domingo, abril 18, 2010

Distopía rusa.

Se ha escrito mucho sobre las llamadas narraciones distópicas, una serie de novelas que comparten rasgos significativos y que han ido consolidando un subgénero propio de polémica ubicación. El término distopía surge como contraposición a la utopía y se suele utilizar para referirse, a modo de sátira, a sociedades ficticias con elementos reconocibles, tomados de la realidad, pero extrapolados hasta límites delirantes, que se convierten en críticas tan feroces como irónicas; advertencias con una vigencia aparentemente sempiterna. Las archiconocidas novelas de Aldous Huxley, Un mundo feliz, y George Orwell, 1984, conforman el paradigma. Existen otros ejemplos, como la magnífica Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o, incluso, según algunos, la famosa obra de Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Sin embargo, existe un precedente a todas ellas que suele pasar desapercibido y nos llega de la vieja Rusia, esa gran desconocida. Se titula Nosotros y su autor, Evgueni Ivánovich Zamiátin, terminó de escribirla en 1920. Ingeniero naval, trabajó en Inglaterra en la construcción de buques durante la Primera Guerra Mundial y regresó a Rusia en 1917, donde editaba sus propias obras llegando a formar una escuela literaria. Las trabas impuestas por el régimen a su actividad provocan su exilio en 1931 y vivirá sus últimos años en París.

Nosotros es una denuncia política, lo que no debería sorprender si reparáramos en el contexto social que le tocó vivir a Zamiátin. Es una sátira de la sociedad soviética de la época y una crítica despiadada de los regímenes totalitarios. Pero consigue llegar más lejos. Describe una sociedad en un indefinido futuro, en la que todos los individuos responden a números y acatan los mandatos del Estado Único y su apoderado, el Benefactor. El libre albedrío ha sido prácticamente eliminado, todo número tiene asignada una tarea para cada momento del día. Actúan como engranajes de un gran mecanismo, como células de un organismo. Se sienten parte de algo más grande, algo magnífico. Son felices, pues les han librado de toda incertidumbre, de cualquier distinción o privilegio que pudiera motivar envidia. La intimidad ya no se necesita, pues nadie tiene nada que ocultar, y las paredes son transparentes. Sólo pueden bajar los estores de sus casas cuando tienen que usar un cupón rosa, pues, al fin y al cabo, los encuentros sexuales también se han organizado, sistematizado. Un cuerpo de Guardianes vela por la seguridad de todos los números, aquél que rompe la armonía se enfrenta a la desintegración.

El autor da rienda suelta en este punto no sólo a sus temores frente a la aniquilación del individuo, o del libre pensamiento; sino a las inquietudes acerca de las posibles consecuencias del desarrollo industrial, una idea sacada de quicio, la aplicación generalizada de la cadena de montaje como modo de vida. Todo se presenta en términos matemáticos, de lógica, de simetría. Todo se mide en términos de eficiencia y se valora según su función; materialismo extremo en la arena social.

El protagonista de la novela, D-503, es el constructor de la Integral, la fantástica nave espacial que permitirá llevar la llave de la felicidad, las virtudes del sistema definitivo, a hipotéticas civilizaciones en otros planetas. Civilizaciones estancadas en algún momento de la historia, reductos de primitivismo necesitados de un empujón, de una guía, que los reinserte en el trayecto del progreso. Una empresa colosal que nos deja con el corazón en un puño y nos recuerda vagamente a la época colonial, a las legítimas ocupaciones que tienen lugar en la actualidad, al proceso de globalización.

Todo se narra en forma de notas en primera persona de D-503, las escribe en respuesta a la orden de componer textos para el primer cargamento de la nave. Uno de los mayores puntos a favor de la novela, a mi parecer, es el hecho de que sea prácticamente imposible identificarse o sentir empatía con este personaje, lo que hace que la narración aparezca como una especie de sueño, una realidad difícilmente reconocible; además de permitir mantener el tono de ironía de principio a fin, parece reforzar el trasfondo de la obra con un barniz trágico, desesperanzador. La perspectiva es tremendamente pesimista.

Hay otros elementos a resaltar en la novela, como una crítica implícita al cristianismo al compararlo y situarlo en repetidas ocasiones como antecedente del Estado Único. También compone un concepto podrido de poder, voluntad inmanejable, que no conoce ideologías, que no reconoce personas, siempre victoriosa, presente entre los ganadores, no importa quiénes sean.

Quiero terminar la reseña con una cita de la novela:

-Pero ¿qué sentido tiene todo esto? ¡Por el Benefactor! ¿Qué
sentido tiene, si ya todos son felices?

Nosotros. Evgueni I. Zamiátin.

3 comentarios:

Luis-kun dijo...

La Rusia de los años 20 es todo un filón para encontrar las mayores frikadas de ciencia ficción con mensaje político. Después el mensaje contrarrevolucionario desaparece o se disimula un poco, pero aun así fue un género que gustó mucho durante todo el período soviético. O sea, que hay todo un mundo por descubrir.

Leralion dijo...

Tal cual, todo un mundo por descubrir. La editorial Nevsky, por ejemplo, está sacando algunas traduciones de títulos interesantes como "Estrella Roja". Lo malo es que los libros son en rústica:

http://nevsky.es/catalogo

Sufur dijo...

¡Una buena elección para el día del libro!

Y gracias por los comentarios y el apoyo, R. Un abrazo