viernes, marzo 26, 2010

Dos preguntas para futuros investigadores.

Hace unos días, mientras tomaba cerveza con un colega, me dio por recordar mi incursión a Santander hace casi dos años. Retrospectivamente cualquier episodio tiene una lectura diferente y éste no sería una excepción. Le dije a mi colega que podría reducir toda la entrevista a dos puntos.

Cuando uno sale de la facultad es consciente de no estar preparado para nada. Teme no estar a la altura y se encuentra sobrevalorado. Tarda bastante en acostumbrarse a la comprensión de los demás y se sorprende agradablemente cuando le dicen que está en periodo de aprender, que todos han pasado por esto, que tiene derecho a equivocarse. En cierto momento de aquella primera conversación me preguntaron qué tal se me daba manejarme con ordenadores, que si tenía nociones de programación. Por aquel entonces sólo pude recurrir al nombre de una asignatura cuatrimestral que había cursado cuatro años antes y llevaba por título Introducción a la Informática. Nos habían explicado cosas de Excel, dimos los primeros pasos con MATLAB y escribimos el programa de "Hola mundo" y un bucle que calculaba factoriales de números naturales en lenguaje C. Era ridículo. Lo cierto era que tenía una ligera idea de lo que suponía, no programar, pero sí escribir un código que me permitiera realizar cálculos. De todas maneras, aquella gente usaba FORTRAN y yo jamás había visto una línea de código en FORTRAN. Lo único que podía servirme era esa idea, casi una intuición, de cómo había que fragmentar el problema hasta reducirlo a sentencias básicas, claras, taxativas. Podía imaginarme una lista interminable de manuales de FORTRAN en el catálogo de la biblioteca. No sabía nada, pero podía aprender.

Hoy sé que tras esa alusión a mis habilidades informáticas se encontraba uno de los principales puntos sobre los que debería reflexionar cualquier persona que tenga en mente dedicarse a la investigación. Probablemente la pregunta carecía de toda intención al respecto, pero sería en tal caso una referencia inconsciente. La cuestión se podría sencillamente plantear en los siguientes términos: ¿hasta dónde llega tu curiosidad? Seguramente pensemos que todos tenemos curiosidad, que la diferencia estriba en los temas que despiertan nuestro interés, pero hay otra diferencia importante, relativa a su intensidad. Podemos encontrar un artículo sobre vulcanismo en una revista y prestarle unos instantes de atención en el sillón de espera de la peluquería, podemos parar el tenedor a medio camino cuando emiten una noticia sobre la actividad reciente del Etna, podemos introducir despreocupadamente “erupción del Krakatoa” en cualquier motor de búsqueda y leer someramente la información recogida en las tres primeras opciones. Comprar una revista especializada implicaría dar un paso más allá. Superar la pasividad informativa implica buscar fuentes, cotejar referencias, confrontar opiniones. Implica la construcción de una opinión propia a partir de la pluralidad de influencias. El investigador tendrá que dar un paso más allá, convertirá su curiosidad en una obsesión, o al menos, si su sobriedad emocional no tolera la obsesión, en un motor de trabajo. Ha de ser capaz de consagrar mucho tiempo a un problema, a un proyecto difuso, y estar dispuesto a buscar los medios que le permitan abordarlo, con mayor o menor pericia, pero abordarlo al fin y al cabo. Afortunadamente no estará solo. Hoy en día la ciencia es más un modo de vida que una profesión, es un fenómeno social que sucede en forma de interacciones en eventos internacionales. Lo que saca a colación el segundo aspecto de esta reflexión.

El otro comentario a resaltar llevó la movilidad al primer plano del escenario. Debía ser consciente de que en este mundillo se viaja bastante, y sería importante que no tuviera problema con ello. Mucha gente alza la voz desde la butaca de su casa, qué envidia, qué vidorra que os pegáis. Yo estaba acostumbrado a viajar, durante una o dos semanas, conocer varias ciudades, recorrer mundo con una mochila a la espalda, con la seguridad de vivir un paréntesis, de volver a mi casa, con mi gente y con mi vida. Ahora jugamos en otra liga. Se trata de asumir el apartado del currículum donde suele escribirse: carnet de conducir tipo B, disponibilidad para viajar; hasta las últimas consecuencias, radicalizándolo. Jamás cobró tanta importancia como ahora. La carrera de investigador exige tu vida, ya lo he comentado antes, impone hábitos, ritmos particulares. No eres realmente consciente hasta el momento en que enciendes por primera vez tu ordenador portátil en el interior de un avión. Los congresos, las estancias breves, las colaboraciones, no son mayor problema. Paréntesis de varios días, varias semanas o varios meses; llevados con despreocupación, amparado en la misma seguridad de regreso que sentías durante tus vacaciones en Budapest. Pero ya con cierta sospecha, con la intuición de que algunos lugares, aunque se vuelvan a pisar, se dejan definitivamente; con la certeza de que, con bastante frecuencia, tendrás que volver a empezar.

Expuesto de esta manera podría parecer que describo un panorama desolador pero, para evitar malinterpretaciones, diré que la gente lo hace voluntariamente. Algo muy evidente, que puede llegar a olvidarse. Los investigadores, sorprendentemente –lo digo yo, que conozco a algunos-, forman parte de la humanidad. Se guían por los mismos intereses, las mismas pasiones, que todos los demás. No son mártires, no regalan su tiempo, no entregan sus vidas al bien común. Por lo general, están conformes con el tipo de vida que llevan, y ganan dinero por hacer su trabajo. Desconfiad, porque algo bueno sacarán de todo esto.

5 comentarios:

Aida dijo...

Todos somos humanos, con nuestras debilidades y grandezas, independedientemente de nuestra profesión.

Alcyone Abaira dijo...

Solo discrepo en una cosa: cuando sales de la facultad no crees estar poco preparado, crees saberlo todo de todo, y luego, en breves semanas, te estampas contra la realidad: solo eres el embrion de u profesional, y te queda todo por aprender.

Cable Hogue dijo...

El tema está en conservar esa curiosidad cuando seas un profesor catedrático y tengas no se cuántos años. En otras palabras, conservar el espíritu joven y seguir afrontando esa vida que eligiste de joven con la misma energía.

Por cierto, a mí lo que me haría desconfiar es que realmente no sacaran nada bueno de ello. Sería muy raro. Por eso diría, "pero tranquilos, que provecho sacan". Me quedaría más tranquilo pensando que los investigadores son personas como todas las demás.

¡Saludos!

Kementari dijo...

No es tener el espíritu joven, sino curioso. Todos conocemos a gente que a los veinte o veinticinco años tiene la inquietud y la movilidad de una almeja. Pero si eres curioso lo serás toda la vida.

Me pregunto cuán lejos llegará L en este camino emprendido.

Leralion dijo...

@Aida: Lo que dices es estrictamente cierto. Ocurre que, a menudo, se tiende a olvidar, figurativamente hablando claro. No quiero pensar en el malestar que nos crearía alguien que tuviera nuestro aspecto y no fuera humano.

@Alcyone Abaira: Obviamente dependerá de cada persona, pero no me identifico con tu comentario. Yo me sentía esencialmente perdido.

@Cable Hogue: Efectivamente, tienes razón. El verdadero motivo para desconfiar sería el que señalas. El problema a largo plazo es que, a medida que te acomodas, vas desplazando tus funciones de la investigación a la burocracia. Creo que es imposible no materializar las cosas.

@K: Se trata del mismo dilema que se planteaba en la entrada anterior con "la literatura por edades". Como si, de alguna forma, asociáramos algunas conductas presuntamente requeridas en ciertas profesiones a determinados estadios de la vida.

Muchas gracias a todos por leer y comentar en el blog. :)