sábado, diciembre 29, 2007

El don efímero. (2004)

Veo perfectamente y tropiezo en cada bordillo. Pese a todo, consigo asirme a las farolas. El frío y la impasibilidad del metal. A menudo me pregunto qué ocurre, incapaz de pararme a responder. Recordándome cuán desgraciado me hace sentir el ocio.

El continuo susurro entre jadeos me recuerda la desgracia, las bombillas fundidas, la sombra donde la luz antaño embargaba. Pienso en mis libros, en todos aquellos relatos que hablan de una realidad sensorial. La dulce mentira infunde nostalgia sin haberla vivido. Sea maldita en la mente de los hombres, y maldición de éstos su sabiduría.

Aferro el pomo de la puerta, en un anhelo de seguridad. Dentro, mudas siluetas buscando color en el lugar equivocado.

Como atisbo del éxtasis, el contacto del canto del vaso en la yema del medio. Veo en el péndulo, sin mirarlo, su frustración. Un sorbo de vida mueve espasmódicamente una de las manecillas. Un instante menos de tortura, aventurado por aquel altar rendido a la agonía de la esperanza.

Pero incluso aquí, inexorablemente, entre el humo que impregna las prendas, me persigue, hundiendo mis hombros, el peso del deber temido; tendido sobre la mesa por una mano severa, impasible.

Una de las siluetas se refiere a mí. Mueve torpemente su boca en un intento imitativo por reproducir uno de esos diálogos grabados en nuestras psiques.

¡No! ¡No me impregnen de blasfemia tus vanas palabras!

El golpe de la silla al caer se derrama en mis oídos y corro hasta que mi rostro atraviesa el vapor de mi aliento.

La gama de grises, hace tiempo, no se mezcla. La cara empapada, noto mis labios temblar. Un chasquido, maldigo al charco mientras miro hacia atrás. El repentino movimiento resiente mi cuello agarrotado. Tan sólo eso, oscuridad. Y algo más, sus tentáculos apoderándose de mí. Grito ahogadamente. ¡No respiro! Un traspié me viene abajo. No quiero, ¡no puedo levantarme! Inútil mi voluntad, no responden los miembros. ¡Es el miedo recorriendo mis vértebras! Me revuelvo en el suelo. La ropa se ciñe a mi cuerpo, me retiene. ¡Ahí está la araña! Miedo a manchar una vida en un mundo de muertos.

¡No! ¡No me rendiré! Me levanto al fin, el asfalto raspa la planta de uno de mis pies. El pantalón se interpone en mi avance, un tirón vuelve a desplomarme. Mi mano bloquea una corriente hacia un desagüe. Se torna de rojo.

Ahora no siento la nariz, el frío del agua está haciendo su efecto. Reanudo mi camino. Soy consciente de mi cojera. ¡Diablos! ¡Tengo un cometido que cumplir! Mis pasos siguen el ritmo de mis intermitentes jadeos.

¡Demasiado lento! Me apuro.

La imagen frente a mí se va por momentos, no consigo distinguir con claridad. No puedo más. Mi mano no consigue afianzarse sobre el borde y me sumerjo irremediablemente en el estanque.

Colillas surcan mi cara regidas por los altibajos del agua, me alegra pensar que no puedo percibir el nauseabundo hedor. Alcanzo algo, la estatua de la fuente. Todas mis fuerzas logran sacarme del fango. Agarrado al hombre de piedra, sofocando mi fatiga.

¡Siento cómo hurga su mirada!

Y veo temor en los ojos de una mujer esclavizada por prejuicios.

Usted no comprende...

Le grito, se va. Cegado, intento perseguirla en vano a través de chapoteos. Todo se nubla, todo da vueltas. Un golpe en el costado.

Algo me despierta, quizá mi sentido de la responsabilidad. Mi espalda reposa incómodamente en el borde de la fuente y de mi cabeza inclinada hacia el suelo fluye un hilo de sangre.

Estoy cerca, no puedo rendirme ¡No ahora!

Me incorporo, ignoro el tembleque de mis piernas ¡Más aún! Camino decididamente hasta casa. Sólo vivo para esa vida, ese milagro, esa pureza. No quiero que nadie se la arrebate, no quiero que se pierda como el resto ¡No debería haber nacido en un escenario tan deplorable! Me desgarro la camisa, siento mis dientes arrancando mis labios, mis ojos vidriosos, y un gusto a metal salado en la lengua. ¡He de volver! Me sorprendo a mí mismo corriendo. Unas luces llaman mi atención, un frenazo, otro golpe.

Un estruendo, las palmas abiertas sobre el capó. Los ojos, inyectados en sangre, se reflejan en la luna delantera. No distingo a los ocupantes tras el ir y venir de los limpiaparabrisas.

¡Ni vosotros, ni nadie en este asqueroso mundo, conseguirá arrebatarle su emplumada inocencia mientras yo siga con vida!

Gateo las escaleras al borde del desmayo. Tras de mí, un rastro de sangre ennegrecida. Me pregunto si me habré conservado lo suficientemente puro, si seré digno de volver, si me he perdido para siempre.

Poso el dedo en el timbre. Tras la puerta, una de las personas más importantes para mí, acudiendo a la llamada.

Se abre, y me deslumbra.

Ya en la habitación, contemplo la belleza. Mi hijo duerme, ajeno a todo cuanto pasa. Mi mujer me acerca, su expresión mezcla alivio y compasión. Me besa.

Por un costado de la cuna asoma una de sus alas. Una pluma se desprende, degradándose en su vaivén, del blanco al negro en distintos tonos de gris. Testigo de aquel desecho, mi alma se entrega a la desgracia.

Mi mujer me mira, me comprende. Y tiende la mano en silencio ansiando recuperarla.

3 comentarios:

so dijo...

esto ya me gusta mas ;p

sarina dijo...

A pesar d q m dijist q no t escribiera mas, voy hacerlo y si! cn algo q no tiene q ver con el texto, jaja, t escribo para decirte q hoy lo paseis mb!! penita q no nos veremos... y no bebas tanto q acabes en una fuente o algo parecido!

nos vemos en el 2008!!!!!!!

Pablo dijo...

Qué tiempos.