Mi vieja peonza oscilaba de costado ruidosamente sobre la madera del cajón. Todo se había parado de repente salvo aquel sonido. No había cuerda –guita, como la llamábamos-, sólo la punta metálica y la madera. La cogí en la mano. Nadie adivinaría que, cuando giraba, imitaba a las bandas de Júpiter. Los colores estaban notablemente pálidos. Una grieta que ya recordaba y la punta desgastada y oxidada. El tacto era áspero, la madera salpicada de estrías. La superficie pulida original había desaparecido bajo un manto de cicatrices. No podía dejarme engañar, no era un manto que se posara sobre ella, las marcas se habían grabado en ella; la fricción, los golpes, las puntas de otras peonzas habían dejado su rastro particular. Hacía mucho tiempo de aquello, pero quedaba constancia. Sin embargo, de la suavidad, de la simetría, de la perfección del torno, no quedaba nada.
