sábado, enero 14, 2017

Poesía marciana

Ya se puede adquirir "Areografía", un poemario con la misma esencia marciana que se ha ido gestando a lo largo de los años en este blog. La maravillosa portada es obra de MaRiaChi:


La negligencia de Marte nos somete. Un ramillete de órbitas agoniza en su pozo de nostalgia. Los ojos que danzan en silencio se delitan sobre los lugares donde descansan restos de sondas: son reminiscencias de antiguos fracasos; y los éxitos, ya cadáveres, abandonados en un mundo seco y frío. De vez en cuando, un tormenta remueve alguna de las tumbas y los fantasmas se arrojan nuevamente al canal. No es posible que el centinela parpadee, tampoco consigue oírlo, pero lo que arrebuja las carcasas deformadas es, en realidad, el murmullo de remotos pobladores.

jueves, octubre 27, 2016

La suerte de Schiaparelli

Dijeron en la Tierra que Schiaparelli se había estrellado. La sonda, habiéndose desprendido previamente del orbitador, habría de salvar en solitario la distancia que la separaba de Marte, penetrar en la atmósfera a veintiún mil kilómetros por hora, activar un complejo sistema de frenado y posarse en la superficie como una pluma. Una caída que se habría prolongado durante seis minutos de incertidumbre. Sin embargo, tanto las observaciones de radio tomadas desde tierra, como las recogidas por las sondas en órbita marciana, confirmaron que Schiaparelli había enmudecido poco antes del momento en que debía haber aterrizado. Lo achacaron a un error informático: los propulsores de hidracina se encendieron solo durante una décima parte del tiempo previsto y la sonda se precipitó al suelo a gran velocidad.

Esa fue, de manera resumida, la versión que figuró en los periódicos y, en parte, se justifica porque en el planeta vecino era virtualmente imposible que conocieran la existencia de Lelm. Justo al contrario de lo que ocurría entre los niños de las tribus de Meridiani Planum, donde su fama de cazador de cometas había trascendido los límites del grupo de aficionados. Su destreza era tal que le había brindado la admiración de algunos adultos; pues en un par de ocasiones, le gustaba recordar siempre, los venerables habían condescendido a abandonar su actividad meditativa para agraciarlo con su interés. Y no se podía imaginar reconocimiento mayor, salvo el de su incondicional cuadrilla.

Quedaban en espacios abiertos. Desde hacía un tiempo, formaba parte de la rutina de todos: Lelm y sus compañeros caminaban un buen rato por la llanura, llevaban los equipos, limpiaban el polvo de sus componentes y los montaban in situ. No admitía ninguna duda, algunas cometas eran auténticas maravillas. Arnil, irrefutable talento de la ingeniería, ayudaba a los demás con pequeños ajustes y mejoras. Naturalmente, su criatura maniobraba como un ángel pese al enrarecido aire marciano; era mágica. Por su parte, la habilidad de Lelm giraba en torno al cañón. Era capaz de amartillarlo con una rapidez insólita y alcanzar a cualquier máquina en pleno vuelo.

Entre todos perfeccionaban los aparatos día a día. Lelm era la prueba de fuego de cualquier constructor de cometas y no era raro que algún aficionado se acercara desde otras regiones, cansado de la ineptitud de los tiradores locales, para poner a prueba su competencia. Por eso, cuando vieron el destello en el cielo, no les pilló de sorpresa; salvo por el hecho de que el objeto que se presentó fue la cometa más portentosa que habían tenido ocasión de ver. Hasta Arnil pareció conmovido, volaba demasiado alto para su gusto.

—Prueba con éste, seguro que también puedes derribarlo —le dijo.

Pero Lelm no había perdido el tiempo y ya lo había centrado en su mirilla. El estruendo ahogó el desafío de Arnil, que vio cómo el artefacto, tras sofocar sus luces, parecía perder la vida y se abandonaba en caída libre.

No habían llegado a la aldea con mayor entusiasmo. Arnil desataba un torrente de ideas sobre los demás, se pasó el camino de vuelta sugiriendo modificaciones a las cometas para que alcanzaran mayor altura. En particular, aunque aún no sabía muy bien cómo utilizarlo, le había gustado la idea de atar una tela enorme en algún punto del chasis; había supuesto que serviría para recoger el aire y lograr que el aparato planeara. 

  Entretanto, Schiaparelli, ya olvidado, soñaba en el lecho del canal. 
 

domingo, marzo 24, 2013

La ridícula idea de no volver a verte.

He de decir que no sabía muy bien qué me iba a encontrar en este libro. Había leído algunas cosillas a Rosa Montero en las redes sociales. Sabía que era un texto que hablaba sobre Marie Curie, sobre la superación y la pérdida, sobre la vida. Y también que tenía muchas ganas de leerlo. Si ya había mostrado interés antes, creo que explotó cuando me enteré de cómo se iba a titular. La ridícula idea de no volver a verte, la naturaleza absurda de lo inconcebible.

Para entender mi fascinación al respecto, es necesario comentar que hace dos años la autora me ganó para la causa con el arranque de Lágrimas en la lluvia. Allí supo reflejar lo que apenas sabría llamar; tal vez —vagamente— una seducción romántica por la muerte. Pero no me malinterpretéis. No se trata de un arrastre obsesivo y destructivo, sino de una especie de reparación. Mantiene la dosis de angustia justa para hacer comprender la gravedad del asunto con estremecedora precisión, pero canaliza a través de las inquietudes de sus personajes diferentes formas de sobrellevar nuestra cualidad de mortal. Es la mirada que le dedica a la muerte quien desea vivir intensamente. Con esa desesperación, con esos tintes trágicos que se vinculan siempre a los seres pasionales.

Con esta ¿novela? —no, no es una novela— podrás satisfacer tu curiosidad por la figura de Marie Curie, conocer a grandes rasgos los episodios de su vida; pero a pesar de ofrecer datos veraces, el texto tampoco es una biografía. La autora instrumentaliza la vida de Curie para tratar los temas que le inquietan, tendiendo un puente entre ella y la descubridora del radio. Parte de un punto de inflexión, el momento en que Pierre Curie muere aplastado por un carro y Marie se queda sola en el mundo con dos niñas pequeñas y su anciano suegro. Es un libro muy personal donde se habla en tono cercano, casi de confidencia, y toca, además de los temas existenciales a los que acabo de aludir, la lucha por hacerse un lugar en el mundo más allá del que debe ocuparse —siendo mujer especialmente—, el dolor y la memoria, el rebato del amor, la belleza en la desdicha, el diálogo entre hombres y mujeres, la herencia de los padres.

Mi experiencia personal me ha llevado desde una desconfianza inicial, motivada por la vaguedad de las primeras páginas y una percepción morbosa frente a la intimidad desnuda que me resultaba desagradable, al entendimiento primero y a la admiración después por haber reunido el valor necesario para publicar un texto semejante. Mérito de la autora que merece la pena señalar.

miércoles, febrero 27, 2013

Una luz extraña.

Los geds, una raza alienígena enzarzada en una guerra territorial con los humanos, hacen frente a la excepción en los fundamentos de su comprensión de la vida inteligente en el Universo; lo que han acabado llamando la Paradoja Central, a saber: hasta su primer contacto con humanos, era un hecho universal que ningún tipo de inteligencia que practicara la violencia intraespecie llegase a desarrollar la capacidad del viaje interestelar sin que el devenir de su historia desembocara en la autodestrucción o la regresión tecnológica. La evidencia empírica se repite con cada nuevo contacto durante sus periplos espaciales… salvo con los humanos.

En el contexto de un experimento psicológico, en un planeta donde los humanos han olvidado su ciencia, las dos naturalezas —humana y ged— se confrontan, se estudian, interaccionan.

Estos son los ingredientes que Nancy Kress pone a cocinar en Una luz extraña para desgajar la polifacética conducta humana. Es una narración envolvente, que te atrapa desde el primer momento —durante las primeras páginas te sientes realmente abandonado en la sabana, a las afueras de una ciudad extraña—, y se acaba convirtiendo en una de esas obras de ciencia ficción que te apetece recomendar porque representa un ejemplo del equilibrio entre forma y contenido.

Los ojos humanos, negros como el espacio, estaban llenos de una luz como la de las estrellas. 


Retrospectivamente, uno llega a pensar que los personajes en la novela se presentan de una manera ingenua, intencionadamente ingenua. Pero bajo ese aspecto se esconde una variedad de personalidades atrapadas por una estructura social muy rígida, basada en el antagonismo de dos facciones, que responden de manera muy distinta a su drama personal. Lo que se quiere resaltar desde el principio es la tremenda capacidad de adaptación de las personas, para crear —por ejemplo— un entramado social viable en un entorno totalmente nuevo, que se ha volcado de golpe, aislado, atemporal. Se juega con el olvido del origen, la reconstrucción del pasado en términos míticos, la ocultación de una realidad bajo repertorios simbólicos y códigos morales. Se presenta la adopción de ciertas prácticas culturales como adaptación a ese nuevo entorno, desde un enfoque materialista que se supera a sí mismo con la posibilidad del cambio como resultado de acciones individuales, de una remodelación ética de de la cultura que por supuesto pasa por episodios traumáticos. Y todo ello presentado bajo el ojo crítico —y ajeno— de unos seres alienígenas, lo que da la oportunidad de plantear el dilema de la otredad —también entre los propios grupos humanos— y reflexionar sobre la dinámica del contacto.

La sensación que al final te deja la novela es de densidad conceptual. Algo que para nada se experimenta mientras se lee, donde los acontecimientos se precipitan con fluidez y uno se diluye sin problemas en el día a día de los personajes. Pero sus interacciones transmiten mucho de lo que comenté en el párrafo anterior (¡sin nombrar en ningún momento toda esa retahíla de conceptos!, todo eso lo añado yo…) y dejan la sensación de que se escapa mucho más. Queda la densidad. Y ahí precisamente creo que reside la verdadera magia de esta novela, en el conseguir dejar ese poso sin nombrarlo en ningún momento, desde la historicidad de los personajes, entretenimiento garantizado y, por supuesto, un escenario del que decir prometedor se queda bastante corto.

domingo, diciembre 16, 2012

Om, La montaña roja.

Siguiendo con el viaje por la Ciencia Ficción española, hoy me gustaría sacar a la palestra una novela que inexplicablemente no parece muy conocida. Se trata de Om, La montaña roja, de Felipe Colorado. El resultado de la fusión de dos pasiones, que en el fondo resultan ser la misma: la exploración espacial y el montañismo. ¿Cómo sería poder trepar por una pared de hielo en Europa —la prometedora luna de Júpiter, por supuesto­—  o explorar los secretos de los gigantes de Tharsis? Por extraño que parezca, la combinación de Marte y escalada resulta deliciosa.

Cuando llegue el momento no necesitaremos hablar para comunicarnos, tú pensarás y yo actuaré según tus deseos, yo decidiré y tú materializarás mis decisiones, seremos más que un equipo, seremos un solo ser, pondremos nuestras vidas en manos de los otros sin dudas ni temores.

Corre el año 2160. Europa y varios asteroides constituyen la vanguardia de colonias humanas en el Sistema Solar. Dos expediciones se proponen el reto de hacer cumbre en la mayor montaña conocida: el Olympus Mons de Marte, un volcán que se yergue veintiún kilómetros sobre el datum del planeta que lo alberga.

Si tuviera que definir esta novela, premio Desnivel de Literatura en 2009, con una sola palabra, sería inteligente. Tenemos ante nosotros una narrativa extremadamente inteligente. Lo que digo no es baladí, la trama se desarrolla en todos los frentes, asaltándote de improviso en medio de un diálogo entre personajes, insinuándose con acciones. Siempre sorprendiendo. Aunque podamos identificar algún esteriotipo del éxito, los personajes tienen un carisma arrollador y una profundidad digna de desentrañar en detalle. Se trata de una historia de intriga y acción, de superación, de introspección, de maravilla. Una encrucijada de dramas personales que logran complementarse frente a la meta de lo imposible, que se tejen para componer una extraordinaria rapsodia en rojo, aderezada con un pequeño toque de política.

Me deshago en elogios, absolutamente recomendable.     

lunes, julio 09, 2012

El legado de Prometeo.

Quiero retomar aquí la sana costumbre de hablar de autores hispanos de ciencia ficción. Hoy le toca el turno a Miguel Santander  y su novela El legado de Prometeo, que acaba de ver la luz de la mano de Iniciativa Mercurio.

La sonda más rápida y más lejana, orgullosa portadora de un olvidado mensaje de la humanidad, cedió su testigo cuando la Éxodo la sobrepasó en el más absoluto silencio, tres meses después de su partida.

El legado de Prometeo. Miguel Santander.
Una vez escrita, una novela sólo puede crecer de una manera: a través de las lecturas; y El legado de Prometeo tiene muchas lecturas. El libro es, en esencia, un ejercicio soberbio de imaginación en el que la mera especulación confabula con un cóctel multidisciplinar para ofrecer un panorama verosímil del futuro del mundo. En él se entretejen el drama social orquestado por un neoliberalismo extremo y la innovación tecnológica, presentada como última esperanza para salir de un callejón sin salida. Estamos a finales del siglo XXI y una humanidad hostigada por los efectos del cambio climático sufre la mayor crisis energética de la Historia. Los combustibles fósiles se agotaron, la opción nuclear no logró consolidarse y el relevo que prometía la fusión fría no llegó a cristalizarse. Es en este contexto en el que Némesis aparece en un horizonte no muy diferente del que oteaban los grumetes de la Era de los Descubrimientos. Medio millar de personas se embarcan en un viaje de cuarenta y cinco años hacia lo desconocido, con el propósito de devolver el fuego a una civilización condenada o, dicho de una manera quizá menos retórica pero mucho más increíble, extraer energía de un agujero negro.

Me gustaría resaltar, ante todo, el extremo cuidado que el autor pone en el aspecto técnico de la novela en términos científicos. Detrás de cada detalle, de cada insinuación tecnológica, se entrevé la preocupación por la rigurosidad y un minucioso trabajo de documentación. Hay licencias exigidas por la trama, por supuesto, pero Miguel Santander –astrofísico de profesión- se encarga de señalarlas él mismo en una nota al final de la obra. Los enterados del mundillo, pues, tenderemos a situar El legado de Prometeo en el anaquel dedicado a la ciencia ficción hard. Pero deberíamos dejar claro que se trata de una lectura abierta al profano, donde las descripciones no obstaculizan en ningún momento la fluidez argumental. La novela está escrita en un estilo sencillo y se presta a la avidez de los más ansiosos, que pasarán páginas sin darse cuenta mientras los acontecimientos se precipitan y los personajes cobran forma y reclaman opinión a medida que se queman los capítulos. Porque la novela no sólo habla de agujeros negros o de física, y no desmerece en ningún momento la dimensión humana. Más aún, los aficionados al género quedarán encantados con el sinfín de rasgos característicos que se tocan, que en ocasiones abren la puerta a gratas reminiscencias. Así pues, la Éxodo les recordará irremediablemente a la estación espacial que aparece girando bajo el influjo mágico de El Danubio Azul en la magistral 2001, una Odisea en el Espacio, por no hablar del azoramiento con el que recibirán a la Inteligencia Artificial de la nave; pero también les evocará a otro Clarke, al de los ascensores espaciales; y a Kim Stanley Robinson, y el viaje de sus Primeros Cien a Marte y los avatares políticos de las trasnacionales. No podrán evitar saltar por un instante al lugar donde otra tripulación se enfrenta a los peligros del vacío en el interior de El Río de las Estrellas; ni a un decadente Imperio Galáctico donde cierto matemático intenta salvaguardar el orden a lo largo de los siglos con una teoría delirante que modeliza la dinámica de grupos sociales. Revivirán Pórtico lejanamente, y les traerá sin duda a un primer plano imágenes de la mejor ciencia ficción ecologista, de aquellos refugiados de Paolo Bacigalupi; y puede que hasta  alguna conexión más sutil con otros autores como Greg Bear, por aquello de cierta diosa del tiempo. Son en todo caso puentes transversales y subjetivos, guiños más o menos implícitos, y no estoy seguro si todos conscientes; pero quiero hacer constar que lo reflejo como aspecto positivo y como expresión de la riqueza de referencias en la trama. Aunque aquí se presente bajo el prisma de otros títulos, El Legado de Prometeo tiene mucho que ofrecer por sí mismo y se muestra a la altura de todos ellos. Dentro del libro hay mucho más que invito a descubrir, incluida una estupenda intervención de William Shakespeare.  


Miguel Santander lleva el blog Tras el horizonte de sucesos y a veces presenta su libro en forma de charlas de divulgación científica, en las que arriesga su integridad física sobre una silla de oficina ilustrando cómo gira lo que no podemos ver,  que recomiendo a todos los que tengan la ocasión de asistir.

jueves, abril 26, 2012

El satélite que cayó como una lágrima.


Se llamaba Upper Atmosphere Reseach Satellite, pero se componía en boca de todos como UARS. El acrónimo no sólo era cómodo, sino también familiar, y contenía el rechazo natural hacia los tecnicismos. Constituía en esencia una parte de la artimaña para lograr que un satélite artificial, concebido dos décadas antes con el fin de estudiar la entrada y salida de energía en las altas capas de la atmósfera, se colara en la cotidianeidad: en la conversación del desayuno, convidado a la mesa por una presentadora de noticias desde el postergado televisor del salón (daría pie a explicarles a los niños para qué sirve enviar aparatos al espacio); en debates radiofónicos que anegaban habitáculos de los coches y autobuses que resollaban en atascos matinales; en los comentarios de la hora del café, mezclado con los sinsabores y alegrías de los resultados de la jornada de liga de fútbol, la llegada del otoño o el último descubrimiento culinario en un restaurante del centro; en periódicos y redes sociales, un verdadero flujo continuo de datos que informaba en cada momento de las últimas novedades a millones de personas en todo el mundo. La estrategia propagandística era muy habitual entonces, cuando los servicios espaciales no eran una necesidad de primer orden y se consideraba importante mantener el nivel de popularidad; se trataba de cuidar la opinión pública de cara a justificar la nada despreciable fracción de los impuestos estatales que se destinaba al programa espacial y los proyectos de investigación asociados ante un panorama económico mundial cada vez más negro. 

Se lo llamaba UARS, pues, y se había filtrado en el día a día de las personas como una preocupación lejana. Desde Rusia se había dicho que sus restos caerían en el mar de Papúa Nueva Guinea, pero la NASA no se pronunció hasta que la firma privada que monitorizaba su recorrido, la Aerospace Corporation, notificó tras dos días de incertidumbre que el impacto se produciría en la costa de Chile, cerca de las siete de la tarde según la hora local. El margen de error que se barajaba era enorme, debido, según se decía, a las fluctuaciones de los vientos solares. Hasta el momento las cifras habían sido éstas: su masa original alcanzaba cerca de las seis toneladas, pero la mayor parte de su estructura se desintegraría durante la reentrada en la atmósfera –un racimo de fragmentos incandescentes, intrépidos cometas de vida breve que se diluirían como grumos en una suerte de cascada de ablación-, salvo un puñado de piezas que sobrevivirían al holocausto; serían del orden de diez o doce, según los informes, y de masas dispares, entre el medio y los ciento cincuenta kilogramos, los trozos que lograran caer a la superficie. No había motivo de alarma entre la población, pues la mayor parte del planeta es agua y la probabilidad de que uno de ellos alcanzara a una persona ascendía a una entre tres mil doscientas, lo que arrojaba, según fuentes oficiales, un margen de una posibilidad entre varios billones (americanos) de que cayera sobre una persona concreta -es decir, -. Los redactores añadían también otros datos de carácter histórico, como que se trataba del satélite de mayor tamaño que se precipitaba descontroladamente sobre la Tierra desde que el Skylab hiciera lo propio en 1979; al tiempo que se retomaba la polémica sobre los peligros de la chatarra espacial localizada en órbitas de baja altura, despertando una vez más el fantasma del síndrome de Kessel y recordando algunas de las crisis recientes del sector, como  la desafortunada iniciativa llevada a cabo por China cuando en 2007 sus mandatarios decidieran destruir el satélite meteorológico Feng Yun 1C con un misil balístico, o la colisión entre el Iridium 33 y el Cosmos 2251 (dos satélites de comunicaciones, estadounidense el primero y ruso el segundo) que había tenido lugar en febrero de 2009.

La labor de una compañía especializada en desarrollo de software para la seguridad nacional de Estados Unidos, la Analytical Graphics, permitiría seguir en directo la trayectoria y subiría un vídeo a la red para deleite del aficionado. El hecho de que emitieran oficialmente la noticia (cuando, en realidad, en la última década se había registrado la entrada de cantidades de chatarra espacial comparables a los restos de un satélite aproximadamente con una frecuencia anual, sin que nadie hubiese puesto el grito en el cielo por no avisar a la población), se explicaba, según los expertos que salieron al paso, por el cumplimiento de protocolos recogidos en diversos acuerdos sobre basura espacial, que obligaban a las agencias a enviar un comunicado si el umbral de riesgo sobrepasaba cierto límite.

Landy Moubal, un reputado ingeniero aeronáutico, acudió como invitado a un programa de debate de la televisión nacional y criticó con dureza lo que ya estaban denunciando muchos otros en la blogosfera, en opiniones que salpicaban diferentes artículos en todos los periódicos nacionales e internacionales, en programas radiofónicos de coloquio, en las entrevistas de los telediarios: había sido un error y una falta de responsabilidad gravísima el utilizar las capacidades del satélite hasta el último momento, sin reservar una pequeña cantidad de combustible para permitir realizar ciertas maniobras de control durante la reentrada, como solía hacerse en ese tipo de situaciones. Añadía además una reflexión sobre la cantidad de riesgo que estarían dispuestas a asumir las autoridades en términos de la famosa apuesta de Pascal, que ya utilizara el cosmólogo británico Martin Rees en un contexto muy similar cuando escribiera en 2004 su ensayo acerca de los posibles riesgos que traerían consigo las nuevas tecnologías. A grandes rasgos, Blaise Pascal, que utilizó su argumento en una discusión teológica del S.XVII, planteaba que, suponiendo que la existencia de Dios fuera una cuestión de azar (dicho con otras palabras, si no se supiera de modo seguro si Dios existe o no existe), lo más razonable sería aventurar que sí existe, ya que de no hacerlo, aunque se considerara mínima la probabilidad de su existencia, uno se ganaría a pulso la condenación eterna si se equivocara. Moubal ya no hablaba del satélite, sino de escenarios mucho más aterradores, donde la alternativa remota no era una morada individual en el infierno, sino la muerte de millones de personas; llegando incluso a conjeturar la desaparición de la humanidad a cargo de una única decisión tomada por un grupo reducido de personas dispuestas a asumir un riesgo extremo pero altamente improbable. Su rostro colgaba lejano en las pantallas de las salas de espera de aeropuertos de todo el globo mientras miles de personas se preguntaban si la coyuntura afectaría de alguna manera al esquema de vuelos, vagamente conscientes del riesgo real que corrían en sus travesías.

Al igual que los principales referentes bursátiles, el UARS se precipitaba ante la impotente mirada colectiva; su periplo lo dirigía hacia un aciago final que despertaba gran expectación en todos aquellos que hallaban en la caída del satélite un riesgo controlado, la seducción de la preocupación lejana, el regocijo que uno encuentra en todas las situaciones en las que consigue creer fugazmente que pierde el control, por otra parte meticulosamente asegurado: simular que anticipa su muerte, una muerte ficticia y placentera. La ocasión brindaba una satisfacción cómoda y gratuita para todas las edades, sin requerimientos adicionales, como tener una buena forma física para agarrarse a los riscos de un acantilado o reunir valor suficiente para lanzarse de un avión a mil setecientos metros de sobre el nivel del mar. Uno sólo tenía que sentarse y esperar haciendo cavilaciones, como la vida misma.

Al día siguiente la NASA declaró en un comunicado que el UARS había caído a la Tierra en algún momento entre las once y veintitrés minutos de la noche y la una y nueve minutos de la madrugada, según el huso horario de la costa oriental de Norteamérica. También se precisaba que durante ese intervalo de tiempo el satélite habría pasado sobre la costa este de África y sobrevolado el océano Índico, y podría haber cruzado el Pacífico y atravesado Canadá, incluso haber salvado el Atlántico norte y alcanzado la costa oeste de África. Sucesivos titulares en la red daban buena cuenta de la situación: “El satélite UARS podría caer en México este viernes”, “Chile a salvo: el satélite caerá en otra parte”, “El satélite demoró su caída y podría hacerlo en los Estados Unidos”, “La NASA confirma la caída del satélite UARS en la Tierra”, “El cometa Elenin habría influido en la caída del satélite UARS de la NASA”, “La NASA desconoce donde cayó el satélite obsoleto”, “El satélite UARS cae sobre el océano Pacífico”, “El UARS cayó frente a la costa oeste de los Estados Unidos”, “La NASA cree que el satélite UARS se ha desintegrado sobre Canadá”, “El satélite alemán ROSAT caerá en octubre sin control como el UARS de la NASA”, “Satélite UARS cayó cerca de Calgary, Canadá: nadie lastimado”.

La versión oficial sostenía, cuarenta y ocho horas más tarde, que los restos del satélite –se creían finalmente veintiséis piezas de acero inoxidable, titanio y berilio- habían caído en el océano Pacífico. La NASA admitía que no conocía el punto exacto de reentrada y que estaría pendiente de posibles informes de recuperación que pudieran llegar, para poder verificarlos y comunicarlos. Aparentemente uno esperaría una decepción generalizada, pero el UARS desapareció simplemente de las páginas de sociedad. Se engatusó a los informados con noticias candentes del momento, revestidas de urgencia y elocuentes palabras que fabricaban su importancia. En la sociedad del momento, del aquí y del ahora, de la máxima rentabilidad a corto plazo, en la que todos y cada uno de sus integrantes se convencían de estar viviendo un momento clave en la historia de la humanidad, al que asistían –activamente si quisieran- a través de su ventana al mundo particular; resultaba difícil de imaginar que algo escapara de la atenta mirada de las autoridades, de las cámaras de seguridad, de los radares, de las improntas de la red. Las personas fichaban a la hora de entrada y de salida de sus trabajos; pedían justificantes con la fecha y la hora exacta de su cita médica o de su examen de derecho romano; en la factura del café figuraba claramente en qué momento de la mañana se lo tomaban, así como el nombre del camarero que les había atendido; al igual que en la factura del taxi que habían cogido desde el aeropuerto, tras bajarse de un vuelo cuyos tiempos podían monitorizarse a través de la página web de la compañía; los ordenadores dejaban su firma y el lugar de conexión en cada recodo mientras navegaban libremente por la red; sus bonos de transporte contenían las horas a las que cruzaban las barreras de las estaciones, donde sus rostros desfilaban delante de las cámaras de seguridad conforme sus cuerpos se desplazaran inmóviles, con el avance de las escaleras mecánicas. Todo quedaba registrado. No dejaba de ser paradójico que una tonelada de chatarra cayera del cielo dejando un rastro unívoco de estelas rutilantes y no fuera vista por nadie. Pero podía ocurrir. Por increíble que pareciese, el satélite UARS, la estrella que había atraído las miradas de todo un mundo, cayó en la más absoluta soledad; su espectáculo de luces, su promesa de riesgo inofensivo, se perdieron en el fondo del océano, olvidados en silencio. Como todos sabemos, la enfermedad no aparecería hasta cuatro meses después.

Elizabeth Kohl, de cuarenta y ocho años y nacionalidad alemana, fue considerada durante las primeras semanas como el caso primario. Su marido y sus dos hijos tardaron varios días en notar los síntomas. 

-Lisa siempre ha sido de carácter muy melancólico –comentó Helmuth, el marido, en una audiencia a puerta cerrada a los pocos días de que trascendiera la noticia-. Últimamente las cosas no iban muy bien en casa y no se hablaba mucho. Los críos están en esa época… ya me entendéis, se desinteresan por todo; están enfrascados en ordenadores y videojuegos. Yo suelo llegar a casa más tarde que ella… Me asusté mucho cuando recibimos la llamada de un compañero de oficina preocupado por si estaba enferma. Al parecer llevaba dos días sin aparecer por el trabajo. En cuanto colgué la busqué furioso por toda la casa, sabe Dios lo que pensé. Estaba muy alterado. Y entonces fue cuando la vi a través de la ventana de la cocina, sentada en el jardín con la mirada perdida en el cielo.

A los pocos días, el propio Helmuth cayó enfermo junto a su mujer. Gerard, el mayor de los dos hijos, comentó que no había visto antes a sus padres juntos mirando las estrellas. 

Para ser justos –y tendrá importancia en la secuencia de acontecimientos- he de decir que la NASA hizo público un informe tres días después de la reentrada en el que aseguraba que, de acuerdo con los datos del Centro de Operaciones Espaciales de la base Vandenberg de la Fuerza Aérea en California, el satélite había penetrado en la atmósfera a las doce y un minuto sobre el océano Pacífico. Concretamente, a catorce coma un grados latitud sur, ciento ochenta y nueve coma ocho grados longitud este. Sin embargo, ya relegada de las portadas, pocos ojos se posaron sobre la noticia.

domingo, marzo 11, 2012

Una versión semiótica de Milan Kundera.

A estas alturas no es ningún secreto que Milan Kundera forma parte de mi lista de autores favoritos. La interpretación que ofrecen sus novelas ayuda a identificar el momento que estás viviendo; actúan, por decirlo de alguna forma, como un pozo al que asomarse y mirar en qué te has convertido.


Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad del retorno. Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno.

La broma. Milan Kundera.


Escribía en otra ocasión que Milan Kundera es un escritor emocional, que no un escritor de emociones. Hablaba del juego de la óptica, de la incapacidad de evocar el presente o de recordar una versión purista del pasado. Del carácter retrospectivo de las emociones, articuladas siempre con la visión que, a modo de ficción, hemos ido confeccionando de nuestras experiencias; de la propia vida. Su primera novela, La broma, gira precisamente en torno a este dilema: la concepción teleológica de nuestra vida. Es el devenir mismo de acontecimientos el que fragmenta nuestro destino, como una red de variables que convergen en nódulos a los que atribuimos una importancia crucial. Estas confluencias se expresan en momentos que grabamos a fuego como referencia y erigimos en mitos, clavos ardiendo a los que agarrarnos que cuidamos de manera regular, reforzándolos y conmemorándolos con una suerte de liturgia interiorista con la que pretendemos amueblar nuestra cabeza y dar sentido a nuestros actos.

Lo que se nos descubre en la novela es que hay en esta práctica común una instrumentalización de la realidad, una tiranía hacia nuestros semejantes al adscribirles el papel de musa, villano, amigo o buen samaritano. Al estereotiparlos negamos su diacronía: los congelamos en el tiempo. Ejercemos un despotismo natural, degradándolos a meras piezas en nuestro mecanismo perfecto.

Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.

La broma. Milan Kundera.


Y por eso, cuando volvemos a verlos, tenemos que lidiar con el pavor de sentarnos frente a un desconocido.

domingo, febrero 12, 2012

¿Y por qué la ciencia ficción?

Cedo sin más la palabra a Fernando Ángel Moreno:

¿Y por qué la ciencia ficción?
Emplearé dos anécdotas para responder a esta pregunta.
Algunas de las palabras más hermosas que se han expresado fueron pronunciadas por un físico. En cierta ocasión, Carl Sagan explicando el origen del Universo metió las manos en los bolsillos –presentaba la serie de televisión Cosmos- y con una sonrisa nos dijo:

"Estamos hechos de polvo de estrellas."

Podría haberlo explicado refiriéndose a los elementos que se crean en las estrellas con las reacciones nucleares o a que toda la materia de los planetas proviene de explosiones de supernovas…
Pero no, no quiso explicarlo así: "Toda la materia del Universo tiene el mismo origen".
Por el contrario, dijo: "Estamos hechos de polvo de estrellas".
¡Pero habría significado exactamente lo mismo!
¿O no?
La segunda anécdota se basa en una de esas tontas bromas de adolescentes y de aquellas absurdas discusiones de “ciencias” contra “letras”.
En una ocasión le comenté a mi buen amigo Mario Castro, hoy todo un doctor en física teórica y profesor universitario, un tonto y viejo chiste contra la gente de su entorno: "¿Sabías, Mario, que para un científico las cataratas Victoria, el océano Atlántico, el rocío de la mañana sobre la hoja y una lágrima son lo mismo: H2O?" Y él, muy feliz por brindarle tan magnífica oportunidad para fastidiarme, respondió:
-Cierto. ¿No es maravilloso?
Aunque no lo parezca, ninguna de las dos anécdotas trata sobre la ciencia. Tratan sobre la manera de mirar la realidad, sobre esa manera que llevó –según cuenta la leyenda- a exclamar a Galileo: "Y, sin embargo, mira tú, se mueve". Es la idea que, nos guste o no, por muy relativistas que nos pongamos, por mucho que hablemos de la falsedad de nuestras percepciones, por mucho que alucinemos con los textos de Feyerabend o Lyotard en contra del pensamiento o del método científicos, lo cierto es que si nos arrojamos desde un rascacielos nos espachurramos contra el suelo. Podemos hablar de opiniones, de interpretaciones, de “las muchas realidades”, pero no volamos por nosotros mismos. Es decir, la realidad queda por encima de nuestras apetencias, de nuestras emociones, de nuestros sueños y, ante todo, de nuestra necesidad de darle sentido a la existencia.
Hay una realidad, aunque cada uno la entendamos como nos venga en gana (o como le venga en gana a nuestro subconsciente, vaya).
También comentaba Feynman que la física moderna –podemos aplicarlo a la realidad- es difícil de entender porque nos empeñamos en reducir la realidad a términos de lógica humana y que, para bien o para mal, la realidad no tiene nada que ver con eso: hay que aprender a aceptarla como es, por muy caprichosa y malcriada que nos parezca.
En fin… Existe toda una literatura, un género repleto de muchos subgéneros pequeñitos, enormes, raros, espectaculares, íntimos, de todo tipo; una experiencia estética que basa su funcionamiento –y el efecto que crea- en esta manera de observar la realidad.
Esa literatura es la literatura de ciencia ficción.
Las dos anécdotas que he compartido aquí me han servido durante años para entender el mundo de la ciencia, es cierto, tan parecido al de la literatura, pero me sirven ahora ante todo para entender cómo lo científico (esa manera de mirar), lo literario y lo humano son tres facetas de una misma idea en esta extraña ciencia ficción.
Y me han servido para entender, ¿quién lo iba a decir?, la singularidad de lo poético.

Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción. Poética y retórica de lo prospectivo. Fernando Ángel Moreno.

lunes, febrero 06, 2012

Traicionadas por la espontaneidad del desconcierto.

Como seguramente la mayoría de nosotros estemos saturados de leer noticias descorazonadoras, de tolerar opiniones que rozan el límite de la racionalidad o de oír contar sucesos que ponen a uno de mal humor, quisiera aportar la guinda dulce del día homenajeando a todas esas personas anónimas que, sin una razón interesada que mueva sus actos, consiguen alegrarte lo que queda de tarde. Hablo, por supuesto, de encuentros fortuitos o conversaciones imprevistas que logran arrancarte una sonrisa bajo la lluvia. No me cabe duda de que todos reconocemos esas sonrisas que se avergüenzan casi inmediatamente, tras materializarse –y no necesariamente en la cara-, al darse cuenta de su actitud infantil negándose a dejarse ver por sí solas, siendo reacias a cruzar los puentes tendidos por manos conocidas, para ser seducidas ingenuamente por un sendero ignorado, traicionadas por la espontaneidad del desconcierto.

Todo esto viene porque hoy me he acordado de una chica que me encontró, el último día que estuve en Roma, apoyado contra mi enorme maleta esperando al autobús. Tras dos meses y medio de relativa introspección aseguro que sorprende sobremanera que alguien se te acerque y te pregunte sencillamente qué haces allí, te recomiende esperar otra línea de autobús y se ofrezca a acompañarte y te dé conversación. Es más que probable que no volvamos a vernos nunca -se llamaba Silvia, o Silvana, no recuerdo bien; y entendí que investigaba una confusa relación entre el ARN y el cáncer de próstata-: ni nos reconoceríamos, ni falta que hace. Nos despedimos con un apretón de manos, recordándonos los nombres (con fatal resultado por mi parte como habéis visto), y deseos de buona fortuna. Había dejado la residencia con una amarga sensación de fugacidad y cogí el metro en Anagnina con una ingenua sonrisa; tratando de no olvidar de nuevo que las cosas que escapan a nuestro control siguen siendo mayoría.

martes, enero 03, 2012

Lecturas de 2011.

Damas y caballeros, ya está aquí la entrada más esperada del año (y paradójicamente también la primera). Con todos ustedes… las lecturas de 2011. Como siempre, he colocado un poco de todo sobre la mesa, aunque el cóctel viene en esta ocasión aderezado con un toque poético que espero que siente precedente. Como siempre también, me gustaría dejar claro desde ya que toda opinión que se emita a continuación es estrictamente personal, y como tal subjetiva y condicionada por los innumerables prejuicios que tanto me ha costado consolidar a lo largo de los años. Sin más, entramos en harina.

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami, encabeza la lista de novelas (lleva un orden cronológico). Me ha parecido un libro mágico, propicio para alejarse del mundo con una sonrisa no del todo feliz.

Sobre Estrella roja, de Alexander Bogdánov, ya me explayé hace meses; un clásico de la distopía comunista.

Otro clásico –clásico entre los clásicos- lo siguió: el angustioso, elegante, contenido, nostálgico Drácula, de Bram Stoker.

Del brutal Houellebercq -tan seductor como siempre quien canta desde la miseria-, Ampliación del campo de batalla; interesante parada en la que saborear un cigarrillo de cara al vacío.

Tras un breve parón, retomé mis lecturas de ciencia ficción con La invasión divina; delirante obra de Phillip K. Dick que ofrece una revitalización del mito de la salvación. No es de risa, pero sí divertida.

Tintes colonialistas desde el nuevo continente, el encantador Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote. Te arrobará su protagonista.

La novela de ciencia ficción de Rosa Montero, Lágrimas en la lluvia, me tuvo enganchado durante un puñado de días. Confieso que me leí más de trescientas páginas durante las primeras veinticuatro horas. Tremendamente adictiva, seduce con una combinación de intriga, acción, reflexión y, sobre todo, una obsesión por la muerte (o por la vida, según se mire) compartida a su manera por diferentes personajes. Aunque para mí le sobre una pizca de benevolencia, se trata de una obra fantástica y cien por cien recomendable.

Explorando autores españoles me encontré con Sombras en Titán, de José Antonio Suárez. Tiene buenas ideas, pero hace uso de un estilo precipitado, demasiado directo para mi gusto. Husmeando por la red he visto que se habla mejor de otros de sus títulos.

Descubrí a Amèlie Nothomb con Estupor y temblores, una novela corta de carácter autobiográfico que utiliza la ironía como lenguaje de la crueldad en un contexto de choque cultural.

La cuarta entrega de la saga La Herejía de Horus de Warhammer 40K, lleva por título La huida de la Eisenstein y nos lo trae James Swallow. Ya he comentado sobre ella, a mi parecer supera con creces la entrega anterior.

La nueva expresión de la ciencia ficción ecologista tiene por título La chica mecánica y llega de la mano de Paolo Bacigalupi. Se trata de una oscura trama político-económica que involucra a seres de distinta naturaleza.

Me aventuré con Javier Marías, leyendo Mañana en la batalla piensa en mí; una novela muy lenta y reiterativa que, pese a todo, no consiguió despegarme del papel hasta el mismo final.

También probé con Almudena Grandes y Te llamaré viernes, aunque con algo menos de suerte. Es una novela con todos los ingredientes de una historia contemporánea: personajes inadaptados que buscan huir de la soledad, un pasado por desvelar y cierto toque de magia en los acontecimientos; pero por algún motivo que desconozco no consiguió conmoverme.

Esperó durante años en el armario, pero fueron otras razones las que me empujaron a leer El nombre de la rosa, de Umberto Eco. No necesita presentación; excelentísima novela histórica con tintes de suspense y alma de clásico. Indispensable.

Ya he hablado en este blog de Lágrimas de luz, la novela de ciencia ficción de Rafael Marín. Compone una distopía futurista combinando la sensiblería más rozagante con los aspectos más crudos de los acontecimientos. Bastante recomendable para los amantes del género.

En la novela Cronopaisaje, de Gregory Benford, se hace un tratamiento original y más realista del viaje en el tiempo; ¿deformación profesional?, destaca la exactitud con la que humaniza el día a día de los científicos.

Tuve también la oportunidad de disfrutar de un ejemplar del segundo libro de relatos editado por Tres Rosas Amarillas, un volumen muy cuidado que recoge tres obras que parecen salidas de la niebla; sus autores: María José Codes, Pablo Lobo y Magdalena Tirado.

André Gide desdibuja los límites de la libertad en El inmoralista, una novela con tintes autobiográficos que llama la atención por la introspección decadente de su personaje. Me ha gustado mucho; lo mejor, sin duda, los diálogos con Oscar Wil… digo, con Ménalque.

Y, para rematar, La bomba increíble, una novela de ciencia ficción del poeta del 27 Pedro Salinas. Se trata de una historia apocalíptica en clave simbólica; buenísima, y muy bien escrita.

Del perezoso despertar de mi interés por la poesía, son varios los culpables. Empezaré incriminando a mi amigo Pablo Lobo; pero no será el único. Saboreé por mi cuenta y riesgo –un riesgo que merece mucho la pena correr- Cuaderno de Nueva York de José Hierro. Alba Pascual también se lleva su parte con sus Coordenadas del frío. Y quisieron las circunstancias ponerme en el medio y que descubriera a otros dos poetas geniales: Laura Casielles, con Los idiomas comunes; y José María Gómez Valero, con Los augurios.

Entre los libros que me ha tocado leer este año para preparar algunas asignaturas de Antropología se encuentra Las mujeres samis del reno, un ensayo de Solveig Joks que pretende analizar la situación económica y social de la mujer en el sector, resaltando su falta de visibilidad y representación en las instituciones.

En La lógica de la investigación etnográfica, de Honorio Velasco y Ángel Díaz de Rada, pude leer nociones básicas a tener en cuenta a la hora de producir textos etnográficos. Proporciona una visión muy general del alcance del problema y las diferentes estrategias que se adoptan tanto a la hora de plantear inicialmente la investigación, como para lograr el acceso a la información durante el trabajo de campo, registrarla convenientemente o la composición del texto final; así como un vistazo a los diferentes conflictos socioculturales y éticos con los que suelen encontrarse los investigadores.

El libro Etnografía, de Martyn Hammersley y Paul Atkinson, actúa de alguna forma como complemento del anterior, aunque puede leerse independientemente de aquél.

Si lo que quieres es ponerte al día con la evolución biológica del ser humano, Senderos de la evolución humana, de Camilo José Cela Conde y Francisco J. Ayala, es tu libro. Proporciona una descripción detallada de los yacimientos más importantes y los dilemas que plantea la taxonomía.

Eugenia Ramírez Goicoechea defiende una línea que se aleja del reduccionismo genético en Evolución, cultura y complejidad. Introduce algunos conceptos interesantes, como la noción de autopoiesis o de complejidad; y también da nociones sobre la crítica de Richard Lewontin al adaptacionismo y sobre los programas evo-devo. En el libro se utiliza un lenguaje muy farragoso, pero ofrece –independientemente de su aplicación biológica- un nuevo enfoque para abordar problemas de toda índole.

La Introducción histórica a la Antropología del Parentesco, de Juan Aranzadi Martínez, proporciona las nociones básicas para la comprensión de textos de esta rama de la disciplina. Tiene que interesarte mucho el estudio del parentesco, es un poco denso; pero se entiende bien. Es muy curioso ver cómo el etnocentrismo y la ideología de la época se apoderan especialmente de los primeros planteamientos en torno a la familia nuclear formada por padre, madre e hijos. El estructuralismo de Lévi-Strauss llama mucho la atención por su ambición conceptual y también resulta particularmente interesante un capítulo dedicado al parentesco biológico, donde se abordan cuestiones referentes a sexualidad y a las nuevas configuraciones de familias propiciadas por la adopción, la subrogación o las técnicas de reproducción asistida.

Robert Parkin y Linda Stone compilan en Antropología del parentesco y de la familia una serie de textos de diferentes autores y épocas, que pretenden tocar la mayor parte de los temas tratados en la introducción.

El ayer y el hoy: Lecturas de antropología política. Volumen I. Hacia el futuro. Bajo este título se esconde una compilación de Aurora Marquina Espinosa de textos que resaltan diferentes aspectos estudiados en Antropología Política. Muy variado: desde ensayos sobre clasificación de las diferentes estructuras políticas en África, hasta ejemplos concretos de conflictos étnicos o nacionales, escritos humanísticos o críticas a la concepción de la globalización como fase insólita y revolucionaria en la evolución de la organización social.

Casi no me ha quedado tiempo para la divulgación: un libro de Stephen W. Hawking, La teoría del todo, que parece ser un refrito de todos los demás; La cultura norteamericana contemporánea, un interesantísimo ensayo de Marvin Harris que pretende explicar la situación de crisis económica de la sociedad estadounidense de los años ochenta; un libro sobre Marte -sus referencias a lo largo de la historia, sus primeras observaciones, los canales, las misiones espaciales, la ciencia que hay detrás de cada descubrimiento, hasta su repercusión en el cine y la literatura-, Marte y vida: ciencia y ficción, de Bartolo L. Luque y Álvaro Márquez; y Genes, pueblos y lenguas, de Luigi Luca Cavalli-Sforza, el libro de divulgación de la genética de poblaciones y donde se suministra una interpretación cronológica acerca de la difusión del Homo Sapiens por los diferentes continentes.

miércoles, diciembre 28, 2011

Recordando la muerte de mi compañero.

Volver a casa siempre levanta temores. Descubro detalles en los que no reparaba. Me fijo en la D invertida junto al marco, extraño la vieja puerta. Al entrar siempre me llama la atención el extremo cuidado que trasluce la disposición de los muebles, la decoración; siempre el orgullo de algo nuevo, la ilusión de algo por cambiar, el melancólico algo por conservar. A la vista se presenta como una suerte de densidad y cariño que hace que todas las habitaciones aparenten pequeñas, acogedoras, de apacible murmurar. Camino despacio, por el pasillo, esperando aspirar el olor de lo desconocido que nunca está ahí. Los estantes llaman, instan a tocar figuras, a manosear los libros en los entrepaños; la mirada colgada en los retratos atenta a cada uno de los movimientos. Los cajones, ni abrirlos; salvo que busque una de aquellas melodías lejanas que trastocan mi ánimo el resto del día.

Ayer mismo di de palabra con un viejo joyero, a modo de caja de Pandora –hay miseria en el recuerdo-. Al sacarlo a la luz liberamos un puñado de monedas, billetes de la República, algunos belarminos, un reloj de pulsera, varios tiques de la FEVE a Moreda de 1979 que mi madre afirma haber recogido en los bolsillos de sus abrigos, dos fotos de carné, un pin del partido, un par de llaves de maleta. Bajo su fondo acartonado, se ocultaban tres cuadernos. Alojan la impecable letra de mi abuelo. Están dos de ellos ocupados por problemas: “reglas de tres simples” reza el título del primero, “problemas de geometría” advierte el segundo en su exterior. El tercero es un poco más grande, guarda algunos poemas; la fuerza de otra época que emana el manuscrito. De algunos indica su autor, otros simplemente los firma.

Mi abuelo era minero y no llegué a conocerlo, pero puedo imaginar –equivocándome, es muy probable- el significado que le daba al primer poema que aparece en el cuaderno, cuyo origen no he podido determinar (encantado de que algún entendido me resuelva la duda): Recordando la muerte de mi compañero. Tras el último verso, simplemente dejó: Los Tableros, día 24 de septiembre de 1949. Marcelino Cobos.


RECORDANDO LA MUERTE DE MI COMPAÑERO

¡Qué triste destino,
qué triste es la vida
para el pobre mozo
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!

A la tenue luz
de una lamparilla,

de sudor y polvo
su cuerpo le brilla,
que el corte esta duro
y hay que darlo a pica.

Pero hay un momento
que el rostro se anima
y en su negra cara
se ve una sonrisa
que inunda su cuerpo
de franca alegría.

-¿Por qué así sonríe?
-No lo acertarías.

El pobre minero
se acuerda en la mina
de aquella morena
que tanto quería,
y dice entre dientes
hablando a la mina:
“Mina, no me mates;
respeta mi vida,
ni en mi cara marques
tus negras heridas,
que, luego, pintado,
ya no me querría
ni besar siquiera
mi cara teñida.”

Trabaja afanoso,
trabaja deprisa
pensando que faltan
ya muy pocos días
para ver de nuevo
su mina querida.

Ya no le parece
tan dura la vida,
ya no le parece
tan negra la mina;
lleno de ilusiones,
canta mientras pica.

Mas de pronto nota
que mal se respira,
se extingue la llama
de su lamparilla…
le duelen las sienes…
su pecho se agita.

Corre como un loco
buscando salida
y ve con espanto
que tiene abstraída
la única calle
que tiene a la vida.

Una quiebra horrible
que ruge y se agita
deja al pobre mozo
encerrado en vida
¡entre las paredes
de la oscura mina!

Su cara le arde,
sus piernas vacilan,
ya murió la llama
de su lamparilla,
ya le falta el aire…
¡se le va la vida!

Y entonces se acuerda
de aquella niñita
que tanto mimaba,
que tanto quería…
de su buena madre,
de cosas divinas.

Sin tregua trabajan
las palas y picas
para pasar pronto
la quiebra maldita
que dejó encerrado
al buen mozo en vida.

Dos días tardaron
por fin en hallarle
y en una camilla
sacaron cadáver
al mozo optimista
de dos día antes.

Ya en la bocamina
vieron al mirarle
de alegre sonrisa
cubierto el semblante.
¡Qué dulce –pensaron-
su último instante!

Y es que el pobre mozo
terminó su vida
pensando en la novia,
pensando en la niña,
que tanto mimaba,
que tanto quería.

Esta triste historia
de mi pensamiento
es la historia triste
de todos los muertos
que caen en la mina
en todo momento.

Son héroes anónimos…,
pronto les olvidan
amigos y novia
sus jefes de mina.

Tan solo la madre
llora noche y día
pensando en el hijo
que perdió su vida
sin nadie endulzarle
su triste agonía.

Por ellos os pido
una honda plegaria
y decir: “¡Presentes!”,
que son camaradas
que también murieron
por bien de la Patria.

¡Qué triste el destino,
qué triste es la vida
del pobre minero
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!...

lunes, noviembre 21, 2011

Constructores de mundos.

Se trataría del descubrimiento más importante de todos los tiempos: no estamos solos en el Universo. La estrella Taranis se encuentra a veintiún años luz de la Tierra, en la constelación de Eridanus. A su alrededor, se organiza un sistema planetario, como tantos descubiertos hasta la fecha. Su tercer planeta interior, Epona, sufre una glaciación prácticamente eterna. Sin embargo, este mundo presenta un ciclo climático muy peculiar. Cada cien millones de años la actividad geológica sube la temperatura hasta valores adecuados para la vida durante un periodo que dura aproximadamente diez millones de años. Los científicos han descubierto una sorprendente variedad de formas alienígenas adaptadas a estas condiciones ecológicas. No es ciencia ficción, se trata de un proyecto multidisciplinar iniciado durante un congreso de la organización CONTACT en 1993. En él se estructuraron dos grupos de trabajo. Uno de ellos crearía un mundo virtual alienígena, otro describiría una civilización humana capaz de llevar a cabo vuelos interestelares. La meta del proyecto consistía en simular un primer encuentro. Más de una treintena de especialistas de un abanico de campos que van desde la astrobiología, la química, la antropología… hasta la literatura de ciencia ficción, se congregaron en torno a Martyn J. Fogg cuando distribuyó el boletín Cultures Of the Imagination Mundi Newsletter (COTI Mundi). En 1995 se creó un grupo estable, WorldBuilders, que continuó con el trabajo de diseño de Epona. El resultado es un gran esfuerzo de creatividad y cooperación que pretende recrear la complejidad de un mundo que se fue desarrollando con cada nueva conferencia. En la página web se ofrecen datos de su geografía, características climáticas, esquemas filogenéticos de sus formas de vida, historia geológica, detalles anatómicos de criaturas y plantas y un largo etcétera de matices que invito a descubrir.