martes, marzo 25, 2008

Ciclo 3161.

Otro ciclo para tus páginas. El número del encabezamiento lo hace distinto de los demás. ¡Quién sabe! Podría tratarse del fin, podría ser el comienzo. Al tiempo que la razón trata de barrer a golpes los últimos rastros de un chico esperanzado, el corazón me insiste a cada inspiración en lo especial de ese hoy; en cómo, a cada ciclo que pasa, estamos más cerca de la libertad. Ciertamente, un día más de tinieblas.

Una vez más junto a Dampin, a la salida de La Eterna, una vez más hablando conmigo mismo, cuestionándome las enseñanzas de la infancia. Sé que es un tema recurrente, pero no puedo dejar de darle vueltas. Dudo de esa época de la que nos hablan, en la que la humanidad no estaba confinada en reductos amurallados; dudo de las leyendas acerca de la luz omnipresente y la abundante vegetación salvaje. Suena todo a mentira, una mentira que alimenta nuestro ego mientras desempeñamos a la perfección la función del ganado.

A estas alturas ya no hay fuerzas ni para simular una actitud resuelta ante Amalia. ¿Por qué no acabar con todo de una vez? En más de una ocasión me vi tentado por esas horribles perspectivas. Abrir las puertas, partir hacia el único paraíso que podremos lograr.

¡Por lo Divino, que no lo hago por Nairn! Es tan inocente, tan ajeno a lo que ocurre... ¡Maldita sea! ¡Para qué perpetuarnos! ¿Para seguir sufriendo? Para dar en herencia un libro salpicado de sangre y lágrimas. Para prolongar nuestra agonía.

Hoy la herida de Dampin supuraba más de lo habitual. Los cambios en la mordedura nunca presagian nada bueno. La maldad llamaba a sus portadores, recreándose en nuestra desesperación. Las bestias estaban cerca. Acechando entre las sombras más allá de las murallas, muy posiblemente maldiciendo nuestros fuegos, a la espera de que un arrebato arrastre a algún loco (quizás el más razonable de todos) a tirarse desde las almenas.

No hace mucho tiempo del último ataque. Siluan nos dirigió una vez más, y una vez más aplazamos el último ciclo. El amor que sentimos hacia nuestros parientes nos traiciona desde el principio, nos ata, nos incita irremediablemente a prolongar su tortura; no me extrañaría que fuera otra obra demoníaca. Todavía se respira el humo de las enormes piras funerarias, ese hedor de la carne quemada que me produce náuseas. Mientras esas llamas se mantengan vivas nos dejarán tranquilos. Todo lo tranquilo que alguien puede estar en el ojo del huracán.

Extracto del Diario de Penol.

1 comentario:

paupablo dijo...

Ahora yo también tengo blog, a saber qué será de él :P