domingo, febrero 22, 2009

Canción automática.

Algunos hablan de la escritura automática. De dejar la mente a la deriva y tomar las palabras que salgan a flote. Para obtener un tema, para autoanalizarse, para pasar el rato. Otros, como yo, preferimos algo con que podamos desconectar completamente. Dejar una ventana abierta a todo ese torrente de preocupaciones. Para eso se necesita el líquido elemento, que permita deslizarse, navegar con suavidad sobre el entramado de palabras. Ese medio es la música. Consigue revolver en la maraña y lanzar de vez en cuando una palabra sin esfuerzo. Por eso, cuando estoy solo, prefiero la canción automática. Te quedas con una melodía, unos cuantos tiempos repetidos una y otra vez, hasta la saciedad. A veces inventados o adaptados, a veces arrancados de una melodía conocida sin un ápice de compasión. Se corrompen con líneas vacías, crecen frases incoherentes que barren cualquier rescoldo de ritmo. Revientas la armonía una y otra vez. La destrucción siempre ha sido una vía de escape. Pero también la creatividad. Y a veces, casi inconscientemente, te das cuenta de que algo de lo que vomitas tiene cierto sentido.

El título está inspirado, obviamente, en la iniciativa del Año Internacional de la Astronomía.



Ella es una astrónoma.


    Dos caras tiene la Luna

    oscura y terrible es la mía,

    brillante y afable es la tuya

    que alumbra sin miedo mi vida.


    Salve grandiosa Eos

    presta una tregua a la tierra;

    soy un humilde plebeyo

    con intratables deseos.


    Busco palabras de fuego

    que calen bajo tu velo.

    Busco armadura de azufre

    que puedan tocar tus dedos.


    Yo sólo quiero la Luna

    para romperla en pedazos.

    Largas lanzas punzantes

    con las que acribillarme.


    Toma mi sangre fugaz

    sacia tu sed inmortal

    libra batallas sin par,

    pero llévame en tu caminar.



Eos era la diosa griega de la aurora. Aparecía cada día en el horizonte, al borde del Océano, para preceder a su hermano Helios. A veces se la llama Rododáctila, la de sonrosados dedos. En el mismo enlace de Wikipedia puede leerse:

Como diosa de la aurora, Eos abría las puertas del infierno con «sonrosados dedos» para que Helios pudiera conducir su carro por el cielo cada día. En la Ilíada de Homero su toga de color azafrán está bordada o tejida con flores; con dedos sonrosados y brazos dorados, era representada en vasijas áticas como una mujer sobrenaturalmente hermosa, coronada con una tiara o diadema y con largas alas con plumas blancas de pájaro:

Eos, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le entregara.


Cuando por décima vez apuntó Eos, que trae la luz a los mortales, sacaron, con los ojos preñados de lágrimas, el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira, y le prendieron fuego.

1 comentario:

Álvaro dijo...

Eres un crack.