domingo, marzo 11, 2012

Una versión semiótica de Milan Kundera.

A estas alturas no es ningún secreto que Milan Kundera forma parte de mi lista de autores favoritos. La interpretación que ofrecen sus novelas ayuda a identificar el momento que estás viviendo; actúan, por decirlo de alguna forma, como un pozo al que asomarse y mirar en qué te has convertido.


Para que el hombre sea hombre, tiene que atravesar la imposibilidad del retorno. Todas las situaciones básicas de la vida son sin retorno.

La broma. Milan Kundera.


Escribía en otra ocasión que Milan Kundera es un escritor emocional, que no un escritor de emociones. Hablaba del juego de la óptica, de la incapacidad de evocar el presente o de recordar una versión purista del pasado. Del carácter retrospectivo de las emociones, articuladas siempre con la visión que, a modo de ficción, hemos ido confeccionando de nuestras experiencias; de la propia vida. Su primera novela, La broma, gira precisamente en torno a este dilema: la concepción teleológica de nuestra vida. Es el devenir mismo de acontecimientos el que fragmenta nuestro destino, como una red de variables que convergen en nódulos a los que atribuimos una importancia crucial. Estas confluencias se expresan en momentos que grabamos a fuego como referencia y erigimos en mitos, clavos ardiendo a los que agarrarnos que cuidamos de manera regular, reforzándolos y conmemorándolos con una suerte de liturgia interiorista con la que pretendemos amueblar nuestra cabeza y dar sentido a nuestros actos.

Lo que se nos descubre en la novela es que hay en esta práctica común una instrumentalización de la realidad, una tiranía hacia nuestros semejantes al adscribirles el papel de musa, villano, amigo o buen samaritano. Al estereotiparlos negamos su diacronía: los congelamos en el tiempo. Ejercemos un despotismo natural, degradándolos a meras piezas en nuestro mecanismo perfecto.

Porque no son los enemigos los que lo condenan a uno a la soledad, son los compañeros.

La broma. Milan Kundera.


Y por eso, cuando volvemos a verlos, tenemos que lidiar con el pavor de sentarnos frente a un desconocido.

domingo, febrero 12, 2012

¿Y por qué la ciencia ficción?

Cedo sin más la palabra a Fernando Ángel Moreno:

¿Y por qué la ciencia ficción?
Emplearé dos anécdotas para responder a esta pregunta.
Algunas de las palabras más hermosas que se han expresado fueron pronunciadas por un físico. En cierta ocasión, Carl Sagan explicando el origen del Universo metió las manos en los bolsillos –presentaba la serie de televisión Cosmos- y con una sonrisa nos dijo:

"Estamos hechos de polvo de estrellas."

Podría haberlo explicado refiriéndose a los elementos que se crean en las estrellas con las reacciones nucleares o a que toda la materia de los planetas proviene de explosiones de supernovas…
Pero no, no quiso explicarlo así: "Toda la materia del Universo tiene el mismo origen".
Por el contrario, dijo: "Estamos hechos de polvo de estrellas".
¡Pero habría significado exactamente lo mismo!
¿O no?
La segunda anécdota se basa en una de esas tontas bromas de adolescentes y de aquellas absurdas discusiones de “ciencias” contra “letras”.
En una ocasión le comenté a mi buen amigo Mario Castro, hoy todo un doctor en física teórica y profesor universitario, un tonto y viejo chiste contra la gente de su entorno: "¿Sabías, Mario, que para un científico las cataratas Victoria, el océano Atlántico, el rocío de la mañana sobre la hoja y una lágrima son lo mismo: H2O?" Y él, muy feliz por brindarle tan magnífica oportunidad para fastidiarme, respondió:
-Cierto. ¿No es maravilloso?
Aunque no lo parezca, ninguna de las dos anécdotas trata sobre la ciencia. Tratan sobre la manera de mirar la realidad, sobre esa manera que llevó –según cuenta la leyenda- a exclamar a Galileo: "Y, sin embargo, mira tú, se mueve". Es la idea que, nos guste o no, por muy relativistas que nos pongamos, por mucho que hablemos de la falsedad de nuestras percepciones, por mucho que alucinemos con los textos de Feyerabend o Lyotard en contra del pensamiento o del método científicos, lo cierto es que si nos arrojamos desde un rascacielos nos espachurramos contra el suelo. Podemos hablar de opiniones, de interpretaciones, de “las muchas realidades”, pero no volamos por nosotros mismos. Es decir, la realidad queda por encima de nuestras apetencias, de nuestras emociones, de nuestros sueños y, ante todo, de nuestra necesidad de darle sentido a la existencia.
Hay una realidad, aunque cada uno la entendamos como nos venga en gana (o como le venga en gana a nuestro subconsciente, vaya).
También comentaba Feynman que la física moderna –podemos aplicarlo a la realidad- es difícil de entender porque nos empeñamos en reducir la realidad a términos de lógica humana y que, para bien o para mal, la realidad no tiene nada que ver con eso: hay que aprender a aceptarla como es, por muy caprichosa y malcriada que nos parezca.
En fin… Existe toda una literatura, un género repleto de muchos subgéneros pequeñitos, enormes, raros, espectaculares, íntimos, de todo tipo; una experiencia estética que basa su funcionamiento –y el efecto que crea- en esta manera de observar la realidad.
Esa literatura es la literatura de ciencia ficción.
Las dos anécdotas que he compartido aquí me han servido durante años para entender el mundo de la ciencia, es cierto, tan parecido al de la literatura, pero me sirven ahora ante todo para entender cómo lo científico (esa manera de mirar), lo literario y lo humano son tres facetas de una misma idea en esta extraña ciencia ficción.
Y me han servido para entender, ¿quién lo iba a decir?, la singularidad de lo poético.

Teoría de la Literatura de Ciencia Ficción. Poética y retórica de lo prospectivo. Fernando Ángel Moreno.

lunes, febrero 06, 2012

Traicionadas por la espontaneidad del desconcierto.

Como seguramente la mayoría de nosotros estemos saturados de leer noticias descorazonadoras, de tolerar opiniones que rozan el límite de la racionalidad o de oír contar sucesos que ponen a uno de mal humor, quisiera aportar la guinda dulce del día homenajeando a todas esas personas anónimas que, sin una razón interesada que mueva sus actos, consiguen alegrarte lo que queda de tarde. Hablo, por supuesto, de encuentros fortuitos o conversaciones imprevistas que logran arrancarte una sonrisa bajo la lluvia. No me cabe duda de que todos reconocemos esas sonrisas que se avergüenzan casi inmediatamente, tras materializarse –y no necesariamente en la cara-, al darse cuenta de su actitud infantil negándose a dejarse ver por sí solas, siendo reacias a cruzar los puentes tendidos por manos conocidas, para ser seducidas ingenuamente por un sendero ignorado, traicionadas por la espontaneidad del desconcierto.

Todo esto viene porque hoy me he acordado de una chica que me encontró, el último día que estuve en Roma, apoyado contra mi enorme maleta esperando al autobús. Tras dos meses y medio de relativa introspección aseguro que sorprende sobremanera que alguien se te acerque y te pregunte sencillamente qué haces allí, te recomiende esperar otra línea de autobús y se ofrezca a acompañarte y te dé conversación. Es más que probable que no volvamos a vernos nunca -se llamaba Silvia, o Silvana, no recuerdo bien; y entendí que investigaba una confusa relación entre el ARN y el cáncer de próstata-: ni nos reconoceríamos, ni falta que hace. Nos despedimos con un apretón de manos, recordándonos los nombres (con fatal resultado por mi parte como habéis visto), y deseos de buona fortuna. Había dejado la residencia con una amarga sensación de fugacidad y cogí el metro en Anagnina con una ingenua sonrisa; tratando de no olvidar de nuevo que las cosas que escapan a nuestro control siguen siendo mayoría.

martes, enero 03, 2012

Lecturas de 2011.

Damas y caballeros, ya está aquí la entrada más esperada del año (y paradójicamente también la primera). Con todos ustedes… las lecturas de 2011. Como siempre, he colocado un poco de todo sobre la mesa, aunque el cóctel viene en esta ocasión aderezado con un toque poético que espero que siente precedente. Como siempre también, me gustaría dejar claro desde ya que toda opinión que se emita a continuación es estrictamente personal, y como tal subjetiva y condicionada por los innumerables prejuicios que tanto me ha costado consolidar a lo largo de los años. Sin más, entramos en harina.

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami, encabeza la lista de novelas (lleva un orden cronológico). Me ha parecido un libro mágico, propicio para alejarse del mundo con una sonrisa no del todo feliz.

Sobre Estrella roja, de Alexander Bogdánov, ya me explayé hace meses; un clásico de la distopía comunista.

Otro clásico –clásico entre los clásicos- lo siguió: el angustioso, elegante, contenido, nostálgico Drácula, de Bram Stoker.

Del brutal Houellebercq -tan seductor como siempre quien canta desde la miseria-, Ampliación del campo de batalla; interesante parada en la que saborear un cigarrillo de cara al vacío.

Tras un breve parón, retomé mis lecturas de ciencia ficción con La invasión divina; delirante obra de Phillip K. Dick que ofrece una revitalización del mito de la salvación. No es de risa, pero sí divertida.

Tintes colonialistas desde el nuevo continente, el encantador Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote. Te arrobará su protagonista.

La novela de ciencia ficción de Rosa Montero, Lágrimas en la lluvia, me tuvo enganchado durante un puñado de días. Confieso que me leí más de trescientas páginas durante las primeras veinticuatro horas. Tremendamente adictiva, seduce con una combinación de intriga, acción, reflexión y, sobre todo, una obsesión por la muerte (o por la vida, según se mire) compartida a su manera por diferentes personajes. Aunque para mí le sobre una pizca de benevolencia, se trata de una obra fantástica y cien por cien recomendable.

Explorando autores españoles me encontré con Sombras en Titán, de José Antonio Suárez. Tiene buenas ideas, pero hace uso de un estilo precipitado, demasiado directo para mi gusto. Husmeando por la red he visto que se habla mejor de otros de sus títulos.

Descubrí a Amèlie Nothomb con Estupor y temblores, una novela corta de carácter autobiográfico que utiliza la ironía como lenguaje de la crueldad en un contexto de choque cultural.

La cuarta entrega de la saga La Herejía de Horus de Warhammer 40K, lleva por título La huida de la Eisenstein y nos lo trae James Swallow. Ya he comentado sobre ella, a mi parecer supera con creces la entrega anterior.

La nueva expresión de la ciencia ficción ecologista tiene por título La chica mecánica y llega de la mano de Paolo Bacigalupi. Se trata de una oscura trama político-económica que involucra a seres de distinta naturaleza.

Me aventuré con Javier Marías, leyendo Mañana en la batalla piensa en mí; una novela muy lenta y reiterativa que, pese a todo, no consiguió despegarme del papel hasta el mismo final.

También probé con Almudena Grandes y Te llamaré viernes, aunque con algo menos de suerte. Es una novela con todos los ingredientes de una historia contemporánea: personajes inadaptados que buscan huir de la soledad, un pasado por desvelar y cierto toque de magia en los acontecimientos; pero por algún motivo que desconozco no consiguió conmoverme.

Esperó durante años en el armario, pero fueron otras razones las que me empujaron a leer El nombre de la rosa, de Umberto Eco. No necesita presentación; excelentísima novela histórica con tintes de suspense y alma de clásico. Indispensable.

Ya he hablado en este blog de Lágrimas de luz, la novela de ciencia ficción de Rafael Marín. Compone una distopía futurista combinando la sensiblería más rozagante con los aspectos más crudos de los acontecimientos. Bastante recomendable para los amantes del género.

En la novela Cronopaisaje, de Gregory Benford, se hace un tratamiento original y más realista del viaje en el tiempo; ¿deformación profesional?, destaca la exactitud con la que humaniza el día a día de los científicos.

Tuve también la oportunidad de disfrutar de un ejemplar del segundo libro de relatos editado por Tres Rosas Amarillas, un volumen muy cuidado que recoge tres obras que parecen salidas de la niebla; sus autores: María José Codes, Pablo Lobo y Magdalena Tirado.

André Gide desdibuja los límites de la libertad en El inmoralista, una novela con tintes autobiográficos que llama la atención por la introspección decadente de su personaje. Me ha gustado mucho; lo mejor, sin duda, los diálogos con Oscar Wil… digo, con Ménalque.

Y, para rematar, La bomba increíble, una novela de ciencia ficción del poeta del 27 Pedro Salinas. Se trata de una historia apocalíptica en clave simbólica; buenísima, y muy bien escrita.

Del perezoso despertar de mi interés por la poesía, son varios los culpables. Empezaré incriminando a mi amigo Pablo Lobo; pero no será el único. Saboreé por mi cuenta y riesgo –un riesgo que merece mucho la pena correr- Cuaderno de Nueva York de José Hierro. Alba Pascual también se lleva su parte con sus Coordenadas del frío. Y quisieron las circunstancias ponerme en el medio y que descubriera a otros dos poetas geniales: Laura Casielles, con Los idiomas comunes; y José María Gómez Valero, con Los augurios.

Entre los libros que me ha tocado leer este año para preparar algunas asignaturas de Antropología se encuentra Las mujeres samis del reno, un ensayo de Solveig Joks que pretende analizar la situación económica y social de la mujer en el sector, resaltando su falta de visibilidad y representación en las instituciones.

En La lógica de la investigación etnográfica, de Honorio Velasco y Ángel Díaz de Rada, pude leer nociones básicas a tener en cuenta a la hora de producir textos etnográficos. Proporciona una visión muy general del alcance del problema y las diferentes estrategias que se adoptan tanto a la hora de plantear inicialmente la investigación, como para lograr el acceso a la información durante el trabajo de campo, registrarla convenientemente o la composición del texto final; así como un vistazo a los diferentes conflictos socioculturales y éticos con los que suelen encontrarse los investigadores.

El libro Etnografía, de Martyn Hammersley y Paul Atkinson, actúa de alguna forma como complemento del anterior, aunque puede leerse independientemente de aquél.

Si lo que quieres es ponerte al día con la evolución biológica del ser humano, Senderos de la evolución humana, de Camilo José Cela Conde y Francisco J. Ayala, es tu libro. Proporciona una descripción detallada de los yacimientos más importantes y los dilemas que plantea la taxonomía.

Eugenia Ramírez Goicoechea defiende una línea que se aleja del reduccionismo genético en Evolución, cultura y complejidad. Introduce algunos conceptos interesantes, como la noción de autopoiesis o de complejidad; y también da nociones sobre la crítica de Richard Lewontin al adaptacionismo y sobre los programas evo-devo. En el libro se utiliza un lenguaje muy farragoso, pero ofrece –independientemente de su aplicación biológica- un nuevo enfoque para abordar problemas de toda índole.

La Introducción histórica a la Antropología del Parentesco, de Juan Aranzadi Martínez, proporciona las nociones básicas para la comprensión de textos de esta rama de la disciplina. Tiene que interesarte mucho el estudio del parentesco, es un poco denso; pero se entiende bien. Es muy curioso ver cómo el etnocentrismo y la ideología de la época se apoderan especialmente de los primeros planteamientos en torno a la familia nuclear formada por padre, madre e hijos. El estructuralismo de Lévi-Strauss llama mucho la atención por su ambición conceptual y también resulta particularmente interesante un capítulo dedicado al parentesco biológico, donde se abordan cuestiones referentes a sexualidad y a las nuevas configuraciones de familias propiciadas por la adopción, la subrogación o las técnicas de reproducción asistida.

Robert Parkin y Linda Stone compilan en Antropología del parentesco y de la familia una serie de textos de diferentes autores y épocas, que pretenden tocar la mayor parte de los temas tratados en la introducción.

El ayer y el hoy: Lecturas de antropología política. Volumen I. Hacia el futuro. Bajo este título se esconde una compilación de Aurora Marquina Espinosa de textos que resaltan diferentes aspectos estudiados en Antropología Política. Muy variado: desde ensayos sobre clasificación de las diferentes estructuras políticas en África, hasta ejemplos concretos de conflictos étnicos o nacionales, escritos humanísticos o críticas a la concepción de la globalización como fase insólita y revolucionaria en la evolución de la organización social.

Casi no me ha quedado tiempo para la divulgación: un libro de Stephen W. Hawking, La teoría del todo, que parece ser un refrito de todos los demás; La cultura norteamericana contemporánea, un interesantísimo ensayo de Marvin Harris que pretende explicar la situación de crisis económica de la sociedad estadounidense de los años ochenta; un libro sobre Marte -sus referencias a lo largo de la historia, sus primeras observaciones, los canales, las misiones espaciales, la ciencia que hay detrás de cada descubrimiento, hasta su repercusión en el cine y la literatura-, Marte y vida: ciencia y ficción, de Bartolo L. Luque y Álvaro Márquez; y Genes, pueblos y lenguas, de Luigi Luca Cavalli-Sforza, el libro de divulgación de la genética de poblaciones y donde se suministra una interpretación cronológica acerca de la difusión del Homo Sapiens por los diferentes continentes.

miércoles, diciembre 28, 2011

Recordando la muerte de mi compañero.

Volver a casa siempre levanta temores. Descubro detalles en los que no reparaba. Me fijo en la D invertida junto al marco, extraño la vieja puerta. Al entrar siempre me llama la atención el extremo cuidado que trasluce la disposición de los muebles, la decoración; siempre el orgullo de algo nuevo, la ilusión de algo por cambiar, el melancólico algo por conservar. A la vista se presenta como una suerte de densidad y cariño que hace que todas las habitaciones aparenten pequeñas, acogedoras, de apacible murmurar. Camino despacio, por el pasillo, esperando aspirar el olor de lo desconocido que nunca está ahí. Los estantes llaman, instan a tocar figuras, a manosear los libros en los entrepaños; la mirada colgada en los retratos atenta a cada uno de los movimientos. Los cajones, ni abrirlos; salvo que busque una de aquellas melodías lejanas que trastocan mi ánimo el resto del día.

Ayer mismo di de palabra con un viejo joyero, a modo de caja de Pandora –hay miseria en el recuerdo-. Al sacarlo a la luz liberamos un puñado de monedas, billetes de la República, algunos belarminos, un reloj de pulsera, varios tiques de la FEVE a Moreda de 1979 que mi madre afirma haber recogido en los bolsillos de sus abrigos, dos fotos de carné, un pin del partido, un par de llaves de maleta. Bajo su fondo acartonado, se ocultaban tres cuadernos. Alojan la impecable letra de mi abuelo. Están dos de ellos ocupados por problemas: “reglas de tres simples” reza el título del primero, “problemas de geometría” advierte el segundo en su exterior. El tercero es un poco más grande, guarda algunos poemas; la fuerza de otra época que emana el manuscrito. De algunos indica su autor, otros simplemente los firma.

Mi abuelo era minero y no llegué a conocerlo, pero puedo imaginar –equivocándome, es muy probable- el significado que le daba al primer poema que aparece en el cuaderno, cuyo origen no he podido determinar (encantado de que algún entendido me resuelva la duda): Recordando la muerte de mi compañero. Tras el último verso, simplemente dejó: Los Tableros, día 24 de septiembre de 1949. Marcelino Cobos.


RECORDANDO LA MUERTE DE MI COMPAÑERO

¡Qué triste destino,
qué triste es la vida
para el pobre mozo
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!

A la tenue luz
de una lamparilla,

de sudor y polvo
su cuerpo le brilla,
que el corte esta duro
y hay que darlo a pica.

Pero hay un momento
que el rostro se anima
y en su negra cara
se ve una sonrisa
que inunda su cuerpo
de franca alegría.

-¿Por qué así sonríe?
-No lo acertarías.

El pobre minero
se acuerda en la mina
de aquella morena
que tanto quería,
y dice entre dientes
hablando a la mina:
“Mina, no me mates;
respeta mi vida,
ni en mi cara marques
tus negras heridas,
que, luego, pintado,
ya no me querría
ni besar siquiera
mi cara teñida.”

Trabaja afanoso,
trabaja deprisa
pensando que faltan
ya muy pocos días
para ver de nuevo
su mina querida.

Ya no le parece
tan dura la vida,
ya no le parece
tan negra la mina;
lleno de ilusiones,
canta mientras pica.

Mas de pronto nota
que mal se respira,
se extingue la llama
de su lamparilla…
le duelen las sienes…
su pecho se agita.

Corre como un loco
buscando salida
y ve con espanto
que tiene abstraída
la única calle
que tiene a la vida.

Una quiebra horrible
que ruge y se agita
deja al pobre mozo
encerrado en vida
¡entre las paredes
de la oscura mina!

Su cara le arde,
sus piernas vacilan,
ya murió la llama
de su lamparilla,
ya le falta el aire…
¡se le va la vida!

Y entonces se acuerda
de aquella niñita
que tanto mimaba,
que tanto quería…
de su buena madre,
de cosas divinas.

Sin tregua trabajan
las palas y picas
para pasar pronto
la quiebra maldita
que dejó encerrado
al buen mozo en vida.

Dos días tardaron
por fin en hallarle
y en una camilla
sacaron cadáver
al mozo optimista
de dos día antes.

Ya en la bocamina
vieron al mirarle
de alegre sonrisa
cubierto el semblante.
¡Qué dulce –pensaron-
su último instante!

Y es que el pobre mozo
terminó su vida
pensando en la novia,
pensando en la niña,
que tanto mimaba,
que tanto quería.

Esta triste historia
de mi pensamiento
es la historia triste
de todos los muertos
que caen en la mina
en todo momento.

Son héroes anónimos…,
pronto les olvidan
amigos y novia
sus jefes de mina.

Tan solo la madre
llora noche y día
pensando en el hijo
que perdió su vida
sin nadie endulzarle
su triste agonía.

Por ellos os pido
una honda plegaria
y decir: “¡Presentes!”,
que son camaradas
que también murieron
por bien de la Patria.

¡Qué triste el destino,
qué triste es la vida
del pobre minero
que se pasa el día
entre las paredes
de la oscura mina!...

lunes, noviembre 21, 2011

Constructores de mundos.

Se trataría del descubrimiento más importante de todos los tiempos: no estamos solos en el Universo. La estrella Taranis se encuentra a veintiún años luz de la Tierra, en la constelación de Eridanus. A su alrededor, se organiza un sistema planetario, como tantos descubiertos hasta la fecha. Su tercer planeta interior, Epona, sufre una glaciación prácticamente eterna. Sin embargo, este mundo presenta un ciclo climático muy peculiar. Cada cien millones de años la actividad geológica sube la temperatura hasta valores adecuados para la vida durante un periodo que dura aproximadamente diez millones de años. Los científicos han descubierto una sorprendente variedad de formas alienígenas adaptadas a estas condiciones ecológicas. No es ciencia ficción, se trata de un proyecto multidisciplinar iniciado durante un congreso de la organización CONTACT en 1993. En él se estructuraron dos grupos de trabajo. Uno de ellos crearía un mundo virtual alienígena, otro describiría una civilización humana capaz de llevar a cabo vuelos interestelares. La meta del proyecto consistía en simular un primer encuentro. Más de una treintena de especialistas de un abanico de campos que van desde la astrobiología, la química, la antropología… hasta la literatura de ciencia ficción, se congregaron en torno a Martyn J. Fogg cuando distribuyó el boletín Cultures Of the Imagination Mundi Newsletter (COTI Mundi). En 1995 se creó un grupo estable, WorldBuilders, que continuó con el trabajo de diseño de Epona. El resultado es un gran esfuerzo de creatividad y cooperación que pretende recrear la complejidad de un mundo que se fue desarrollando con cada nueva conferencia. En la página web se ofrecen datos de su geografía, características climáticas, esquemas filogenéticos de sus formas de vida, historia geológica, detalles anatómicos de criaturas y plantas y un largo etcétera de matices que invito a descubrir.

lunes, noviembre 14, 2011

Mi incondicional.

Abrazaba mi mochila bajo el manto gris de noviembre. Las casas se desparramaban por el rabillo del ojo, confundiéndose con los reflejos del cristal. Algunas personas caminaban por las calles y no parecían especialmente alegres. Casi sentí curiosidad por el lugar, aquella molesta parada que siempre retrasaba mi llegada al aeropuerto. No tenía prisa esta vez, Barcelona no se movería de su sitio por mucho tiempo y el avión no despegaría hasta dos horas después. De repente me di cuenta de que había olvidado meter una toalla. Reparé en la mochila, que iba medio vacía y parecía un poco sucia. Silenciosa entre mis piernas se me ocurrió que pudiera estar cansada. Durante los últimos dos meses la he llevado a la espalda casi a diario. Durante los últimos siete u ocho años me ha hecho un servicio inestimable. Nadie imaginaba el día que la compré por menos de veinte euros en Oviedo que se convertiría en mi inseparable compañera de fatigas; que sufriría tirones, la lluvia, sobrepeso, el persistente asedio de la arena, las olas de calor, el humo de los bares –cuando aún se podía fumar-, partidas inesperadas, el polvo del camino, un sinfín de madrugones, sin lanzar apenas el más modesto de los quejidos cuando la levantaba del suelo, o la llenaba precipitadamente, o la dejaba caer contra la firmeza de un asiento de autobús; que llevaría ropa, libros, ordenadores portátiles o comida, sin el más mínimo remilgo; que vigilaría mi espalda en Varsovia, en Madrid, en Londres, en Ginebra, en Ámsterdam, en Praga, en Bratislava, en Valencia, en Budapest, en Granada o en Berlín; que sería mi concha en interraíles, mi almohada de aeropuertos, mi avituallamiento en la montaña; que sostendría toallas mientras se secaran, que estrecharía con fuerza mi saco de dormir cuando no me hiciese falta; que esperaría resignada en la playa cuando me zambullera en los tirabuzones del mar; que regatearía conmigo en los mercadillos de la India; que subiría en mis hombros al púlpito de los fiordos; que no renunciaría, ni en el túnel de un acelerador de partículas, ni en el cráter de un volcán a más de tres mil setecientos metros de altitud; que exploraría conmigo Marte Verde. Que conocería mi fatiga y mi interés, todas las fronteras, el entramado de calles de las ciudades; todos los regalos, los dormitorios, las compañías. Que se convertiría, en definitiva, en mi cómplice leal, en mi incondicional.

domingo, noviembre 06, 2011

Lágrimas de luz.

La humanidad vive su Tercera Edad Media entre las estrellas. La Corporación ostenta el control económico y político en un sinfín de mundos, habla en nombre de todos los seres humanos del Universo y encarna la idea de progreso. Por su causa batallan millares de soldados que arrasan sin piedad cualquier forma de vida que encuentren, integrando nuevos planetas a la cadena de producción. Los poetas se suman a la tripulación de las naves de la cruzada para componer los cantares de gesta que divulgarán las hazañas de los guerreros a lo largo y ancho de sistemas enteros. Los ciudadanos malviven en sus mundos arrobados entre todo tipo de drogas e incentivos sexuales. Versos de exaltación y mentira inundan la atmósfera almizcleña de los prostíbulos mientras todo atisbo de rebelión es aplastado.

La cortina de humo donde se difuminan los sueños es un estómago lleno, una mente desentrenada y un cuerpo apetecible con el que copular hasta el cansancio. Así de simple. Nosotros tenemos pan y juegos, y la Corporación a cambio nos tiene a nosotros. Perfecto, planificado y diabólico.

Lágrimas de luz. Rafael Marín.

Rafael Marín nos ofrece en Lágrimas de luz, una novela del año 1984, un futuro tan desolador como radical. Aunque a mi juicio lo más significativo es, sin duda, el hecho de que, lejos de resultar irreconocible, contiene innumerables elementos familiares. La Corporación ofrece todas las características que, de una manera u otra, asociamos a un sistema autoritario, como el expansionismo, una cabeza visible, el empleo sistemático de la fuerza, el control de la información o la persecución política. El contacto cultural se afronta belicosamente, brindando oportunidad únicamente al conflicto y mantenido por una ideología materialista subyacente, que aboga por un control centralizado de los recursos conseguido a través de una descomunal cadena de producción.

Pero lo que para mí es el punto fuerte de la novela es su tratamiento de las emociones humanas. A lo largo de todo el texto se pone de manifiesto una naturaleza contradictoria. Bajo la estructura impersonal de un régimen implacable observamos personas debatiéndose entre sus deberes y sus ideas, soldados que ahogan su culpabilidad en lupanares, campesinos que acuden a espectáculos teatrales para ver parodiados en otros sus inconfesables pensamientos, hombres y mujeres que aborrecen la soledad y sacian su hambre con burbujas de aire. La narración nos zarandea entre los aspectos más brutales de la realidad que presenta y una sensiblería que roza los límites de la lírica. El protagonista es un romántico (de los de verdad, no de los del ramo de flores y la caja de bombones) empedernido que va descubriendo la peor cara de la existencia en una terapia de choque ininterrumpida.

La novela se completa con dos relatos cortos ambientados en el mismo universo, donde se revelan los devenires de algunos secundarios: A tumba abierta y Ébano y acero; en ellos el autor explota esta polarización de su narrativa hasta el extremo.

Como siempre, no pierdo ocasión para realzar las ventajas de leer autores hispanos: de alguna forma se nota que no es una traducción. Lo más sensacional es que Marín tenía veintidós años cuando escribió la obra. Es absolutamente recomendable.

domingo, octubre 23, 2011

Cómo conocer a un luxemburgués.

Los que me leéis a menudo sabéis que rehúso contar episodios literales de mi vida privada en este blog. Hoy voy a hacer una excepción a ese precepto.

La noche cae sobre la ciudad un sábado de octubre y busco un lugar para cenar. Como todavía no hace demasiado frío, me siento en una terraza. Al principio casi no hay gente en las otras mesas. Colocan una copa de vino espumoso sobre el mantel rojo mientras ojeo la carta; los sabores de Roma condensados en apenas tres páginas. Por el momento he localizado a tres mujeres españolas en una mesa contigua. Fiel a los consejos de mi amigo Álvaro, decido pasar desapercibido.

Estoy dando cuenta de un entrante de bacalao cuando un par de personajes ocupan la mesa a mi derecha. Son dos hombres. El primero habrá pasado los cincuenta hace algunos años, el segundo los sesenta. El primero es un boceras, el segundo está completamente sordo. El primero invierte tres intentos en hacer entender a su compañero que va a pedir berenjena gratinada con parmesano. Pidió dos platos iguales, junto con una focaccia, una botella de agua y una jarra de vino tinto.

Al poco rato dos hombres ocupan la mesa a mi izquierda. Rozarán la cuarentena. Hablan entre ellos, juraría que en italiano. En un momento determinado cambian al francés, tras algún reconocimiento con el camarero. Dos mujeres con un niño y una niña ocupan la mesa que tengo detrás. Hablan castellano entre ellas e italiano con los niños.

Al poco rato uno de los hombres de la mesa a mi izquierda se levanta para ir al baño. Llega el camarero y coloca sobre mi mesa utensilios para un regimiento de la marina: una copa de vino, una botella de aceite, una de vinagre, el molinillo de pimienta y el salero. El tío que queda en la mesa a mi izquierda rompe a reír. Yo me uno. Me pregunta si soy italiano. Claro que no, le digo que soy español. Él me dice que no sabe español. Aquí decido pasar al inglés, porque no me desenvuelvo en italiano. Él es luxemburgués, le encantan los idiomas y vive en un lugar privilegiado donde la aprehensión de otras lenguas es un imperativo. Pregunto por su lengua materna, la asocio inexplicablemente al francés. No, me dice, en su casa habla luxemburgués. No es una lengua claro, es un dialecto. Doy muestras de mi desconocimiento. Me intereso por las lenguas que estudian desde niños. Alemán como primera lengua extranjera, al parecer; seguida del francés, y como tercera opción el inglés. Yo le intento explicar que en España se estudia gramática inglesa durante doce años sin que nadie sepa realmente hablar inglés. Parece no entenderme y no lo culpo. Para él hablar otras lenguas es una predisposición: sólo tienes que ir a un lugar y ¡hablar con la gente! Soy incapaz de rebatirlo, pero no me puedo quitar de la cabeza que algo va mal en mi país. Entretanto llega su compañero. Intercambian algunas palabras en francés con el camarero. Adoptan esta lengua para su conversación. Intento captar el sentido de la conversación. El camarero es de origen rumano y estuvo trabajando una larga temporada en París. El luxemburgués vuelve sobre mí, me dice que está en Roma durante una semana por motivos laborales. Una semana está bien, prosigue, aunque hace unos meses tuvo que permanecer en la ciudad durante tres semanas y le parece demasiado tiempo. No quiere estar lejos de su familia mucho tiempo. Yo le explico que estoy en la ciudad durante dos meses y medio con motivo de una estancia de doctorado y que me dedico a investigar en cosmología. Parece interesado. Me presenta a su amigo. Es portugués y entiende el francés pero no el inglés, pero puedo hablarle en castellano. Intercambio un par de frases con él. Me interrumpe el estallido del boceras que tengo a mi derecha. Si se me permite una traducción libre del italiano, viene a decir algo como: ¡pero qué coño pasa aquí, cada uno habla una jodida lengua distinta! Evidentemente nos reímos. Las tres mujeres españolas nos toman a todos por españoles. Les explico la situación y me sonsacan mis orígenes asturianos. Ellas me comunican ansiosas que son del País Vasco.

Aquello se convierte por un momento en lo inverso a la Torre de Babel: aunque todo el mundo habla una lengua diferente, todos nos hacemos entender de alguna forma.