo que ocurría entre los niños de las tribus de Meridiani Planum, donde su fama de cazador de cometas había trascendido los límites del grupo de aficionados. Su destreza era tal que le había brindado la admiración de algunos adultos; pues en un par de ocasiones, le gustaba recordar siempre, los venerables habían condescendido a abandonar su actividad meditativa para agraciarlo con su interés. Y no se podía imaginar reconocimiento mayor, salvo el de su incondicional cuadrilla.

Quedaban en espacios abiertos. Desde hacía un tiempo, formaba parte de la rutina de todos: Lelm y sus compañeros caminaban un buen rato por la llanura, llevaban los equipos, limpiaban el polvo de sus componentes y los montaban in situ. No admitía ninguna duda, algunas cometas eran auténticas maravillas. Arnil, irrefutable talento de la ingeniería, ayudaba a los demás con pequeños ajustes y mejoras. Naturalmente, su criatura maniobraba como un ángel pese al enrarecido aire marciano; era mágica. Por su parte, la habilidad de Lelm giraba en torno al cañón. Era capaz de amartillarlo con una rapidez insólita y alcanzar a cualquier máquina en pleno vuelo.

Entre todos perfeccionaban los aparatos día a día. Lelm era la prueba de fuego de cualquier constructor de cometas y no era raro que algún aficionado se acercara desde otras regiones, cansado de la ineptitud de los tiradores locales, para poner a prueba su competencia. Por eso, cuando vieron el destello en el cielo, no les pilló de sorpresa; salvo por el hecho de que el objeto que se presentó fue la cometa más portentosa que habían tenido ocasión de ver. Hasta Arnil pareció conmovido, volaba demasiado alto para su gusto.

—Prueba con éste, seguro que también puedes derribarlo —le dijo.

Pero Lelm no había perdido el tiempo y ya lo había centrado en su mirilla. El estruendo ahogó el desafío de Arnil, que vio cómo el artefacto, tras sofocar sus luces, parecía perder la vida y se abandonaba en caída libre.

No habían llegado a la aldea con mayor entusiasmo. Arnil desataba un torrente de ideas sobre los demás, se pasó el camino de vuelta sugiriendo modificaciones a las cometas para que alcanzaran mayor altura. En particular, aunque aún no sabía muy bien cómo utilizarlo, le había gustado la idea de atar una tela enorme en algún punto del chasis; había supuesto que serviría para recoger el aire y lograr que el aparato planeara. 

  Entretanto, Schiaparelli, ya olvidado, soñaba en el lecho del canal. 
 

domingo, marzo 24, 2013

La ridícula idea de no volver a verte.

He de decir que no sabía muy bien qué me iba a encontrar en este libro. Había leído algunas cosillas a Rosa Montero en las redes sociales. Sabía que era un texto que hablaba sobre Marie Curie, sobre la superación y la pérdida, sobre la vida. Y también que tenía muchas ganas de leerlo. Si ya había mostrado interés antes, creo que explotó cuando me enteré de cómo se iba a titular. La ridícula idea de no volver a verte, la naturaleza absurda de lo inconcebible.

Para entender mi fascinación al respecto, es necesario comentar que hace dos años la autora me ganó para la causa con el arranque de Lágrimas en la lluvia. Allí supo reflejar lo que apenas sabría llamar; tal vez —vagamente— una seducción romántica por la muerte. Pero no me malinterpretéis. No se trata de un arrastre obsesivo y destructivo, sino de una especie de reparación. Mantiene la dosis de angustia justa para hacer comprender la gravedad del asunto con estremecedora precisión, pero canaliza a través de las inquietudes de sus personajes diferentes formas de sobrellevar nuestra cualidad de mortal. Es la mirada que le dedica a la muerte quien desea vivir intensamente. Con esa desesperación, con esos tintes trágicos que se vinculan siempre a los seres pasionales.

Con esta ¿novela? —no, no es una novela— podrás satisfacer tu curiosidad por la figura de Marie Curie, conocer a grandes rasgos los episodios de su vida; pero a pesar de ofrecer datos veraces, el texto tampoco es una biografía. La autora instrumentaliza la vida de Curie para tratar los temas que le inquietan, tendiendo un puente entre ella y la descubridora del radio. Parte de un punto de inflexión, el momento en que Pierre Curie muere aplastado por un carro y Marie se queda sola en el mundo con dos niñas pequeñas y su anciano suegro. Es un libro muy personal donde se habla en tono cercano, casi de confidencia, y toca, además de los temas existenciales a los que acabo de aludir, la lucha por hacerse un lugar en el mundo más allá del que debe ocuparse —siendo mujer especialmente—, el dolor y la memoria, el rebato del amor, la belleza en la desdicha, el diálogo entre hombres y mujeres, la herencia de los padres.

Mi experiencia personal me ha llevado desde una desconfianza inicial, motivada por la vaguedad de las primeras páginas y una percepción morbosa frente a la intimidad desnuda que me resultaba desagradable, al entendimiento primero y a la admiración después por haber reunido el valor necesario para publicar un texto semejante. Mérito de la autora que merece la pena señalar.

miércoles, febrero 27, 2013

Una luz extraña.

Los geds, una raza alienígena enzarzada en una guerra territorial con los humanos, hacen frente a la excepción en los fundamentos de su comprensión de la vida inteligente en el Universo; lo que han acabado llamando la Paradoja Central, a saber: hasta su primer contacto con humanos, era un hecho universal que ningún tipo de inteligencia que practicara la violencia intraespecie llegase a desarrollar la capacidad del viaje interestelar sin que el devenir de su historia desembocara en la autodestrucción o la regresión tecnológica. La evidencia empírica se repite con cada nuevo contacto durante sus periplos espaciales… salvo con los humanos.

En el contexto de un experimento psicológico, en un planeta donde los humanos han olvidado su ciencia, las dos naturalezas —humana y ged— se confrontan, se estudian, interaccionan.

Estos son los ingredientes que Nancy Kress pone a cocinar en Una luz extraña para desgajar la polifacética conducta humana. Es una narración envolvente, que te atrapa desde el primer momento —durante las primeras páginas te sientes realmente abandonado en la sabana, a las afueras de una ciudad extraña—, y se acaba convirtiendo en una de esas obras de ciencia ficción que te apetece recomendar porque representa un ejemplo del equilibrio entre forma y contenido.

Los ojos humanos, negros como el espacio, estaban llenos de una luz como la de las estrellas. 


Retrospectivamente, uno llega a pensar que los personajes en la novela se presentan de una manera ingenua, intencionadamente ingenua. Pero bajo ese aspecto se esconde una variedad de personalidades atrapadas por una estructura social muy rígida, basada en el antagonismo de dos facciones, que responden de manera muy distinta a su drama personal. Lo que se quiere resaltar desde el principio es la tremenda capacidad de adaptación de las personas, para crear —por ejemplo— un entramado social viable en un entorno totalmente nuevo, que se ha volcado de golpe, aislado, atemporal. Se juega con el olvido del origen, la reconstrucción del pasado en términos míticos, la ocultación de una realidad bajo repertorios simbólicos y códigos morales. Se presenta la adopción de ciertas prácticas culturales como adaptación a ese nuevo entorno, desde un enfoque materialista que se supera a sí mismo con la posibilidad del cambio como resultado de acciones individuales, de una remodelación ética de de la cultura que por supuesto pasa por episodios traumáticos. Y todo ello presentado bajo el ojo crítico —y ajeno— de unos seres alienígenas, lo que da la oportunidad de plantear el dilema de la otredad —también entre los propios grupos humanos— y reflexionar sobre la dinámica del contacto.

La sensación que al final te deja la novela es de densidad conceptual. Algo que para nada se experimenta mientras se lee, donde los acontecimientos se precipitan con fluidez y uno se diluye sin problemas en el día a día de los personajes. Pero sus interacciones transmiten mucho de lo que comenté en el párrafo anterior (¡sin nombrar en ningún momento toda esa retahíla de conceptos!, todo eso lo añado yo…) y dejan la sensación de que se escapa mucho más. Queda la densidad. Y ahí precisamente creo que reside la verdadera magia de esta novela, en el conseguir dejar ese poso sin nombrarlo en ningún momento, desde la historicidad de los personajes, entretenimiento garantizado y, por supuesto, un escenario del que decir prometedor se queda bastante corto.

domingo, diciembre 16, 2012

Om, La montaña roja.

Siguiendo con el viaje por la Ciencia Ficción española, hoy me gustaría sacar a la palestra una novela que inexplicablemente no parece muy conocida. Se trata de Om, La montaña roja, de Felipe Colorado. El resultado de la fusión de dos pasiones, que en el fondo resultan ser la misma: la exploración espacial y el montañismo. ¿Cómo sería poder trepar por una pared de hielo en Europa —la prometedora luna de Júpiter, por supuesto­—  o explorar los secretos de los gigantes de Tharsis? Por extraño que parezca, la combinación de Marte y escalada resulta deliciosa.

Cuando llegue el momento no necesitaremos hablar para comunicarnos, tú pensarás y yo actuaré según tus deseos, yo decidiré y tú materializarás mis decisiones, seremos más que un equipo, seremos un solo ser, pondremos nuestras vidas en manos de los otros sin dudas ni temores.

Corre el año 2160. Europa y varios asteroides constituyen la vanguardia de colonias humanas en el Sistema Solar. Dos expediciones se proponen el reto de hacer cumbre en la mayor montaña conocida: el Olympus Mons de Marte, un volcán que se yergue veintiún kilómetros sobre el datum del planeta que lo alberga.

Si tuviera que definir esta novela, premio Desnivel de Literatura en 2009, con una sola palabra, sería inteligente. Tenemos ante nosotros una narrativa extremadamente inteligente. Lo que digo no es baladí, la trama se desarrolla en todos los frentes, asaltándote de improviso en medio de un diálogo entre personajes, insinuándose con acciones. Siempre sorprendiendo. Aunque podamos identificar algún esteriotipo del éxito, los personajes tienen un carisma arrollador y una profundidad digna de desentrañar en detalle. Se trata de una historia de intriga y acción, de superación, de introspección, de maravilla. Una encrucijada de dramas personales que logran complementarse frente a la meta de lo imposible, que se tejen para componer una extraordinaria rapsodia en rojo, aderezada con un pequeño toque de política.

Me deshago en elogios, absolutamente recomendable.     

lunes, julio 09, 2012

El legado de Prometeo.

Quiero retomar aquí la sana costumbre de hablar de autores hispanos de ciencia ficción. Hoy le toca el turno a Miguel Santander  y su novela El legado de Prometeo, que acaba de ver la luz de la mano de Iniciativa Mercurio.

La sonda más rápida y más lejana, orgullosa portadora de un olvidado mensaje de la humanidad, cedió su testigo cuando la Éxodo la sobrepasó en el más absoluto silencio, tres meses después de su partida.

El legado de Prometeo. Miguel Santander.
Una vez escrita, una novela sólo puede crecer de una manera: a través de las lecturas; y El legado de Prometeo tiene muchas lecturas. El libro es, en esencia, un ejercicio soberbio de imaginación en el que la mera especulación confabula con un cóctel multidisciplinar para ofrecer un panorama verosímil del futuro del mundo. En él se entretejen el drama social orquestado por un neoliberalismo extremo y la innovación tecnológica, presentada como última esperanza para salir de un callejón sin salida. Estamos a finales del siglo XXI y una humanidad hostigada por los efectos del cambio climático sufre la mayor crisis energética de la Historia. Los combustibles fósiles se agotaron, la opción nuclear no logró consolidarse y el relevo que prometía la fusión fría no llegó a cristalizarse. Es en este contexto en el que Némesis aparece en un horizonte no muy diferente del que oteaban los grumetes de la Era de los Descubrimientos. Medio millar de personas se embarcan en un viaje de cuarenta y cinco años hacia lo desconocido, con el propósito de devolver el fuego a una civilización condenada o, dicho de una manera quizá menos retórica pero mucho más increíble, extraer energía de un agujero negro.

Me gustaría resaltar, ante todo, el extremo cuidado que el autor pone en el aspecto técnico de la novela en términos científicos. Detrás de cada detalle, de cada insinuación tecnológica, se entrevé la preocupación por la rigurosidad y un minucioso trabajo de documentación. Hay licencias exigidas por la trama, por supuesto, pero Miguel Santander –astrofísico de profesión- se encarga de señalarlas él mismo en una nota al final de la obra. Los enterados del mundillo, pues, tenderemos a situar El legado de Prometeo en el anaquel dedicado a la ciencia ficción hard. Pero deberíamos dejar claro que se trata de una lectura abierta al profano, donde las descripciones no obstaculizan en ningún momento la fluidez argumental. La novela está escrita en un estilo sencillo y se presta a la avidez de los más ansiosos, que pasarán páginas sin darse cuenta mientras los acontecimientos se precipitan y los personajes cobran forma y reclaman opinión a medida que se queman los capítulos. Porque la novela no sólo habla de agujeros negros o de física, y no desmerece en ningún momento la dimensión humana. Más aún, los aficionados al género quedarán encantados con el sinfín de rasgos característicos que se tocan, que en ocasiones abren la puerta a gratas reminiscencias. Así pues, la Éxodo les recordará irremediablemente a la estación espacial que aparece girando bajo el influjo mágico de El Danubio Azul en la magistral 2001, una Odisea en el Espacio, por no hablar del azoramiento con el que recibirán a la Inteligencia Artificial de la nave; pero también les evocará a otro Clarke, al de los ascensores espaciales; y a Kim Stanley Robinson, y el viaje de sus Primeros Cien a Marte y los avatares políticos de las trasnacionales. No podrán evitar saltar por un instante al lugar donde otra tripulación se enfrenta a los peligros del vacío en el interior de El Río de las Estrellas; ni a un decadente Imperio Galáctico donde cierto matemático intenta salvaguardar el orden a lo largo de los siglos con una teoría delirante que modeliza la dinámica de grupos sociales. Revivirán Pórtico lejanamente, y les traerá sin duda a un primer plano imágenes de la mejor ciencia ficción ecologista, de aquellos refugiados de Paolo Bacigalupi; y puede que hasta  alguna conexión más sutil con otros autores como Greg Bear, por aquello de cierta diosa del tiempo. Son en todo caso puentes transversales y subjetivos, guiños más o menos implícitos, y no estoy seguro si todos conscientes; pero quiero hacer constar que lo reflejo como aspecto positivo y como expresión de la riqueza de referencias en la trama. Aunque aquí se presente bajo el prisma de otros títulos, El Legado de Prometeo tiene mucho que ofrecer por sí mismo y se muestra a la altura de todos ellos. Dentro del libro hay mucho más que invito a descubrir, incluida una estupenda intervención de William Shakespeare.  


Miguel Santander lleva el blog Tras el horizonte de sucesos y a veces presenta su libro en forma de charlas de divulgación científica, en las que arriesga su integridad física sobre una silla de oficina ilustrando cómo gira lo que no podemos ver,  que recomiendo a todos los que tengan la ocasión de asistir.

jueves, abril 26, 2012

El satélite que cayó como una lágrima.


Se llamaba Upper Atmosphere Reseach Satellite, pero se componía en boca de todos como UARS. El acrónimo no sólo era cómodo, sino también familiar, y contenía el rechazo natural hacia los tecnicismos. Constituía en esencia una parte de la artimaña para lograr que un satélite artificial, concebido dos décadas antes con el fin de estudiar la entrada y salida de energía en las altas capas de la atmósfera, se colara en la cotidianeidad: en la conversación del desayuno, convidado a la mesa por una presentadora de noticias desde el postergado televisor del salón (daría pie a explicarles a los niños para qué sirve enviar aparatos al espacio); en debates radiofónicos que anegaban habitáculos de los coches y autobuses que resollaban en atascos matinales; en los comentarios de la hora del café, mezclado con los sinsabores y alegrías de los resultados de la jornada de liga de fútbol, la llegada del otoño o el último descubrimiento culinario en un restaurante del centro; en periódicos y redes sociales, un verdadero flujo continuo de datos que informaba en cada momento de las últimas novedades a millones de personas en todo el mundo. La estrategia propagandística era muy habitual entonces, cuando los servicios espaciales no eran una necesidad de primer orden y se consideraba importante mantener el nivel de popularidad; se trataba de cuidar la opinión pública de cara a justificar la nada despreciable fracción de los impuestos estatales que se destinaba al programa espacial y los proyectos de investigación asociados ante un panorama económico mundial cada vez más negro. 

Se lo llamaba UARS, pues, y se había filtrado en el día a día de las personas como una preocupación lejana. Desde Rusia se había dicho que sus restos caerían en el mar de Papúa Nueva Guinea, pero la NASA no se pronunció hasta que la firma privada que monitorizaba su recorrido, la Aerospace Corporation, notificó tras dos días de incertidumbre que el impacto se produciría en la costa de Chile, cerca de las siete de la tarde según la hora local. El margen de error que se barajaba era enorme, debido, según se decía, a las fluctuaciones de los vientos solares. Hasta el momento las cifras habían sido éstas: su masa original alcanzaba cerca de las seis toneladas, pero la mayor parte de su estructura se desintegraría durante la reentrada en la atmósfera –un racimo de fragmentos incandescentes, intrépidos cometas de vida breve que se diluirían como grumos en una suerte de cascada de ablación-, salvo un puñado de piezas que sobrevivirían al holocausto; serían del orden de diez o doce, según los informes, y de masas dispares, entre el medio y los ciento cincuenta kilogramos, los trozos que lograran caer a la superficie. No había motivo de alarma entre la población, pues la mayor parte del planeta es agua y la probabilidad de que uno de ellos alcanzara a una persona ascendía a una entre tres mil doscientas, lo que arrojaba, según fuentes oficiales, un margen de una posibilidad entre varios billones (americanos) de que cayera sobre una persona concreta -es decir, -. Los redactores añadían también otros datos de carácter histórico, como que se trataba del satélite de mayor tamaño que se precipitaba descontroladamente sobre la Tierra desde que el Skylab hiciera lo propio en 1979; al tiempo que se retomaba la polémica sobre los peligros de la chatarra espacial localizada en órbitas de baja altura, despertando una vez más el fantasma del síndrome de Kessel y recordando algunas de las crisis recientes del sector, como  la desafortunada iniciativa llevada a cabo por China cuando en 2007 sus mandatarios decidieran destruir el satélite meteorológico Feng Yun 1C con un misil balístico, o la colisión entre el Iridium 33 y el Cosmos 2251 (dos satélites de comunicaciones, estadounidense el primero y ruso el segundo) que había tenido lugar en febrero de 2009.

La labor de una compañía especializada en desarrollo de software para la seguridad nacional de Estados Unidos, la Analytical Graphics, permitiría seguir en directo la trayectoria y subiría un vídeo a la red para deleite del aficionado. El hecho de que emitieran oficialmente la noticia (cuando, en realidad, en la última década se había registrado la entrada de cantidades de chatarra espacial comparables a los restos de un satélite aproximadamente con una frecuencia anual, sin que nadie hubiese puesto el grito en el cielo por no avisar a la población), se explicaba, según los expertos que salieron al paso, por el cumplimiento de protocolos recogidos en diversos acuerdos sobre basura espacial, que obligaban a las agencias a enviar un comunicado si el umbral de riesgo sobrepasaba cierto límite.

Landy Moubal, un reputado ingeniero aeronáutico, acudió como invitado a un programa de debate de la televisión nacional y criticó con dureza lo que ya estaban denunciando muchos otros en la blogosfera, en opiniones que salpicaban diferentes artículos en todos los periódicos nacionales e internacionales, en programas radiofónicos de coloquio, en las entrevistas de los telediarios: había sido un error y una falta de responsabilidad gravísima el utilizar las capacidades del satélite hasta el último momento, sin reservar una pequeña cantidad de combustible para permitir realizar ciertas maniobras de control durante la reentrada, como solía hacerse en ese tipo de situaciones. Añadía además una reflexión sobre la cantidad de riesgo que estarían dispuestas a asumir las autoridades en términos de la famosa apuesta de Pascal, que ya utilizara el cosmólogo británico Martin Rees en un contexto muy similar cuando escribiera en 2004 su ensayo acerca de los posibles riesgos que traerían consigo las nuevas tecnologías. A grandes rasgos, Blaise Pascal, que utilizó su argumento en una discusión teológica del S.XVII, planteaba que, suponiendo que la existencia de Dios fuera una cuestión de azar (dicho con otras palabras, si no se supiera de modo seguro si Dios existe o no existe), lo más razonable sería aventurar que sí existe, ya que de no hacerlo, aunque se considerara mínima la probabilidad de su existencia, uno se ganaría a pulso la condenación eterna si se equivocara. Moubal ya no hablaba del satélite, sino de escenarios mucho más aterradores, donde la alternativa remota no era una morada individual en el infierno, sino la muerte de millones de personas; llegando incluso a conjeturar la desaparición de la humanidad a cargo de una única decisión tomada por un grupo reducido de personas dispuestas a asumir un riesgo extremo pero altamente improbable. Su rostro colgaba lejano en las pantallas de las salas de espera de aeropuertos de todo el globo mientras miles de personas se preguntaban si la coyuntura afectaría de alguna manera al esquema de vuelos, vagamente conscientes del riesgo real que corrían en sus travesías.

Al igual que los principales referentes bursátiles, el UARS se precipitaba ante la impotente mirada colectiva; su periplo lo dirigía hacia un aciago final que despertaba gran expectación en todos aquellos que hallaban en la caída del satélite un riesgo controlado, la seducción de la preocupación lejana, el regocijo que uno encuentra en todas las situaciones en las que consigue creer fugazmente que pierde el control, por otra parte meticulosamente asegurado: simular que anticipa su muerte, una muerte ficticia y placentera. La ocasión brindaba una satisfacción cómoda y gratuita para todas las edades, sin requerimientos adicionales, como tener una buena forma física para agarrarse a los riscos de un acantilado o reunir valor suficiente para lanzarse de un avión a mil setecientos metros de sobre el nivel del mar. Uno sólo tenía que sentarse y esperar haciendo cavilaciones, como la vida misma.

Al día siguiente la NASA declaró en un comunicado que el UARS había caído a la Tierra en algún momento entre las once y veintitrés minutos de la noche y la una y nueve minutos de la madrugada, según el huso horario de la costa oriental de Norteamérica. También se precisaba que durante ese intervalo de tiempo el satélite habría pasado sobre la costa este de África y sobrevolado el océano Índico, y podría haber cruzado el Pacífico y atravesado Canadá, incluso haber salvado el Atlántico norte y alcanzado la costa oeste de África. Sucesivos titulares en la red daban buena cuenta de la situación: “El satélite UARS podría caer en México este viernes”, “Chile a salvo: el satélite caerá en otra parte”, “El satélite demoró su caída y podría hacerlo en los Estados Unidos”, “La NASA confirma la caída del satélite UARS en la Tierra”, “El cometa Elenin habría influido en la caída del satélite UARS de la NASA”, “La NASA desconoce donde cayó el satélite obsoleto”, “El satélite UARS cae sobre el océano Pacífico”, “El UARS cayó frente a la costa oeste de los Estados Unidos”, “La NASA cree que el satélite UARS se ha desintegrado sobre Canadá”, “El satélite alemán ROSAT caerá en octubre sin control como el UARS de la NASA”, “Satélite UARS cayó cerca de Calgary, Canadá: nadie lastimado”.

La versión oficial sostenía, cuarenta y ocho horas más tarde, que los restos del satélite –se creían finalmente veintiséis piezas de acero inoxidable, titanio y berilio- habían caído en el océano Pacífico. La NASA admitía que no conocía el punto exacto de reentrada y que estaría pendiente de posibles informes de recuperación que pudieran llegar, para poder verificarlos y comunicarlos. Aparentemente uno esperaría una decepción generalizada, pero el UARS desapareció simplemente de las páginas de sociedad. Se engatusó a los informados con noticias candentes del momento, revestidas de urgencia y elocuentes palabras que fabricaban su importancia. En la sociedad del momento, del aquí y del ahora, de la máxima rentabilidad a corto plazo, en la que todos y cada uno de sus integrantes se convencían de estar viviendo un momento clave en la historia de la humanidad, al que asistían –activamente si quisieran- a través de su ventana al mundo particular; resultaba difícil de imaginar que algo escapara de la atenta mirada de las autoridades, de las cámaras de seguridad, de los radares, de las improntas de la red. Las personas fichaban a la hora de entrada y de salida de sus trabajos; pedían justificantes con la fecha y la hora exacta de su cita médica o de su examen de derecho romano; en la factura del café figuraba claramente en qué momento de la mañana se lo tomaban, así como el nombre del camarero que les había atendido; al igual que en la factura del taxi que habían cogido desde el aeropuerto, tras bajarse de un vuelo cuyos tiempos podían monitorizarse a través de la página web de la compañía; los ordenadores dejaban su firma y el lugar de conexión en cada recodo mientras navegaban libremente por la red; sus bonos de transporte contenían las horas a las que cruzaban las barreras de las estaciones, donde sus rostros desfilaban delante de las cámaras de seguridad conforme sus cuerpos se desplazaran inmóviles, con el avance de las escaleras mecánicas. Todo quedaba registrado. No dejaba de ser paradójico que una tonelada de chatarra cayera del cielo dejando un rastro unívoco de estelas rutilantes y no fuera vista por nadie. Pero podía ocurrir. Por increíble que pareciese, el satélite UARS, la estrella que había atraído las miradas de todo un mundo, cayó en la más absoluta soledad; su espectáculo de luces, su promesa de riesgo inofensivo, se perdieron en el fondo del océano, olvidados en silencio. Como todos sabemos, la enfermedad no aparecería hasta cuatro meses después.

Elizabeth Kohl, de cuarenta y ocho años y nacionalidad alemana, fue considerada durante las primeras semanas como el caso primario. Su marido y sus dos hijos tardaron varios días en notar los síntomas. 

-Lisa siempre ha sido de carácter muy melancólico –comentó Helmuth, el marido, en una audiencia a puerta cerrada a los pocos días de que trascendiera la noticia-. Últimamente las cosas no iban muy bien en casa y no se hablaba mucho. Los críos están en esa época… ya me entendéis, se desinteresan por todo; están enfrascados en ordenadores y videojuegos. Yo suelo llegar a casa más tarde que ella… Me asusté mucho cuando recibimos la llamada de un compañero de oficina preocupado por si estaba enferma. Al parecer llevaba dos días sin aparecer por el trabajo. En cuanto colgué la busqué furioso por toda la casa, sabe Dios lo que pensé. Estaba muy alterado. Y entonces fue cuando la vi a través de la ventana de la cocina, sentada en el jardín con la mirada perdida en el cielo.

A los pocos días, el propio Helmuth cayó enfermo junto a su mujer. Gerard, el mayor de los dos hijos, comentó que no había visto antes a sus padres juntos mirando las estrellas. 

Para ser justos –y tendrá importancia en la secuencia de acontecimientos- he de decir que la NASA hizo público un informe tres días después de la reentrada en el que aseguraba que, de acuerdo con los datos del Centro de Operaciones Espaciales de la base Vandenberg de la Fuerza Aérea en California, el satélite había penetrado en la atmósfera a las doce y un minuto sobre el océano Pacífico. Concretamente, a catorce coma un grados latitud sur, ciento ochenta y nueve coma ocho grados longitud este. Sin embargo, ya relegada de las portadas, pocos ojos se posaron sobre la noticia.

domingo, marzo 11, 2012

Una versión semiótica de Milan Kundera.

A estas alturas no es ningún secreto que Milan Kundera forma parte de mi lista de autores favoritos. La interpretación que ofrecen sus novelas ayuda a identificar el momento que estás viviendo; actúan, por decirlo de alguna forma, como un pozo al que asomarse y mirar en qué te has convertido.


Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad del retorno. Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno.

La broma. Milan Kundera.


Escribía en otra ocasión que Milan Kundera es un escritor emocional, que no un escritor de emociones. Hablaba del juego de la óptica, de la incapacidad de evocar el presente o de recordar una versión purista del pasado. Del carácter retrospectivo de las emociones, articuladas siempre con la visión que, a modo de ficción, hemos ido confeccionando de nuestras experiencias; de la propia vida. Su primera novela, La broma, gira precisamente en torno a este dilema: la concepción teleológica de nuestra vida. Es el devenir mismo de acontecimientos el que fragmenta nuestro destino, como una red de variables que convergen en nódulos a los que atribuimos una importancia crucial. Estas confluencias se expresan en momentos que grabamos a fuego como referencia y erigimos en mitos, clavos ardiendo a los que agarrarnos que cuidamos de manera regular, reforzándolos y conmemorándolos con una suerte de liturgia interiorista con la que pretendemos amueblar nuestra cabeza y dar sentido a nuestros actos.

Lo que se nos descubre en la novela es que hay en esta práctica común una instrumentalización de la realidad, una tiranía hacia nuestros semejantes al adscribirles el papel de musa, villano, amigo o buen samaritano. Al estereotiparlos negamos su diacronía: los congelamos en el tiempo. Ejercemos un despotismo natural, degradándolos a meras piezas en nuestro mecanismo perfecto.

Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.

La broma. Milan Kundera.


Y por eso, cuando volvemos a verlos, tenemos que lidiar con el pavor de sentarnos frente a un desconocido.